Sabes que no soy amigo de juramentos ni promesasSantiago Montobbio
Sabes que no soy amigo de juramentos ni promesas
"Es casi exclusivamente a través del rostro cuando somos nosotros mismos; el cuerpo desnudo muestra el sexo más que la persona: no se piensa en el rostro de alguien cuando vemos su cuerpo desnudo; el vestido, pues, hace destacar el rostro.
"Lo que más me gusta es el árbol que habla, es el único que da un fruto doble. En él se puede distinguir entre el silencio y el mutismo. Porque un hombre con el corazón henchido de mutismo y otro con el corazón henchido de silencio no se parecen en nada".¿Qué harás en Nochevieja?
"What Are You Doing New Year's Eve"
When the bells all ring and the horns all blow
And the couples we know are fondly kissing.
Will I be with you or will I be among the missing?
Maybe it's much too early in the game
Ooh, but I thought I'd ask you just the same
What are you doing New Year's
New Year's eve?
Wonder whose arms will hold you good and tight
When it's exactly twelve o'clock that night
Welcoming in the New Year
New Year's eve
Maybe I'm crazy to suppose
I'd ever be the one you chose
Out of a thousand invitations
You received
Ooh, but in case I stand one little chance
Here comes the jackpot question in advance:
What are you doing New Year's
New Year's Eve?
Un celebrado psicólogo, Jean Piaget, dedicó muy bellas páginas al asunto de si los niños creen de verdad en los Reyes Magos. Su conclusión era que los niños creen en los Reyes Magos, aunque saben perfectamente que sus padres han comprado los regalos. Esta contradicción sólo aturde a los ciudadanos afectados por una severa racionalidad.
Desventurado corazón perplejo,
Frente a los que piensan que «lograr» que haya un ordenador en cada aula del país es una especie de conquista de la civilización similar al calendario de vacunación o la alfabetización universal, opino que la presencia de los ordenadores en los colegios e institutos debería retrasarse lo más posible. ¿Por qué?
Los hay que mueren de silencio,
Como todos los sentimientos que confinan en la soledad –la vergüenza o el miedo, por ejemplo–, el silencio es el mejor aliado de la envidia, que como los hongos se reproducen en ambientes cerrados. A quien la siente le conviene quejarse de ella como se quejaría de un dolor de estómago, no identificarse con ella. Él no es su envidia. La envidia es un invasor, un enemigo. El envidioso es un ser humano que sufre, para su desgracia, una úlcera afectiva, que él no se ha provocado.
Si tú me dices ven... ¿lo dejo todo?
Los autores clásicos eran inmisericordes con este sentimiento. El envidioso, decían, está condenado a odiar, de forma inextinguible, “porque el odio provocado por la ira se apacigua fácilmente mediante la reparación, pero la envidia no se amansa ni admite reparaciones, antes bien, se irrita con los beneficios, como el fuego prendido en la nafta”. Tiene el juicio alterado y entiende las cosas al revés. “Lloran cuando los demás ríen, y ríen cuando los demás lloran”, escribe Covarrubias, en el siglo XVI.
Amarse, perdonarse, traicionarse. El vaivén conduce a la blanda aceptación de la imperfección y cuyo beneficio se expresa tanto en el compás del aliento como en un bienestar banal.
Los tratadistas clásicos decían que la envidia es un sentimiento sesgado, que pervierte el juicio. Al menos, tenemos que admitir que es complejo. Me asombra la perfección con que el lenguaje analiza los sentimientos. Cualquier diccionario, de cualquier lengua, nos permite dibujar una cartografía sentimental más exacta que la proporcionada por los libros de psicología. Las venturas y desventuras ajenas provocan en el espectador diferentes respuestas afectivas. Comenzaré con las desventuras. La compasión es el sentimiento que me hace partícipe del dolor ajeno. La insensibilidad, por el contrario, me aleja de él. Queda una última posibilidad: que el dolor ajeno me produzca alegría. En castellano este sentimiento no está lexicalizado, pero sí lo está en otras lenguas, por ejemplo en alemán –schadenfreude– o en inglés–gloating–, palabras que significan alegría por el mal ajeno no merecido.Las respuestas a la alegría de los demás siguen un esquema parecido. La congratulación me permite sintonizar con ella. La indiferencia, no sentirme afectado. Y la envidia hace que me entristezca la dicha contemplada.
Al abrigo de cuatro paredes, desesperando a las palabras, yacía el cadáver de un hombre vivo. Era Eduardo Montesinos y su único refugio era negarse a vivir. Ante el más aterrador vacío, un único movimiento restaba: vaciarse de sí mismo. Andaba camino de lograrlo. Depresión. Hay que darle nombre. Curanderos con título otorgándote fórmulas mágicas del buen vivir a cambio de 50 euros la hora. Para los más avispados, se trata de ir tan solo a la sección de autoayuda de una librería cualquiera y comprar la paz interior por 10 euros. Si la cosa se pone jodida, pastillas contra el mal del alma en una farmacia… previa receta del camello-psiquiatra de turno. Si se pone la cosa realmente jodida, una adicción cualquiera es la única vía posible. Pero Eduardo no podía acudir a los mercachifles del dolor. No era escasez de cash, era sobreabundancia de análisis, su puta manía de despejar la incógnita en toda ecuación vital. El mundo acababa desnudo, desprovisto del sentido que nunca tuvo y él, como buen último hombre, era incapaz de generar un nuevo sentido por sí mismo, ni siquiera estaba capacitado para abandonarse a la estupidización de repetirse cada mañana ante el espejo: eres el mejor, eres el mejor, eres el mejor,… Hiperconciencia, mala compañera. Aún queda otra vía, el sinsentido.
La soledad de las grandes ciudades, el hiperindividualismo, la muchedumbre solitaria, fueron asuntos muy relevantes en la segunda mitad del siglo XX, pero ahora apenas se habla de ello. Los individuos no se han estrechado o abrazado más entre sí pero se han comunicado electrónicamente de tal modo que el fenómeno de la interconexión a través de los móviles, los SMS o Internet, ha sepultado las inquietudes o el dolor del aislamiento.
Érase una vez un hombre cuya vida juzgaba de auténtico desastre. Cuando pasaba demasiado tiempo en el trabajo, su familia se lo reprochaba. Cuando se limitaba estrictamente a la duración de su jornada laboral, su carrera profesional se resentía. Delegaba en sus empleados y éstos no hacían más que equivocarse. Decidía supervisarlos y entonces el trabajo salía demasiado despacio.
De una tensión nace el poema,
Me preguntaron si era fácil distinguir entre una buena novela y una que no lo era, y dije que bastaba con examinar cuáles eran sus relaciones con las altas ventanas de la poesía. Precisé que hablaba de sutiles conexiones con la poesía y en ningún caso de lo antagónico: novelas escritas por poetas a base de prosa poética, algo absolutamente a evitar cuando se trata de una novela.
En el amor, todo intento de penetrar hasta el fondo del otro conduce a la precipitación y al abismo. A primera vista parece una contradicción puesto que el apetito del amado no hallará modo de saciarse sin lamer los últimos entresijos, pero este impulso voraz, idealizado por el romanticismo, es la razón fundamental de que la pareja quede pronto desventrada y hecha pedazos.
No me preguntes quien soy…