domingo, 14 de diciembre de 2008

Oda a la alegría


Dedicada a unos "carissimi amici"

Hoja verde
caída en la ventana,
minúscula
claridad
recién nacida,
elefante sonoro,
deslumbrante
moneda,
a veces
ráfaga quebradiza,
pero
más bien
pan permanente,
esperanza cumplida,
deber desarrollado.
Te desdeñé, alegría.
Fui mal aconsejado.
La luna
me llevó por sus caminos.
Los antiguos poetas
me prestaron anteojos
y junto a cada cosa
un nimbo oscuro
puse,
sobre la flor una corona negra,
sobre la boca amada
un triste beso
Aún es temprano.
Déjame arrepentirme
Pensé que solamente
si quemaba
mi corazón
la zarza del tormento,
si mojaba la lluvia
mi vestido
en la comarca cárdena del luto,
si cerraba
los ojos a la rosa
y tocaba la herida,
si compartía todos los dolores,
yo ayudaba a los hombres.
No fui justo.
Equivoqué mis pasos
y hoy te llamo, alegría.

Como la tierra
eres
necesaria.

Como el fuego
sustentas
los hogares.

Como el pan
eres pura.

Como el agua de un río
eres sonora.

Como una abeja
repartes miel volando.

Alegría,
fui un joven taciturno,
hallé tu cabellera
escandalosa.

No era verdad, lo supe
cuando en mi pecho
desató su cascada.

Hoy, alegría,
encontrada en la calle,
lejos de todo libro,
acompáñame:
contigo
quiero ir de casa en casa,
quiero ir de pueblo en pueblo,
de bandera en bandera.
No eres para mí sólo.
A las islas iremos,
a los mares.
A las minas iremos,
a los bosques.
No sólo leñadores solitarios,
pobres lavanderas
o erizados, augustos
picapedreros,
me van a recibir con tus racimos,
sino los congregados,
los reunidos,
los sindicatos de mar o madera,
los valientes muchachos
en su lucha.

Contigo por el mundo!
Con mi canto!
Con el vuelo entreabierto
de la estrella,
y con el regocijo
de la espuma!

Voy a cumplir con todos
porque debo
a todos mi alegría.

No se sorprenda nadie porque quiero
entregar a los hombres
los dones de la tierra,
porque aprendí luchando
que es mi deber terrestre
propagar la alegría.
Y cumplo mi destino con mi canto.
Pablo Neruda

viernes, 12 de diciembre de 2008

La fórmula de la felicidad (I)


Neurocientíficos, filósofos, psicólogos y budistas encuentran la felicidad en lugares diversos, pero todos alcanzan dos certezas: el escenario no es el yo, sino el nosotros, y, esté donde esté, a ser feliz se aprende.
Tras una búsqueda de más de 2.500 años, el cerco sobre la felicidad se estrecha. Los neurocientíficos dicen haberla visto a través de un monitor, en forma de ondas cerebrales gamma. Los filósofos siguen sus huellas en los textos clásicos, y los monjes budistas dicen sentir su presencia al sentarse en la posición del loto, cerrar los ojos y recitar un mantra. La nueva corriente de la psicología positiva, en cambio, sostiene que la persecución es vana: la felicidad debe (y puede) construírsela uno mismo mediante técnicas muy concretas que todos podemos aprender. La buena noticia es que, por primera vez, científicos, filósofos, psicólogos y meditadores han decidido poner sus pesquisas en común. El resultado: un conocimiento minucioso de la anatomía de la felicidad y sus causas. La felicidad, por fin, parece estar al alcance de nuestra mano.El largo recorrido que nos ha llevado hasta este punto arrancó antes de la era cristiana en las ágoras atenienses, donde nació una nueva ciencia que daría mucho que hablar: la filosofía. Nombres como Platón, Sócrates, Séneca o Epicuro fueron algunos de sus hijos más insignes, los primeros en elevar preguntas fundamentales sobre el hecho de ser humanos y de cómo los seres humanos podíamos alcanzar la felicidad. Pero hasta hace muy poco, para la mayor parte de la sociedad sus enseñanzas quedaban relegadas a los libros de historia, sin conexión con la vida moderna y, por supuesto, sin efecto sobre nuestra capacidad de ser más o menos felices. Todo esto cambió en los albores del siglo XXI. Exactamente en el año 2000, un filósofo de nuestro tiempo, Alain de Botton, puso a los viejos filósofos a la orden del día en un libro que vendió cientos de miles de ejemplares en todo el mundo: Las consolaciones de la filosofía. En él demostraba que las palabras de los clásicos eran perfectamente válidas para dar respuesta a las inquietudes del hombre moderno y a la eterna búsqueda de la felicidad. El pasado 9 de octubre, De Botton participó en la II Conferencia Europea sobre la Felicidad y sus Causas, organizada en Londres por el World Happiness Forum, una institución internacional sin ánimo de lucro que propicia encuentros multidisciplinares sobre el tema. Allí, De Botton insistió en que, por muchos siglos que hayan pasado, la llave de la felicidad sigue en manos de los filósofos clásicos.

La fórmula occidental
En el año 306 a.C., Epicuro fundó una institución filosófica cuyo objetivo era promover la felicidad, según una definición propia que aseguraba que “el gozo es el principio y el fin de una vida dichosa”. Esta afirmación dio pie a numerosos equívocos. Ya en sus tiempos, Epicuro era tachado por sus vecinos de depravado, y circularon en Atenas bulos sobre las orgías gastronómicas y sexuales que se celebraban a diario entre las paredes de su escuela. ¿A qué si no podría referirse el sabio cuando predicaba una vida dedicada al placer? Muchos se habrían sorprendido si se hubieran atrevido a franquear las puertas de su casa: una vivienda sencilla, en la que la comida era escasa, procedente casi en su mayoría de las hortalizas cultivadas en su propio huerto, más agua que vino, ropas sencillas y, entre sus habitantes, un ambiente de recogimiento y amabilidad. “Lo único que sucedía –aclara De Botton– era que, tras un examen racional, Epicuro había llegado a conclusiones sorprendentes sobre las auténticas fuentes de la vida placentera.” Su particular fórmula de la felicidad constaba de amistad, libertad y reflexión a partes iguales. El filósofo predicó con el ejemplo y eligió vivir de acuerdo con sus ideas.Amistad: escogió una casa grande en el barrio ateniense de Melite y allí vivió rodeado de amigos. Tenían aposentos privados y espacios comunes, donde comían juntos, conversaban y reflexionaban. Según el filósofo griego, “de todos los medios de los que se arma la sabiduría para alcanzar la dicha en la vida, el más importante con mucho es el tesoro de la amistad”.Libertad: según explica Alain de Botton, “con el fin de no verse obligados a trabajar para gente que no era de su agrado ni a satisfacer eventualmente caprichos humillantes, se apartaron de las ocupaciones en los negocios de la vida ateniense e instauraron lo que bien podría describirse como una comuna, aceptando un estilo de vida más simple a cambio de independencia. Tendrían menos dinero, pero jamás se verían obligados a cumplir las órdenes de odiosos superiores”. Para sustentar esta vida autónoma, se compraron un huerto y cultivaron sus propios vegetales. Reflexión: Epicuro no halló mejor herramienta para combatir la ansiedad que la reflexión. Sostenía que, a la luz de la razón, las angustias concernientes al dinero, la muerte o lo desconocido se alivian. Sostenía que esa era la única forma de aliviarlas. No en vano la razón es la piedra angular del pensamiento occidental y de nuestra concepción de la felicidad. Pero esto, claro, es sólo un punto de vista.

La meditación oriental
De la antigua filosofía budista nos llega otra visión del mundo y de la felicidad que cada vez gana más adeptos en Occidente. Propone cambiar la razón por la compasión. En la misma conferencia sobre la felicidad en la que De Botton mostraba su fe en el pensamiento occidental, participaba el monje budista Matthieu Ricard, traductor y asesor personal del Dalai Lama. Francés de nacimiento, Ricard vivió su juventud en París y se doctoró en Genética Celular por el Instituto Pasteur, hasta que un buen día decidió abandonarlo todo y marcharse a Katmandú para estudiar las enseñanzas budistas. Hace 30 años que reside en el monasterio Shechen, pero a menudo abandona la paz de las montañas para encerrarse en un laboratorio donde él mismo es sujeto de numerosos experimentos en los que se analizan los efectos de la meditación sobre el cerebro. Por los resultados de estos tests, se considera a Ricard el hombre más feliz del mundo. En el 2003 escribió el exitoso libro En defensa de la felicidad. Sus primeras palabras en la conferencia parecen una andanada contra Epicuro: “Uno de los principales errores en la concepción de la felicidad es confundirla con las sensaciones placenteras –afirma–, “pero las sensaciones placenteras no son fiables porque dependen de las circunstancias externas. La auténtica felicidad es casi lo opuesto a eso. Es ser invulnerable a las condiciones externas. Ese tipo de felicidad te ofrece las herramientas para hacer frente a los altibajos de la vida con ecuanimidad, fortaleza interior, libertad, compasión y coraje. Sukha es el término budista que describe ese estado. Es una manera de ser que contiene estas cualidades, que todos poseemos potencialmente y que podemos entrenar y cultivar, como cualquier habilidad. Cuanto más las experimentes, más profundas, más estables y vastas serán”. Ricard está hablando de cualidades como la libertad interior, la paciencia, y la humildad como antídotos a las adicciones, la ira o el orgullo. Y la herramienta para cultivarlas es la meditación. “Lo que determina nuestras experiencias es la mente –afirma–, y la mente puede ser transformada. La mente puede cultivarse para dejar de ser una fuente de sufrimiento.”La conclusión, a fin de cuentas, no está tan alejada de la de Epicuro. Pero ¿es posible conseguir ese estado de paz mental sin abandonar la vida mundana ni marcharse a las montañas de Nepal? La respuesta, según los más avanzados neurocientíficos del mundo, es un contundente sí. (continuará)
Elisabeth Riera

jueves, 11 de diciembre de 2008

El cerebro más emocional

Tengo la extraña sensación de haberme metido por descuido en la clínica médica de uno de los episodios de “Star Trek”... El doctor Greg Siegle dirige el laboratorio de neurociencia emocional de la Universidad de Pittsburgh, en Estados Unidos.
Está sentado junto a Sandra, una joven con depresión. En lugar de hacerle preguntas sobre su estado actual que le ayuden a comprender su enfermedad, como se hace en cualquier departamento de Psiquiatría, le muestra un escáner de su cerebro. Le señala una región que se puede ver claramente que está sobreactivada. Se trata de un núcleo con forma de almendra que se encuentra a ambos lados del cerebro denominado amígdala. Esta se oculta en lo más profundo del cerebro emocional, el más arcaico, y es una parte del cerebro que tienen incluso los reptiles, pero no posee ninguna de las capacidades analíticas ultrasofisticadas con las que cuenta nuestro cerebro cortical.Sin embargo, esta zona es la primera que percibe las imágenes, los sonidos, los olores, las sensaciones procedentes del exterior anticipándose al resto del cerebro y activando una reacción emocional inmediata: miedo, ira, rabia. La amígdala es la centinela del cuerpo: siempre al acecho, encargada de vigilar cualquier signo de amenaza y de activar la alarma cuando es necesario.Pero en el cerebro de Sandra –como en el de la mayor parte de los pacientes con depresión estudiados por Greg Siegle– la amígdala se ha vuelto demasiado sensible, sin duda a causa de las heridas causadas por la vida. Les basta con leer palabras que les recuerden que algo va mal y su amígdala activa una alarma desacertada. Palabras como “débil”, “fracasado”, “inútil”, “incapaz” son desencadenantes frecuentes. O también “abandono”, “soledad”, “muerte”...Sandra le cuenta al doctor Siegle cómo su cerebro se centra solo en sus preocupaciones: si se pone a pensar en un problema que tiene con su hermana o bien en todo el trabajo que no ha tenido tiempo para hacer en la oficina, no puede dejar de pensar. Sabe perfectamente que esta actitud no sirve de nada, pero tampoco puede pararlo. Greg Siegle le muestra la otra región de su cerebro que no funciona con normalidad: su cortex prefrontal. Esta es la región del cerebro responsable del control de las emociones, de la proyección que tenemos en el futuro, la que permite renunciar a un placer inmediato (otro trozo de chocolate, por ejemplo) a cambio de lograr un objetivo más abstracto y distante en el tiempo (en este caso, seguir delgado). Igualmente es la región del cerebro más desarrollado en los humanos en relación al resto de mamíferos. En el caso de Sandra –y de los pacientes con depresión– solo funciona una parte “acotada”, según como puede apreciarse en su escáner. Por este motivo, invertir energía en proyectos de futuro se convierte en algo muy complicado. Y controlar la hiperactividad de la amígdala, que reacciona ante el menor signo negativo, resulta cada vez más incontrolable... Debido a esto, Sandra tiene la sensación de no ser capaz de encauzar sus ideas negativas, ni de imaginar un futuro más positivo. La terapia cognitiva para el tratamiento de la depresión ha demostrado, desde hace mucho tiempo, su eficacia. Esta identifica esos pensamientos automáticos y degradantes tan frecuentes en la depresión: “Soy un inútil”, “No lo conseguiré jamás”, “De todas formas, nunca he tenido suerte”, etc. Además, parecido a lo que ocurre con la meditación, pide al paciente que se imagine cuando tiene ese tipo de pensamientos en lugar de centrarse en ellos. Después de todo, solo son pensamientos depresivos. Es necesario valorar de forma consciente su solidez. ¿Están fundados en hechos reales? ¿No son más bien generalizaciones demasiado exageradas? ¿Qué le diríamos a nuestro mejor amigo si fuera él el que se acusara de forma tan dura? ¿O a nuestro hijo? ¿Por qué estas acusaciones son más verídicas cuando se refieren a nosotros mismos que cuando son los demás quienes se las infligen?Al aprender a analizar con perspectiva las acusaciones activadas por una amígdala demasiado inquieta, la actividad del cortex frontal se refuerza progresivamente, algo parecido a cuando un músculo se fortalece al hacer ejercicio. Y cuando el cortex prefrontal se refuerza, vuelve a tomar la delantera, hace que la amígdala se serene y nos permite proyectarnos de nuevo frente al futuro con determinación y confianza. Esto es lo que ha experimentado Sandra después de varias sesiones de terapia. Es lo que todos tenemos la oportunidad de aprender; al lograr controlar los pensamientos negativos, contribuimos a reequilibrar nuestro cerebro.

David Servan-Schreiber

viernes, 21 de noviembre de 2008

¿Qué es la identidad? ( y II)

En realidad la identidad no es una cosa (un objeto) y mucho menos un órgano del cerebro. Es -sobre todo- una conceptualización que procede del hecho de sentirse algo distinto al magma común de nuestros congéneres. La dificultad naturalmente procede del hecho de que al mismo tiempo hay que mantener un cierto anclaje en la realidad de que todos los humanos formamos una misma especie y que por tanto “tengo más en común con mi vecino, incluso con mi enemigo que con cualquier otra criatura de la Tierra”. Esta contradicción es la base de profundos malestares entre las personas concretas y al mismo tiempo representa teóricamente un dilema metafísico de indudable interés entre la similitud y la diferencia que es la base metodológica con la que clasificamos la realidad.
Si a un niño pequeño le damos objetos de distintos tamaños, colores y formas observaremos que ya el infante es un perfecto clasificador ¿Distinto o similar? El niño clasificará bien por tamaño, bien por color o bien por forma según sus preferencias, agrupará o separará los objetos según el criterio que adopte en cada momento, pero más adelante cuando ya sepa hablar y categorice el mundo se encontrará con una dificultad sobreañadida en su tarea de clasificar: además de objetos existen conceptos y los conceptos como abstracciones que son pueden ser contradictorios entre sí; decimos entonces que son contrarios u opuestos: bueno-malo, noche-día, valiente-cobarde, guapo-feo y que son por tanto contradictorios lógicamente, no pueden darse a la vez, lo que nos obliga a un tipo de pensamiento de exclusión o categorial. Si elige uno será para abandonar otro, de esta manera el mundo gracias a nuestro pensamiento simbólico va perforando la realidad y dividiéndola paulatinamente en diversos mundos que sólo podemos habitar uno por vez y que socavan nuestro pasado que ya no podrá volver a vivirse. Una vez dividida la realidad en conceptos opuestos no se puede sino estar en uno de ellos instalado, mientras el otro opuesto se ignora (o se añora) definitivamente.
En este sentido la identidad siempre se asienta en una falacia categorial: o se es guapo o se es feo, o se es inteligente o se es limitado. La mayor parte de la población, que discurre por el centro de estas polaridades, no se encuentra allí por haber realizado una síntesis con los contrarios sino porque estos contrarios no han sido lo suficientemente significativos individualmente como para constituirse en atractores, es decir en metapreferencias. Uno/a solo se considerará atractivo/a o feo/a si la belleza en sí misma ha logrado constituirse en metapreferencia. Y eso es una elección, un acto intencional que usualmente se hace a través de otro de los fundamentos de lo humano: la manía de compararnos con los demás que a su vez bifurca el mundo en dos nuevas posibilidades: la envidia y la admiración. Sólo podemos envidiar o admirar aquello que -en el otro- desearíamos poseer si bien de las dos elecciones la envidia es la peor metapreferencia que puede hacerse cuando uno anda comparándose.
No hay identidad sin otro con el que compararse, pues compararse es una de las primeras operaciones cognitivas con intención objetal que se dan en los niños. Una de las primera decisiones que toma el niño (y que consiguientemente dividirá el mundo en dos) es ésta: ¿Qué quiero ser? ¿papá o mamá?. La segunda es ¿Cómo quiero ser? ¿Como papá o como mamá? Y esta es la tercera: ¿dónde seré? ¿en la posición de papá o en la posición de mamá?. Naturalmente estas elecciones tienen mucho que ver no sólo con las identificaciones sexuales sino tambien sobre eso que llamamos personalidad y el lugar que ocuparemos entre esos mundos escindidos que nuestra manía categorial han propiciado.

martes, 18 de noviembre de 2008

No sé si es mejor que dure

Que algo dure no siempre significa que es más verdadero. Tendemos a creer que la mejor garantía de la autenticidad de una relación radica en que prosigue.
Tampoco es adecuado considerar que solo es creíble si es fugaz. También en esto el tiempo es variable. Una amistad y un amor han de lucir el brillo de la intensidad, aunque puedan tener formas bien discretas. No es necesario un incendio para que haya luz. No ignoramos que la insistencia y la persistencia apuntan alguna consistencia. Por eso, esas miradas compartidas, dilatadas en el tiempo, esa compañía en la búsqueda, esa soledad habitada con alguien, que puebla sus vidas, nos producen tanta admiración y una extrañeza no siempre mayor que a ellos mismos. La sorpresa nace del asombro por algo diferente que porque simplemente se mantiene. En definitiva, el puro durar de lo igual, su dilatarse sin más, no sería alegría sino aburrimiento.Sin embargo, es indispensable no olvidar que el tiempo hace su propio trabajo. No solo en nuestros cuerpos, labra nuestros ánimos, nuestras almas. No somos simplemente en el tiempo. Somos tiempo, y si nosotros no lo hemos comprendido aún, sí lo saben nuestras relaciones. Dejar que el tiempo haga lo que le corresponde es importante en el duelo, y también en el amor, que es otra de sus formas. O viceversa, que sobre esto hay teorías. El temor de la pérdida y la posible despedida también lo constituyen. Ni la repetición ni la reiteración son simples constataciones del interés de algo, o por algo, pero cuando una y otra vez, día tras día, es posible habitar determinada compañía, desearla, se va produciendo una convicción, la de que en última instancia estaríamos mucho peor sin él, sin ella. No es una resignación, ni una rendición, es una preferencia. A su lado es mejor. El tiempo nos ha mostrado que es así. Y tal es la maravilla, la de lo que permanece en el devenir de nuestras vidas. Con todo, es improcedente alargar, prolongar el tiempo aún constatando que ya no hay ni juego, ni risa, ni complicidad, ni proyección alguna, en la espera de que ocurra algo distinto de un implacable deterioro. La efectiva comprobación de la verdad de una relación no es su durar. Es un síntoma, que ha de acompañarse de otros. Sí lo es la voluntad de que viva, que no es un mero anhelo, sino una acción, que es otra de las formas del amor. Su verdad no siempre la escribe el calendario. No sé si es mejor que dure, pero me gustaría preferirlo

Ángel Gabilondo

jueves, 6 de noviembre de 2008

¿Qué es la identidad? (I)


Hablar de la identidad es casi tan difícil como hablar de la personalidad, se trata de un concepto intuitivo que procede de nuestra conciencia recursiva y que tiene que ver con la teoría de la mente, es decir con la existencia de procesos metacognitivos que tienen relación con el devenir histórico del Si- Mismo. Todos tenemos conciencia de ser los mismos a pesar del paso del tiempo y a pesar de haber cambiado. Esta paradoja se explica por ese sentido de continuidad que llamamos el Yo, a partir de ese constructo llamado identidad que permanece estable a pesar de sus necesarias mudanzas, algo parecido a lo que sucede con el carácter y al constructo que lo anima, el rasgo, en oposición al estado que es algo que “nos sucede”, una especie de ruptura en el devenir vital mientras que el rasgo es algo que nos acompaña con matizaciones desde el principio hasta el fin de nuestra vida. El rasgo puede ser pues uno de los cementos que sostienen la identidad y probablemente lo que lo hace tan resistente a la extinción. Sorprendentemente los estados patológicos oscurecen los rasgos premórbidos de tal manera que durante determinados estados graves el rasgo, es decir el carácter parece disolverse, desaparecer o de alguna forma modificarse.
Tambien la edad, el paso del tiempo, consigue difuminar, en este caso caricaturizar, determinados rasgos previos. Todo parece indicar pues que el carácter es mudable al mismo tiempo que se mantiene firme por decisión del Yo. Los rasgos serían como las vigas de la personalidad, su estructura central.
Teóricamente sabemos que la identidad se construye a partir de un núcleo indiferenciado que se rellena a partir de las primitivas identificaciones precoces con nuestros progenitores, algo que solo sabemos teóricamente porque de esas identificaciones no tenemos ninguna noticia más allá de la observación de bebés y de la teoría del apego que le sirve de soporte y que efectivamente nos permite clasificar determinadas conductas y a suponer un efecto psíquico determinado; sin embargo la íntima composición intrapsíquica de estas primitivas identificaciones son absolutamente desconocidas y sólo suponemos que existen a partir de ciertos constructos teóricos como el de Bowlby.
Usualmente nuestra identidad cognitiva está compuesta de una amplia amalgama de hechos memorizados; nuestro cuerpo y nuestro nombre, nuestra profesión y nuestro entorno facilitan las cosas al embrollo que plantea la pregunta ¿Quién eres?. Más allá de algunos lugares comunes, hábitos, costumbres, creencias y actividades nadie sabría contestar a esa pregunta, lo que parece señalar que se trata de una dificultad parecida a la que se nos plantea cuando tratamos de discriminar qué es carácter y qué es una enfermedad crónica que se establece sobre la personalidad entera y llega a un oscurecimiento o borramiento de la diferencia. Todo parece señalar en la dirección de que cualquier identidad es ilusoria, y que se establece sobre un montón de creencias, metapreferencias e identificaciones secundarias que van surgiendo sobre la marcha del devenir y que tienen mucho de accidentales o casuales aunque siempre sean intencionales, pues no hay acto volitivo sin intencionalidad. Lo que es cierto es que construirse una identidad propia y fuerte, desgajada del común correlaciona con un buen estado mental al menos en nuestro entorno, casi tanto como poseer una buena inmunidad y resistencia a las infecciones. Por el contrario aquellas personas que no han logrado establecer una sólida identidad se enfrentan -al menos en nuestra cultura- a riesgos psiquiátricos múltiples que proceden de un sentimiento de ineficacia y a un bajo autoconcepto que tiene su origen en el fracaso de una diferenciación con los demás.
Esta diferenciación con los demás comienza en el mismo lugar donde se estableció el apego, fundamentalmente en la familia y representa un conflicto difícil de superar. Diferenciarse de los padres a los que se ama y se necesita es vital para un adolescente y una tarea llena de obstáculos aunque inevitable porque se trata de encontrar un lugar en el mundo (ser-en-el-mundo), una diferenciación clara de los otros (Yo-no-Yo) y una identidad sólida, lo que significa llegar a ser alguien único e irrepetible. Este hecho por sí mismo ya nos señala que son precisamente los adolescentes, los sujetos que enfrentan esta dificultad, aquellos que representan un grupo de riesgo para los trastornos de identidad, aunque no son los únicos porque en todas las transiciones del devenir vital se pone en juego nuestra identidad con independencia de la edad.
(Continuará)

domingo, 2 de noviembre de 2008

Dichas


Dichosos los que saben reírse de sí mismos, porque no terminarán nunca de divertirse.
Dichosos los que saben distinguir una montaña de una piedra, porque se evitarán muchos inconvenientes.
Dichosos los que saben descansar y dormir sin buscar excusas: llegarán a ser sabios.
Dichosos los que saben escuchar y callar: aprenderán cosas nuevas.
Dichosos los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio: serán apreciados por sus vecinos.
Dichosos los que están atentos a las necesidades de los demás, sin sentirse indispensables: serán fuente de alegría.
Dichosos los que saben mirar seriamente a las cosas pequeñas y tranquilamente a las cosas importantes: llegarán lejos en esta vida.
Dichosos los que saben apreciar una sonrisa y olvidar un desaire: su camino estará lleno de sol.
Dichosos los que interpretan con benevolencia las actitudes de los demás, aún contra las apariencias: serán tomados por ingenuos, pero es el precio justo de la caridad.
Dichosos los que piensan antes de actuar: evitarán muchas tonterías.
Tomás Moro

sábado, 25 de octubre de 2008

Piedras


Piedras materiales

Hay quien compra lo que en realidad

no desea, ni necesita para impresionar

a quien no conoce o no le cae bien,

con el dinero que no tiene y debe

pedir prestado, acumulando a la larga

demasiados "demasiados", que le llevan

a hipotecar su vida.


Piedras emocionales

Si tienes un amor, déjalo libre;

si vuelve a ti es porque es tuyo;

si no vuelve es porque nunca lo fue.

Álex Rovira

domingo, 19 de octubre de 2008

Muros


Hacer caer los muros
o pasarte la vida arañándolos.
Averiguar quién eres realmente
o continuar viviendo esa mentira que llamas yo.
Ver tu verdadero rostro
o seguir aferrado a esa mascarada
que te devuelven los espejos
y las fotos de primera comunión.
Vivir sin temor al sufrimiento
o sobrevivir en la cómoda
ficción de tu mazmorra.
Derribar los muros
que te protegen y te ciegan,
dejarte llevar por el fabuloso caos que es la vida
o persistir en ese simulacro de orden que es tu prisión.
Alexis Ravelo

miércoles, 15 de octubre de 2008

Crecer contigo


Hay personas con las que se crece. Uno no sabría muy bien a qué responde el que a su lado nuestro espíritu fructifique y se esponje. No son necesaria, ni estrictamente las mejores, pero resultan determinantes para nosotros. No se excluye que también podrían serlo para los demás, aunque esto habría de verse.
En todo caso, son aire limpio para nuestros fatigados pasos. Da gusto estar con ellas. No es que resulten agradables, aunque eso siempre sea preferible, es que nos convocan, sin necesidad de proponérselo, a lo mejor de nosotros mismos. Es como si su mera presencia, incluso su existencia, nos impulsara a no conformarnos con la mediocridad de muchas de nuestras posibilidades. Nos desafían a buscar, a perseguir y, sobre todo, a soñar.Bien se sabe que sin afecto no hay modo de crecer. Ni físicamente ni en modo alguno. Bien se conoce que ello implica un trato, un comportamiento, un cuidado, una atención, un conjunto coordinado de detalles. Ya dijo el filósofo que crecer es un movimiento, y no simplemente lo es el desplazamiento o el traslado, o el cambio de lugar. Es una generación, una fecundación, una maduración de frutos no siempre previsibles. Cuando crecemos con alguien no solo se modifican las magnitudes, también la densidad, la intensidad. Y todo tiene otro colorido y otro calor. La implementación supone en tal caso una diversidad de posibilidades que se parecen a un saber estar, pero que son un saber ser, en cada caso, pertinentes, adecuados, ajustados. Hay quienes nos hacen ver desde otro lugar, nos sitúan en otro ámbito y de otro modo. Nos aportan otros senderos, nos abren otros mundos. Entonces, las cosas nos afectan ya de manera diferente. Crecer mesuradamente es no confundir el necesario entusiasmo con la descontrolada euforia, ni la serenidad y la pasión precisas con la pasividad o la aceleración. Crecer no es solo sentir un aumento, es experimentar un incremento. No es cuestión de expandirse, sino de alzarse. Y con otro, con otros. Crecemos juntos.
Contigo crezco de modo muy singular, resultan más próximos mis sueños, más viables mis deseos, me atrevo más y me atrevo a más, soy capaz de desafíos y de riesgos, no apagas ni agostas mis proyectos, me propongo, persigo, no me resigno, no me rindo, me dispongo, me entrego, me doy. Crecer es no llegar nunca del todo, no alcanzar de modo definitivo, no darse por acabado o por vencido. Crecer es una acción, no una actividad ni un conjunto de actividades. Crecer de verdad no es solo un cambio de tamaño. Implica un atrevimiento. Tal vez el de quererse, tal vez el de querer. Contigo es menos difícil. Creces conmigo.
Ángel Gabilondo

lunes, 13 de octubre de 2008

Deseo


Anda
quítate el vestido, las flores y las trampas
ponte la desnuda violencia que recatas
y ven a mis brazos
dejemos los datos
seamos un cuerpo enamorado

Anda
deja que descubra los montes de tu mapa
la concupiscencia secreta de tu alma
y ven a mis brazos
dejemos los datos
seamos un cuerpo enamorado

Anda
pídeme que viole las leyes que te encarnan
que no quede intacto ni un poro en la batalla
y ven a mis brazos
dejemos los datos
seamos un cuerpo enamorado

Anda
dime lo que sientes
no temas si me mata
que yo solo entiendo tus labios como espadas
y ven a mis brazos
dejemos los datos
seamos un cuerpo enamorado
Luis Eduardo Aute

martes, 7 de octubre de 2008

Mil y una noches en tus ojos


Me miras: el presente son tus ojos,

unos instantes que se desvanecen

y no puedo cambiar: pero también

son un mañana que ya estaba escrito

en el fugaz espejo de la infancia.

Y se convertirán en el ayer,

la suma indiferencia de los años.

Después serán recuerdo, un mundo gris

donde te mire aunque no pueda verte.

Tras el recuerdo habrán de ser olvido:

nadie sabrá por qué estabas mirándome

ni por qué hay este pozo en tu lugar.

Cada instante una historia diferente

de las mil y una noches en tus ojos.

Joan Margarit

domingo, 5 de octubre de 2008

He aprendido


He aprendido... que no puedo hacer que alguien me ame, sólo convertirme en alguien a quien se pueda amar; el resto ya depende de los otros.

He aprendido... que por mucho que me preocupe por los demás, muchos de ellos no se preocuparán por mí.

He aprendido... que se pueden requerir años para construir la confianza y únicamente segundos para destruirla.

He aprendido... que lo que verdaderamente cuenta en la vida no son las cosas que tengo alrededor sino las personas que tengo alrededor.

He aprendido... que puedo encantar a la gente por unos 15 minutos; después de eso necesito poder hacer más.

He aprendido... que no debo compararme con lo mejor que hacen los demás, sino con lo mejor que puedo hacer yo.

He aprendido... que lo más importante no es lo que me sucede sino lo que hago al respecto.

He aprendido... que hay cosas que puedo hacer en un instante que ocasionan dolor durante toda la vida.

He aprendido... que es importante practicar para convertirme en la persona que yo quiero ser.

He aprendido... que es muchísimo más fácil reaccionar que pensar y más satisfactorio pensar que reaccionar.

He aprendido... que siempre debo despedirme de las personas que amo con palabras amorosas: podría ser la última vez que las veo.

He aprendido... que puedo llegar mucho más lejos de lo que creí posible.

He aprendido... que soy responsable de lo que hago, cualquiera que sea el sentimiento que tenga.

He aprendido... que o controlo mis actitudes o ellas me controlan a mi.

He aprendido... que por muy apasionada que sea una relación en un principio, la pasión se desvanece y algo más debe ocupar su lugar.

He aprendido... que los héroes son las personas que hacen aquello de lo que están convencidas, a pesar de las consecuencias.

He aprendido... que aprender a perdonar requiere mucha práctica.

He aprendido... que el dinero es un pésimo indicador de valor de algo o alguien.

He aprendido... que con los amigos podemos hacer cualquier cosa o no hacer nada y tener el mejor de los momentos.

He aprendido... que a veces las personas que creo que me van a pisar cuando estoy caído son aquellas que me ayudan a levantar.

He aprendido... que en muchos momentos tengo el derecho de estar enfadado pero no el derecho de ser cruel.

He aprendido... que la verdadera amistad y el verdadero amor continúan creciendo a pesar de las distancias.

He aprendido... que simplemente porque alguien no me ama de la manera en que yo quisiera, no significa que no me ame a su manera.

He aprendido... que la madurez tiene más que ver con las experiencias que he tenido y aquello que he aprendido de ellas, que con el número de años cumplidos.

He aprendido... que nunca debo decirle a un niño que sus sueños son tontos; pocas cosas son más humillantes y qué tragedia sería si él lo creyera.

He aprendido... que por bueno que sea un buen amigo, tarde o temprano me voy a sentir herido por él y debo saber perdonarlo por ello.

He aprendido... que no siempre es suficiente ser perdonado por los otros; a veces tengo que perdonarme a mí mismo.

He aprendido... que por más fuerte que sea mi duelo, el mundo no se detiene por mi dolor.

He aprendido... que mientras mis antecedentes y circunstancias pueden haber influído en lo que soy, yo soy responsable de lo que llego a ser.

He aprendido... que a veces cuando mis amigos pelean, estoy obligado a tomar partido aún cuando no lo deseo.

He aprendido... que simplemente porque dos personas pelean, no significa que no se aman la una a la otra; y simplemente porque dos personas no discuten, no significa que sí se aman.

He aprendido... que no tengo que cambiar de amigos si comprendo que los amigos cambian.

He aprendido... que no debo ufanarme de averiguar un secreto; podría cambiar mi vida para siempre.

He aprendido... que dos personas pueden mirar a la misma cosa y ver algo totalmente diferente.

He aprendido... que hay muchas maneras de enamorarse y permanecer enamorado.

He aprendido... que sin importar las consecuencias, cuando soy honesto conmigo mismo llego más lejos en la vida.

He aprendido... que muchas cosas pueden ser generadas por la mente; el truco es el autodominio.

He aprendido... que por muchos amigos que tenga, si me convierto en su salvador, me sentiré solitario y perdido en los momentos en los que más los necesito.

He aprendido... que puedo cambiar mi vida en cuestión de horas ante la influencia de personas que ni siquiera me conocen.

He aprendido... que aún cuando pienso que no puedo dar más, cuando un amigo pide ayuda, logro encontrar la fortaleza para ayudarlo.

He aprendido... que tanto escribir como hablar puede aliviar los dolores emocionales.

He aprendido... que el paradigma en el que vivo, no es la única opción que tengo.

He aprendido... que los títulos sobre la pared no nos convierten en seres humanos decentes.

He aprendido... que las personas se mueren demasiado pronto.

He aprendido... que aunque la palabra amor pueda tener diferentes significados, pierde su valor cuando se usa con ligereza.

He aprendido... que es muy difícil determinar donde fijar el límite entre no herir los sentimientos de los demás y defender lo que creo.

Autor anónimo

miércoles, 1 de octubre de 2008

Sol de octubre

El sol de octubre ciñe
al paisaje maduro.
Otorga a lo que vive
su plenitud de fruto.
El aire se hace de oro,
se enjoya de susurros,
panal de los dulzores,
reino del ritmo puro,
melodía de flauta
que derrumba lo oscuro,
entra por la ventana,
dibuja desde el júbilo
seres con sosegada
vocación de desnudo,
criaturas del gozo
que llegan desde el otro mundo.
José Hierro

lunes, 22 de septiembre de 2008

Niño

Sigo en la oscuridad sin rostro. Sufre
el niño solitario que palpita en mis ojos,
perdido en la espiral de la congoja.
Él nada pide, escucha un porvenir desnudo.
Está oscuro y ausente y ya no me sonríe.
No sé cómo inducirlo a la alegría.
Con mis lágrimas calla y no puede dormir.
Parte soy de la niebla que no me ama.
Un latido delgado me anuda a lo que vivo,
ya no sabe si soy lo que aún soy
o soy lo que me niega tercamente.
Es tan raro el amor por uno mismo
que en su frontera tiembla con su envés
y a veces se intercambia o se suprime.
¿Cómo entender entonces la súbita piedad,
la sinrazón de un odio que a veces se conmueve
mostrándome su helada transparencia?
Justo Jorge Padrón

domingo, 21 de septiembre de 2008

La carencia

La creación nace de la carencia. La sentencia es y no es una mera obviedad. Lo es en cuanto, acaso, prácticamente toda invención y producción, responde a una demanda pujante. Pero no lo es en la medida en que más complejamente la tensión del desear algo sin la respuesta precisa conduce, más tarde o más temprano, a fabricar cualquier suerte de sucedáneo que aplaque la ansiedad de la insatisfacción. La creación no sería así otra cosa que este sucedáneo producido. El objeto deseado no se obtiene y en su lugar la creación ofrece un elemento de distracción.
Los seres humanos no son esos dioses que pueden tenerlo todo y en su lugar construyen remedos de poder. Remedos nacidos de su déficit de poder. Es así como la creación nace expresamente de la carencia. Y se abastece, además, golosamente de ella. Los pintores, los escritores, los arquitectos realizan sus obras mejores entre marcados límites, en las fisuras, en las coerciones que les fija el tiempo, la vista, la necesidad o la salud. De la carencia emerge la obra, de la ausencia intangible se alza el imago de la presencia, del vacío se obtienen los volúmenes de la escultura, de la memoria insuficiente se hila la narración.

Vicente Verdú

El otoño se acerca


El otoño se acerca con muy poco ruido:

apagadas cigarras, unos grillos apenas,

defienden el reducto

de un verano obstinado en perpetuarse,

cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,

pero un silencio súbito ilumina el prodigio:

ha pasado

un ángel

que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre

Ángel González

sábado, 13 de septiembre de 2008

La Trova

Consumo


Compró un televisor de plasma. Compró un dvd. Compró un aparato de música y un ordenador de última generación. Compró un ipod y una wii. Compró un nuevo auto. Compró unos zapatos, varios pares de pantalones, algunas camisas. Compró muebles de diseño, librerías de nogal, libros para llenarlas. Compró una cámara digital de fotos y otra de vídeo. Compró un viaje a Cancún y, en Cancún, compró una hora con una prostituta llamada Lía.
Al volver, abrió un fotolog dedicado a las fotos que había sacado durante el viaje. Dio paseos por la ciudad en su nuevo auto mostrando su bronceado, vestido con aquellas camisas, aquellos pantalones, escuchando canciones en su ipod y sentándose en las terrazas a jugar con su wii. También veía, de vez en cuando, su reportaje de Cancún en el plasma, reproducido en dvd, disfrutando del pulcro decorado de sus nuevos muebles, de sus nuevos libros.
Cuando comenzó a aburrirse y a tener ganas de ir de compras y a preguntarse qué le apetecía en esta ocasión, pensó que, de todas las cosas que había adquirido en los últimos tiempos, aquella hora de amor mercenario en Cancún era lo más memorable, pues lo que había comprado había sido tiempo. Tiempo y carne. Una carne y un tiempo únicos. El tiempo y la carne de Lía. Reflexionó un instante sobre el hecho de que todas las demás cosas podía disfrutarlas una y otra vez; los placeres que provocaban eran nuevamente reproducibles. Lía, en cambio, estaba lejos, en Cancún. Y, aunque comprase otro viaje, aunque volviese a encontrarla, aunque volviese a comprar otra hora (o cien horas) de placer con ella, aquello que había comprado y que fue suyo sólo durante sesenta minutos sería, para siempre, irrepetible.
Buscó su tarjeta de crédito. La observó atentamente. No se reconoció a sí mismo en el nombre del titular.
Alexis Ravelo

jueves, 11 de septiembre de 2008

Sabiduría

La sabiduría... no proviene del exterior.
Nace de la naturaleza íntima.
Minero de uno mismo o buzo, da igual.
Lo importante es mirar hacia adentro.
Cuanto más hondo, más alto.
Cuanta más oscuridad, más luz.
Cuanto más hondo es el abismo, más alta es la visión.
A la alegría sin objeto se llega desde un viaje que nace,
a menudo, desde el miedo sin objeto.
Los libros, ayudan.
Pero es en la propia alma donde está todo escrito.
Sólo se requiere paciencia y perseverancia para leer.
Coraje.
Y vencer a unos cuantos dragones.
O mejor que vencerlos, convencerlos: vencer con
El Dragón no está afuera, está adentro.
A menudo el primero es el de la duda.
Luego viene el del miedo.
Le sigue el de la rabia.
El cuarto, acostumbra a ser el de la culpa.
Finalmente, nos encontramos
frente a un dragón pacífico: el de la verdad.
No hay vuelta atrás.
Entonces, todo tiene Sentido.
Álex Rovira

lunes, 1 de septiembre de 2008

Secretos

Aunque contara todos mis secretos, si los hubiera, o dado que los hay, no acabaría de decir lo que oculto, a pesar de que no lo esconda. No es solo reserva o sigilo, ni basta con que deseemos que no lo conozcan los demás para que algo llegue a ser nuestro secreto.
El más magnífico de ellos no es el que hurtamos a la mirada ajena, sino aquel que, estando a la vista, no nos es visible ni siquiera a nosotros mismos. Nada por tanto menos adecuado que decir que uno no tiene secreto alguno. En tal caso, además de ser el secreto del que uno no dispone de noticias, constituiría a su vez el secreto del secreto mismo. No es que no se lo digamos a los demás, es que no nos lo decimos ni a nosotros mismos.Fue Sócrates quien escuchó de Teeteto que hay quienes creen que solo existe o solo es real lo que se puede ver con los ojos o agarrar con las manos. A lo que respondió: "¿De verdad que hay gente tan obstinada y repelente?". Considerar que lo que hay se agota en lo visible es tan simple como estimar que el otro es lo que vemos de él. Incluso cuando se nos desvela, no se revela. Si se nos mostrara por dentro, no daríamos con su interior, si nos contara cuanto sabe de sí mismo, no nos ofrecería sino el relato de quien es, pero él siempre se mantendría intacto. No escondido en otra parte, en lugar alguno, esperando la ocasión de aparecer en escena. Los otros son un enigma para sí mismos. Dicho todo, quedan por decir. Por eso es tan importante no querer agotar la palabra de los demás, escudriñando su verdad, como si hubiéramos de nadar en las aguas de su intimidad, hasta contemplar su rostro, su nombre. Este gesto idolátrico por exceso de objetivación y de malentendido interés solo desea poseer al otro, atrapar su secreto, tenerlo. Pero la inaccesibilidad del secreto se opone a una diabólica toma de posesión con afán de captar al otro.Hay tantas cosas de qué avergonzarnos, tantas cosas mal hechas, tantos asuntos para sentirnos culpables, que deseamos liberarnos de ellos confesando su existencia, en la confianza de recibir de alguien un abrazo comprensivo, liberador. Pero nadie se desahoga del secreto que le constituye. Si nos desprendiéramos de él, pronto comprobaríamos que nos despedimos de nosotros mismos. Es cierto que hay cosas que no contamos, asuntos que no desvelamos, cautelosos, celosos de preservar algún reducto en el que lamer nuestras propias debilidades o goces. Y no deja de ser espléndido compartir esos cada vez más minúsculos retazos, pero el secreto de nuestra singularidad late a menudo en la intemperie, en la superficie. No se oculta, es el mejor guardado aunque esté al alcance de todos. Pero jamás se tomará. Solo se mostrará cuando haciéndose él patente ya no estemos ni para ocultarlo.
Ángel Gabilondo

viernes, 22 de agosto de 2008

La mirada del otro


Es tan difícil o imposible llegar a autoconocerse bien que a casi cualquier opinión que oímos verter sobre nosotros concedemos un efecto desaforado. ¿Desaforado? La medida de la resonancia que le conferimos siempre nos ha de parece desmesurada pero simplemente porque no poseemos la cierta medida de lo que parecemos o somos. En realidad, ¿cómo no pensar que venimos a ser una identidad madurada en las embestidas que recibimos, las atribuciones que nos sobrevienen, los elogios que nos regalan o los desdenes que nos achican? Contarse a sí mismo, tanto aritméticamente como literariamente, representa el ejercicio más incierto. La verdad escapa de nuestro análisis puesto que cualquier punto de vista sobre uno mismo requiere antes la determinante elección del ángulo de visión.
Ocurre como cuando, al contemplarnos en el espejo, adoptamos una pose, un bisel o un gesto y hasta una mueca en los que confiamos para quedar mejor. Pero, en el mejor de los casos, la buena imagen que así se obtiene ¿cómo no convenir que procede de una estudiada manipulación? Nos preparamos para presentarnos ante nosotros en el espejo movidos por el temor a vernos mal o muy mal. A reconocernos, en fin, en lo indeseable, presos de una enfermedad incurable, expuestos al directo conocimiento del público en la única y averiada versión que ven. Y así ocurre también con el malestar que sentimos al escuchar nuestra voz en una grabación o nuestros movimientos en la pantalla de un vídeo. La expectación por vernos recuerda la expectación por examinar a un desconocido y se junta además con el pavor de vernos mal puesto que a lo mejor nos vemos bien pero nunca se encuentra garantizado. Nada hay concreto e inmutable en nuestra imagen ni tampoco a resguardo de cualquier interpretación puesto que la misma extrañeza con la que nos auscultamos el habla o la figura nos informa del menguado conocimiento que en verdad poseemos de nuestro yo. Ese yo desconocido emerge y se nos presenta como un elemento que nace desde el centro del yo con quien convivimos. Tan extraños para nosotros mismos que preferiríamos no percibir su ajenidad. O bien, nunca en fin nos sentimos más libres que cuando no nos imaginamos o lo hacemos mediante un olvido de lo que pudiera ser real.
Nunca nos sentimos peor, en efecto, que cuando reflejados en un escaparate el paseante que somos torpemente nos encara. ¿Cómo no inventarnos para rehuir este martirio especular? ¿Cómo no vivir en el vilo de ser descubiertos dentro de esa invención? Una invención que, por añadidura, en la mayoría de los supuestos no conocemos ni aproximadamente sus perfiles y medidas. El otro nos mira, nos mide, nos talla, nos diseca. En su pupila nos delimitamos como un ser concreto. Por contraste, la dificultad de autoconocernos, la convivencia con un ser perteneciente al inasible reino de la ausencia, nos procura un balsámico bienestar.
No estar frente a la mirada de sí coincide con el mayor recreo posible puesto que no hay peor verdugo que la incontrolada mirada que nos echamos encima y que, como un chacal, nos deforma y como una alimaña nos desdice. El otro, en fin, nos tiene en sus ojos. La pareja que nos ama nos embellece, nos blinda de nuestra visión insufrible y nos cubre con la benevolencia de la suya, esa tierna laguna en donde flotamos como recién nacidos.
Vicente Verdú

martes, 19 de agosto de 2008

Derrochador de encanto

Derrochador de encanto, ¿por qué gastas
en ti mismo tu herencia de hermosura?
Naturaleza presta y no regala,
y, generosa, presta al generoso.
Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas
de lo que se te dio para que dieras?
Avaro sin provecho, ¿por qué empleas
suma tan grande, si vivir no logras?
Al comerciar así sólo contigo,
defraudas de ti mismo a lo más dulce.
Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo
podrás dejar que sea tolerable?
Tu belleza sin uso irá a la tumba;
usada, hubiera sido tu albacea.
William Shakespeare

domingo, 10 de agosto de 2008

El precio de la libertad

La versión heredada, bastante moderna, pero heredada, arranca del descubrimiento del secreto de la vida a mediados de los años 50: nuestra constitución genética –las instrucciones conductuales que llevamos en el núcleo de cada una de nuestras células– se encarga de que nos comportemos de una manera o de otra. Que seamos optimistas o pesimistas. Agresivos o benevolentes. Lúdicos o indiferentes. Vagos o trabajadores. Curiosos o indiferentes. Empáticos o desconsiderados. Con un matiz, claro; dependiendo del entorno que nos haya tocado vivir, los genes responsables, por ejemplo, de la depresión pueden no expresarse.
Potencialmente podemos ser unos depresivos que entristecen la vida a los demás, aunque nuestro destino concreto no sea éste gracias a haber aterrizado en un entorno amable, pacífico, benevolente y considerado. Durante 40 años se fraguó un debate entre los que creían que todo dependía de los genes, los que creían que la mitad dependía del entorno y los convencidos de que la educación y el entorno podían con todo.
Si estabas aquejado por una enfermedad mental, ibas al médico, fuera psiquiatra o neurólogo, o bien al psicoanalista y a los psicólogos. Si tenías –como ocurre con algunos amigos míos– el presentimiento de que la conducta era el resultado de las leyes universales que rigen los procesos cerebrales, te ibas de cabeza al especialista del cerebro. Si, por el contrario, considerabas que la individualidad de cada persona está marcada por su inconsciente, entonces te ibas de cabeza al psicoanalista.
Ahora empezamos a entender por qué nos iba igual de mal en los dos casos. Neurólogos punteros de todo el mundo –fundamentalmente en Suiza y Estados Unidos– están demostrando que necesitan a los psicoanalistas y éstos a los neurólogos en la misma medida para interpretar la realidad. La espoleta que ha activado la convergencia de estos dos ríos del conocimiento ha sido el nuevo concepto de plasticidad cerebral: se acaba de descubrir que cualquier experiencia personal deja una huella indeleble en la estructura cerebral que, a su vez, puede dejar otros rastros en grupos de neuronas que interactúan entre sí a raíz de dicha huella. Allí dentro no hay nada que cambie de una vez para siempre. Estamos descubriendo, asombrados, que se producen discontinuidades, transformaciones superficiales en las sinapsis y permanentes y profundas en otros circuitos. Estamos programados, es cierto, pero para ser únicos. Totalmente distintos del vecino y de los demás.
Y, claro, si estoy programado para no estar determinado porque soy único –todo ello por culpa del famoso inconsciente–, necesitaré al psicoanalista, que mediante un juego verbal reconozca al inconsciente, y no sólo al neurobiólogo, el cual me detalle las leyes universales de los procesos cerebrales.
Ahora bien, –a la luz de lo que veo en la calle– me pregunto si lo más importante no sería descubrir las razones que explican esa capacidad infinita de la gente para ser infeliz. ¿Tiene esta infelicidad algo que ver con el inconsciente del que hablaba antes?
A ver si resulta que al no estar determinado por los genes o conocimientos innatos soy más libre que el resto de los animales; tengo que empezar desde cero –al contrario del pollito que sale disparado picoteando al nacer– y, claro, me equivoco muchas veces. Soy más infeliz porque soy más libre.
Eduard Punset