sábado, 13 de septiembre de 2008

La Trova

Consumo


Compró un televisor de plasma. Compró un dvd. Compró un aparato de música y un ordenador de última generación. Compró un ipod y una wii. Compró un nuevo auto. Compró unos zapatos, varios pares de pantalones, algunas camisas. Compró muebles de diseño, librerías de nogal, libros para llenarlas. Compró una cámara digital de fotos y otra de vídeo. Compró un viaje a Cancún y, en Cancún, compró una hora con una prostituta llamada Lía.
Al volver, abrió un fotolog dedicado a las fotos que había sacado durante el viaje. Dio paseos por la ciudad en su nuevo auto mostrando su bronceado, vestido con aquellas camisas, aquellos pantalones, escuchando canciones en su ipod y sentándose en las terrazas a jugar con su wii. También veía, de vez en cuando, su reportaje de Cancún en el plasma, reproducido en dvd, disfrutando del pulcro decorado de sus nuevos muebles, de sus nuevos libros.
Cuando comenzó a aburrirse y a tener ganas de ir de compras y a preguntarse qué le apetecía en esta ocasión, pensó que, de todas las cosas que había adquirido en los últimos tiempos, aquella hora de amor mercenario en Cancún era lo más memorable, pues lo que había comprado había sido tiempo. Tiempo y carne. Una carne y un tiempo únicos. El tiempo y la carne de Lía. Reflexionó un instante sobre el hecho de que todas las demás cosas podía disfrutarlas una y otra vez; los placeres que provocaban eran nuevamente reproducibles. Lía, en cambio, estaba lejos, en Cancún. Y, aunque comprase otro viaje, aunque volviese a encontrarla, aunque volviese a comprar otra hora (o cien horas) de placer con ella, aquello que había comprado y que fue suyo sólo durante sesenta minutos sería, para siempre, irrepetible.
Buscó su tarjeta de crédito. La observó atentamente. No se reconoció a sí mismo en el nombre del titular.
Alexis Ravelo

jueves, 11 de septiembre de 2008

Sabiduría

La sabiduría... no proviene del exterior.
Nace de la naturaleza íntima.
Minero de uno mismo o buzo, da igual.
Lo importante es mirar hacia adentro.
Cuanto más hondo, más alto.
Cuanta más oscuridad, más luz.
Cuanto más hondo es el abismo, más alta es la visión.
A la alegría sin objeto se llega desde un viaje que nace,
a menudo, desde el miedo sin objeto.
Los libros, ayudan.
Pero es en la propia alma donde está todo escrito.
Sólo se requiere paciencia y perseverancia para leer.
Coraje.
Y vencer a unos cuantos dragones.
O mejor que vencerlos, convencerlos: vencer con
El Dragón no está afuera, está adentro.
A menudo el primero es el de la duda.
Luego viene el del miedo.
Le sigue el de la rabia.
El cuarto, acostumbra a ser el de la culpa.
Finalmente, nos encontramos
frente a un dragón pacífico: el de la verdad.
No hay vuelta atrás.
Entonces, todo tiene Sentido.
Álex Rovira

lunes, 1 de septiembre de 2008

Secretos

Aunque contara todos mis secretos, si los hubiera, o dado que los hay, no acabaría de decir lo que oculto, a pesar de que no lo esconda. No es solo reserva o sigilo, ni basta con que deseemos que no lo conozcan los demás para que algo llegue a ser nuestro secreto.
El más magnífico de ellos no es el que hurtamos a la mirada ajena, sino aquel que, estando a la vista, no nos es visible ni siquiera a nosotros mismos. Nada por tanto menos adecuado que decir que uno no tiene secreto alguno. En tal caso, además de ser el secreto del que uno no dispone de noticias, constituiría a su vez el secreto del secreto mismo. No es que no se lo digamos a los demás, es que no nos lo decimos ni a nosotros mismos.Fue Sócrates quien escuchó de Teeteto que hay quienes creen que solo existe o solo es real lo que se puede ver con los ojos o agarrar con las manos. A lo que respondió: "¿De verdad que hay gente tan obstinada y repelente?". Considerar que lo que hay se agota en lo visible es tan simple como estimar que el otro es lo que vemos de él. Incluso cuando se nos desvela, no se revela. Si se nos mostrara por dentro, no daríamos con su interior, si nos contara cuanto sabe de sí mismo, no nos ofrecería sino el relato de quien es, pero él siempre se mantendría intacto. No escondido en otra parte, en lugar alguno, esperando la ocasión de aparecer en escena. Los otros son un enigma para sí mismos. Dicho todo, quedan por decir. Por eso es tan importante no querer agotar la palabra de los demás, escudriñando su verdad, como si hubiéramos de nadar en las aguas de su intimidad, hasta contemplar su rostro, su nombre. Este gesto idolátrico por exceso de objetivación y de malentendido interés solo desea poseer al otro, atrapar su secreto, tenerlo. Pero la inaccesibilidad del secreto se opone a una diabólica toma de posesión con afán de captar al otro.Hay tantas cosas de qué avergonzarnos, tantas cosas mal hechas, tantos asuntos para sentirnos culpables, que deseamos liberarnos de ellos confesando su existencia, en la confianza de recibir de alguien un abrazo comprensivo, liberador. Pero nadie se desahoga del secreto que le constituye. Si nos desprendiéramos de él, pronto comprobaríamos que nos despedimos de nosotros mismos. Es cierto que hay cosas que no contamos, asuntos que no desvelamos, cautelosos, celosos de preservar algún reducto en el que lamer nuestras propias debilidades o goces. Y no deja de ser espléndido compartir esos cada vez más minúsculos retazos, pero el secreto de nuestra singularidad late a menudo en la intemperie, en la superficie. No se oculta, es el mejor guardado aunque esté al alcance de todos. Pero jamás se tomará. Solo se mostrará cuando haciéndose él patente ya no estemos ni para ocultarlo.
Ángel Gabilondo

viernes, 22 de agosto de 2008

La mirada del otro


Es tan difícil o imposible llegar a autoconocerse bien que a casi cualquier opinión que oímos verter sobre nosotros concedemos un efecto desaforado. ¿Desaforado? La medida de la resonancia que le conferimos siempre nos ha de parece desmesurada pero simplemente porque no poseemos la cierta medida de lo que parecemos o somos. En realidad, ¿cómo no pensar que venimos a ser una identidad madurada en las embestidas que recibimos, las atribuciones que nos sobrevienen, los elogios que nos regalan o los desdenes que nos achican? Contarse a sí mismo, tanto aritméticamente como literariamente, representa el ejercicio más incierto. La verdad escapa de nuestro análisis puesto que cualquier punto de vista sobre uno mismo requiere antes la determinante elección del ángulo de visión.
Ocurre como cuando, al contemplarnos en el espejo, adoptamos una pose, un bisel o un gesto y hasta una mueca en los que confiamos para quedar mejor. Pero, en el mejor de los casos, la buena imagen que así se obtiene ¿cómo no convenir que procede de una estudiada manipulación? Nos preparamos para presentarnos ante nosotros en el espejo movidos por el temor a vernos mal o muy mal. A reconocernos, en fin, en lo indeseable, presos de una enfermedad incurable, expuestos al directo conocimiento del público en la única y averiada versión que ven. Y así ocurre también con el malestar que sentimos al escuchar nuestra voz en una grabación o nuestros movimientos en la pantalla de un vídeo. La expectación por vernos recuerda la expectación por examinar a un desconocido y se junta además con el pavor de vernos mal puesto que a lo mejor nos vemos bien pero nunca se encuentra garantizado. Nada hay concreto e inmutable en nuestra imagen ni tampoco a resguardo de cualquier interpretación puesto que la misma extrañeza con la que nos auscultamos el habla o la figura nos informa del menguado conocimiento que en verdad poseemos de nuestro yo. Ese yo desconocido emerge y se nos presenta como un elemento que nace desde el centro del yo con quien convivimos. Tan extraños para nosotros mismos que preferiríamos no percibir su ajenidad. O bien, nunca en fin nos sentimos más libres que cuando no nos imaginamos o lo hacemos mediante un olvido de lo que pudiera ser real.
Nunca nos sentimos peor, en efecto, que cuando reflejados en un escaparate el paseante que somos torpemente nos encara. ¿Cómo no inventarnos para rehuir este martirio especular? ¿Cómo no vivir en el vilo de ser descubiertos dentro de esa invención? Una invención que, por añadidura, en la mayoría de los supuestos no conocemos ni aproximadamente sus perfiles y medidas. El otro nos mira, nos mide, nos talla, nos diseca. En su pupila nos delimitamos como un ser concreto. Por contraste, la dificultad de autoconocernos, la convivencia con un ser perteneciente al inasible reino de la ausencia, nos procura un balsámico bienestar.
No estar frente a la mirada de sí coincide con el mayor recreo posible puesto que no hay peor verdugo que la incontrolada mirada que nos echamos encima y que, como un chacal, nos deforma y como una alimaña nos desdice. El otro, en fin, nos tiene en sus ojos. La pareja que nos ama nos embellece, nos blinda de nuestra visión insufrible y nos cubre con la benevolencia de la suya, esa tierna laguna en donde flotamos como recién nacidos.
Vicente Verdú

martes, 19 de agosto de 2008

Derrochador de encanto

Derrochador de encanto, ¿por qué gastas
en ti mismo tu herencia de hermosura?
Naturaleza presta y no regala,
y, generosa, presta al generoso.
Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas
de lo que se te dio para que dieras?
Avaro sin provecho, ¿por qué empleas
suma tan grande, si vivir no logras?
Al comerciar así sólo contigo,
defraudas de ti mismo a lo más dulce.
Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo
podrás dejar que sea tolerable?
Tu belleza sin uso irá a la tumba;
usada, hubiera sido tu albacea.
William Shakespeare

domingo, 10 de agosto de 2008

El precio de la libertad

La versión heredada, bastante moderna, pero heredada, arranca del descubrimiento del secreto de la vida a mediados de los años 50: nuestra constitución genética –las instrucciones conductuales que llevamos en el núcleo de cada una de nuestras células– se encarga de que nos comportemos de una manera o de otra. Que seamos optimistas o pesimistas. Agresivos o benevolentes. Lúdicos o indiferentes. Vagos o trabajadores. Curiosos o indiferentes. Empáticos o desconsiderados. Con un matiz, claro; dependiendo del entorno que nos haya tocado vivir, los genes responsables, por ejemplo, de la depresión pueden no expresarse.
Potencialmente podemos ser unos depresivos que entristecen la vida a los demás, aunque nuestro destino concreto no sea éste gracias a haber aterrizado en un entorno amable, pacífico, benevolente y considerado. Durante 40 años se fraguó un debate entre los que creían que todo dependía de los genes, los que creían que la mitad dependía del entorno y los convencidos de que la educación y el entorno podían con todo.
Si estabas aquejado por una enfermedad mental, ibas al médico, fuera psiquiatra o neurólogo, o bien al psicoanalista y a los psicólogos. Si tenías –como ocurre con algunos amigos míos– el presentimiento de que la conducta era el resultado de las leyes universales que rigen los procesos cerebrales, te ibas de cabeza al especialista del cerebro. Si, por el contrario, considerabas que la individualidad de cada persona está marcada por su inconsciente, entonces te ibas de cabeza al psicoanalista.
Ahora empezamos a entender por qué nos iba igual de mal en los dos casos. Neurólogos punteros de todo el mundo –fundamentalmente en Suiza y Estados Unidos– están demostrando que necesitan a los psicoanalistas y éstos a los neurólogos en la misma medida para interpretar la realidad. La espoleta que ha activado la convergencia de estos dos ríos del conocimiento ha sido el nuevo concepto de plasticidad cerebral: se acaba de descubrir que cualquier experiencia personal deja una huella indeleble en la estructura cerebral que, a su vez, puede dejar otros rastros en grupos de neuronas que interactúan entre sí a raíz de dicha huella. Allí dentro no hay nada que cambie de una vez para siempre. Estamos descubriendo, asombrados, que se producen discontinuidades, transformaciones superficiales en las sinapsis y permanentes y profundas en otros circuitos. Estamos programados, es cierto, pero para ser únicos. Totalmente distintos del vecino y de los demás.
Y, claro, si estoy programado para no estar determinado porque soy único –todo ello por culpa del famoso inconsciente–, necesitaré al psicoanalista, que mediante un juego verbal reconozca al inconsciente, y no sólo al neurobiólogo, el cual me detalle las leyes universales de los procesos cerebrales.
Ahora bien, –a la luz de lo que veo en la calle– me pregunto si lo más importante no sería descubrir las razones que explican esa capacidad infinita de la gente para ser infeliz. ¿Tiene esta infelicidad algo que ver con el inconsciente del que hablaba antes?
A ver si resulta que al no estar determinado por los genes o conocimientos innatos soy más libre que el resto de los animales; tengo que empezar desde cero –al contrario del pollito que sale disparado picoteando al nacer– y, claro, me equivoco muchas veces. Soy más infeliz porque soy más libre.
Eduard Punset

jueves, 31 de julio de 2008

La melancolía (y II)

La historia actúa dentro de nosotros. No sólo nuestra propia historia biográfica, sino también la cultural. De ahí que se haya intentado tantas veces elaborar un psicoanálisis histórico. El único problema que plantea la melancolía es su cercanía a la depresión, con la que mantiene estrechos lazos de familia. Por eso, los grandes tratadistas proponían remedios que son muy parecidos a los que recomendaban contra la depresión: las músicas alegres, el juego, el ejercicio físico, la conversación con amigos, la actividad creadora, y el amor. Se trata, como pueden comprobar, de una estupenda terapia. Flaubert dice de Rosanette, la amante mantenida, en la Educación sentimental: “Incluso antes de irse a dormir se mostraba un poco melancólica, como a veces se encuentran los cipreses ante la puerta de una fonda”. ¿Sabía Flaubert que el ciprés se consideraba melancólico en la edad media? No es una casualidad la frecuencia con que se encuentran en los cementerios. ¿Y sabían en la edad media que Pitágoras había prohibido confeccionar ataúdes con madera de ciprés porque el cetro de Zeus era de esta madera? Los melancólicos estaban bajo el signo de Saturno. Hoy todavía se sigue llamando saturnina a la disposición sombría y melancólica. Los humores se relacionaron con los planetas. La complexión flemática, con la Luna o Venus; la colérica, con Marte; el carácter sanguíneo, con Júpiter, y el melancólico, con Saturno. Los autores árabes antiguos dicen que los hijos de Saturno son gentes de largo reflexionar y poco hablar; son secretos y nadie sabe lo que hay en ellos. “Rige la destrucción y las cosas de hastío.”
Los temperamentos son modos de iluminar la realidad. Para el colérico todo es ofensa e incitación a la furia; para el sanguíneo, el mundo es una fiesta; el flemático mantiene una serenidad fría. ¿Y el melancólico? Parece que en el melancólico hay una permanente queja, pero no desesperada. Por eso puede ser dulce. Se echa en falta algo muy valioso que existe, pero no se posee. Un teólogo, al que leí mucho en mi juventud, Romano Guardini, situaba la melancolía en una perspectiva trascendental: “Es el deseo de encontrar la verdadera morada, huyendo de la dispersión, para entrar en el recogimiento de la esencia, escapando de la existencia exterior”. Concluye: “La melancolía es el dolor causado por la aparición de lo eterno en el hombre”.

domingo, 27 de julio de 2008

No sé qué decirte

No es que me calle lo que pienso, es que, a veces, no sé qué pensar. No es que oculte lo que me inquieta, es que me inquieta no saber lo que oculto. En ocasiones es algo más poderoso que una ignorancia, un desconocimiento o un desconcierto que inhabilitan mis palabras.
No es una parálisis, sino un exceso de estímulos que provocan algo que se parece a una proliferación compleja y contradictoria de emociones, de sentimientos y, quizá, de ideas que no se dejan reducir a una discurso articulado. No solo por falta de coherencia. Se hace casi imposible la verbalización.
No es un engaño. No es que me lo guarde, es que lo que siento no es capaz de llegar a ser algo que decir. Reconozco que debe resultar incómodo encontrarse ante quien, en cierto modo desnudo de argumentos, ni siquiera es capaz de enfrentar o de afrontar la situación. A veces, es desesperante. Y puede hasta parecer agresivo. Dan ganas de agitar o de remover las hojas de quien calla a ver si cae o se desprende algo que se deje ver u oír. Podría pensarse que es una cobardía o una irresponsabilidad, una incapacidad de hacerse cargo de la situación, de las propias decisiones. Pero en ocasiones un rayo irrumpe en el corazón de la lógica y tiemblan y laten las almas, pero no hay modo de sentir más que impotencia o culpa o desamparo.
No lo tomes a mal. Callo porque una voz más potente que cualquier frase no es capaz de balbucear ni de deletrear nada. Un ejército de traspiés y de tropezones es torpe para enfilar un mínimo discurso.
No es indiferencia. Desearía que entraras en el insonoro refugio en el que no hay palabras. No es un vacío, es algo aplazado, despoblado, que sin embargo late. Y creo que con amor. Pero a estas alturas de la conversación, ya solo un gesto, quizá un abrazo, podría mostrar la verdad de esto que ni es esto, ni sé que decir de ello. Esto que me pasa y que, sin embargo, no poseo.
Tengo algo decisivo que decirte: no sé qué. Tal vez se desprenda de mi mirada o de mi postura. Te lo digo sin decírtelo. No siempre tenemos las palabras adecuadas. En ocasiones, ellas parecen haberse ido incluso antes de llegar. Se produce una sensación incómoda de incomunicación. Pero tal vez en ese momento se requiere algo más, algo otro, la capacidad de escuchar lo que quizá quede patente sin necesidad de ser dicho: un aprecio más consistente que cualquier explicación.
No es que se esconda algo. Es la voluntad de mostrar que no hay qué decir. Podrían improvisarse palabras, pero cuando alguien nos importa de verdad es preferible que sepa que no siempre sabemos qué decir, aunque incluso eso deseamos hacerlo llegar amorosamente. Y ese es ya es otro modo de hablar. Bien necesario, por cierto.
Ángel Gabilondo

viernes, 25 de julio de 2008

Desiderata

Camina plácido entre el ruido y la prisa y piensa en la paz que se puede encontrar en el silencio.
En cuanto te sea posible y sin rendirte, mantén buenas relaciones con todas las personas.
Enuncia tu verdad de una manera serena y clara; y escucha a los demás, incluso al torpe e ignorante; también ellos tienen su propia historia.
Esquiva a las personas agresivas y ruidosas, pues son un fastidio para el espíritu.
Si te comparas con los demás, te volverás vano y amargado, pues siempre habrá
personas mas grandes y mas pequeñas que tú.
Disfruta de tus éxitos lo mismo que de tus planes.
Mantén el interés en tu propia carrera por humilde que sea, ella es un verdadero tesoro en el fortuito cambiar del tiempo.
Se cauto en los negocios, el mundo esta lleno de engaños; mas no dejes que esto te deje ciego para la virtud que existe.
Hay muchas personas que se esfuerzan por alcanzar nobles ideales, y por doquier la vida esta llena de heroísmo.
Se sincero contigo mismo. En especial, no finjas el afecto; tampoco seas cínico en cuanto al amor; pues en medio de todas las arideces y desengaños, es perenne como la hierba.
Acata dócilmente el consejo de los años, y abandona con donaire las cosas de la juventud.
Cultiva la firmeza del espíritu para que te proteja en las adversidades repentinas, pero no te afligas imaginando fantasmas. Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad.
Sobre una sana disciplina se benigno contigo mismo. Tú eres una criatura del universo, no menos que las árboles y las estrellas; tienes derecho a existir. Y sea que te resulte claro o no, indudablemente el universo marcha como debiera.
Por eso debes estar en paz con Dios, cualquiera que sea tu idea de El, y sean cualesquiera tus trabajos y aspiraciones.
Conserva la paz con tu alma en la bulliciosa confusión de la vida. Aún con toda su farsa, penalidades y sueños fallidos, el mundo es todavía hermoso.
Se alegre. Esfuérzate por ser feliz.
Max Ehrmann

miércoles, 23 de julio de 2008

La melancolía (I)

La melancolía es una tristeza apacible, otoñal, poética, romántica. En 1734, el Dictionnaire de Trevoux, escrito por jesuitas franceses, la vincula no sólo con la tristeza, sino también con el placer: “es un cierto placer triste”, es “un ensueño agradable”. En 1621, Robert Burton escribe su sorprendente Anatomía de la melancolía. Thomas Warton, en 1747 publica Los placeres de la melancolía, y Diderot la considera un sentimiento dulce. Víctor Hugo acuña una definición contundente: “Es la dicha de ser desdichado”. Procede de una palabra griega compuesta –melas y kholé– que significaba literalmente bilis negra. Era uno de los cuatro humores fundamentales que formaban el temperamento. La medicina clásica se basaba en la idea de que la salud era la adecuada mezcla de esos cuatro líquidos vitales (sangre, bilis amarilla, flema y bilis negra) que también determinaban el carácter de los seres humanos. Había personas coléricas, sanguíneas, flemáticas y melancólicas.Lo de “estar de buen o mal humor” procede de ahí. Anteo de Capadocia (50 d.C.) dio una definición que atravesó con éxito los siglos: “Los melancólicos están silenciosos o sombríos, abatidos, insensibles sin motivo plausible. Despreciando la vida, anhelan la muerte”.
Las malas lenguas decían que se comportaban de manera muy extraña: eran misántropos y en noches de luna llena huían a los montes donde aullaban como lobos; muchos creían carecer de cabeza o ser tan frágiles que podían quebrarse con cualquier contacto violento.
El protagonista de El licenciado Vidriera, de Cervantes, era un caso claro. Se trataba, pues, de una enfermedad seria. Hasta hace muy pocos años, la psiquiatría –sobre todo la alemana– consideraba que la melancolía era una gran depresión. El ser un rasgo del carácter, una propensión del temperamento, explica uno de sus rasgos principales. La melancolía es un sentimiento sin causa. Calderón de la Barca ya mencionó este aspecto en su obra No hay como callar: "Toda melancolía nace sin ocasión, y así es la mía. Que aquesta distinción naturaleza dio a la melancolía y la tristeza".
Tampoco la edad media fue benévola con este sentimiento. Se lo relacionó con el tedio espiritual –apatía que acometía a los monjes en especial después de comer–, con la pereza, y, como causa última, con la falta de caridad. Se convierte así en una torpe manifestación del pecado original.

Pero un hecho casual va a cambiar la historia de la palabra y la consideración del sentimiento. Aparece un librito, falsamente atribuido a Aristóteles, llamado Problemas, uno de cuyos capítulos comienza con una afirmación que el Renacimiento repetirá con fruición: “Todos los genios son melancólicos”. Una ola de melancolía barrió Europa. Petrarca es el primer melancólico consciente y poético. Miguel Ángel escribe en uno de sus sonetos: “La mia allegrez’e la maninconia”. En el barroco se puso de moda, y para lucir bien en sociedad había que melancolizarse. Un personaje de Shakespeare está muy triste porque no es lo suficientemente melancólico como para tener éxito. Se convirtió así en un sentimiento de moda, refinado y un poco falso. Fue una tristeza que no paraba en llanto, sino en una meditación solitaria, en una búsqueda de sintonía del alma entristecida con los parajes tristes, por ejemplo, en el amor por las ruinas que fomentó el romanticismo. Gusta de músicas tristes, como las que estuvieron de moda en la corte francesa. Las grandes representaciones de la melancolía presentan siempre a personajes meditabundos, como un famosísimo grabado de Durero, que muestra a un ángel pensativo.
Los melancólicos son grandes analizadores del propio espíritu. Kierkegaard escribió: “Desde mi infancia, he vivido bajo el imperio de una inmensa melancolía”. Todo aquel que vive una intensa vida interior parece abocado a la melancolía, que se convierte así en seña de identidad del quehacer artístico, dando así razón al pseudoaristóteles, después de muchas vueltas. En pleno Renacimiento, Romano Alberti dice en su Tratado de la nobleza de la pintura: “Los pintores se vuelven melancólicos porque, queriendo imitar los objetos, es preciso que mantengan los fantasmas fijos en su intelectos, y así luego pueden expresarlos”. Quiere decirse que cuando experimentan melancolía están sintiendo una emoción largamente trabajada y enriquecida. (continuará)

jueves, 17 de julio de 2008

Mostrarse

Extraña sensación... la de hoy, al darme cuenta, quizás equivocadamente, de que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo.
Y que la causa del miedo está a menudo en la incapacidad de hablar y de decir lo que uno desea, lo que uno siente, lo que uno piensa... por miedo.
Que, a menudo, al amor se llega por el coraje de desnudarse, de mostrarse, sin miedo.
Y que tantas almas desean el amor, pero lo pierden... por miedo.
¿Cómo quieres que te quieran por lo que eres si no te muestras como eres?
Álex Rovira

lunes, 14 de julio de 2008

Bebo Valdés y Diego el Cigala

Se me olvidó que te olvidé

El diván como potencia literaria

La angustia sigue estando ahí. Y afecta a muchas personas, empujándolas al infierno del sufrimiento. Hace ya muchos años, las teorías de un joven médico sacudieron la Viena del siglo XIX, y con el tiempo se fueron imponiendo en otros lugares. El psicoanálisis, la gran creación de Sigmund Freud, puso patas arriba el mundo, cambió la manera de ver las relaciones entre hombres y mujeres, puso en órbita la importancia del sexo y señaló que existía, en nuestro interior, un inmenso continente desconocido (el inconsciente).
¿Qué pasa con el psicoanálisis? ¿Es sólo un reino de charlatanes y farsantes, una invitación a hablar una jerga extraña, un baile de interpretaciones sobre los sueños más disparatados? El año 2005 se publicó en Francia "El libro negro del psicoanálisis", donde más de cuarenta especialistas se aplicaban a fondo para cargarse a Freud y sus teorías y prácticas, y todo lo que vino después. Un año después, otro libro se propuso contestar lo que allí se decía: en "La regla de juego. Testimonios de encuentros con el psicoanálisis", Bernard-Henri Lévy y Jacques-Alain Miller han reunido los comentarios de artistas, escritores, psicoanalistas e intelectuales sobre su relación, teórica y práctica, con esa disciplina. ¿Cómo entraron en esa historia y cómo les fue allí?
"Yo comencé una cura de psicoanálisis en 1972, porque después de haber visitado Auschwitz, cementerio sin tumbas donde están mis abuelos maternos, volví sin habla", recuerda la filósofa Catherine Clément, que luego confiesa que en el diván encontró la risa, "que me era ajena", y la manera de criar a sus hijos y de superar el Holocausto. El psicoanalista Hervé Castanet explica que a los veintidós años estaba buscando de manera desesperada una salida a su aburrimiento, y empezó una terapia. Hay quien habla de que frecuentó el diván porque no rendía en sus exámenes (Marlene Belilos) y Tom Bishop, profesor de civilización francesa en Nueva York, cuenta que el psicoanálisis lo ayudó a sobreponerse "a una infancia de huida de los nazis" y a superar la culpa "de haber sobrevivido cuando tantos otros no tuvieron esa suerte". Tahar Ben Jelloun sostiene que el rechazo al psicoanálisis viene del "miedo a ir al fondo de sí y el miedo a descubrir lo que no se tiene en absoluto deseo de descubrir".
Otros, en cambio, han sido más breves y rotundos. Como el cineasta Josée Dayan, que se limita a decir: "No soy psicoanalista, pero, aunque el psicoanálisis sólo hubiera servido para darnos a Woody Allen, lo bendeciría". Y los hay, seguramente más próximos a Lacan que a Freud, que son capaces de formular opiniones de esta envergadura: "El campo escópico es el que más completamente elude a la castración" (Hervé Castanet, el que de joven se aburría).
El Libro negro... había sido bastante duro con que lo que, consideraban, era una "costumbre pseudocientífica que sólo perdura en Francia y Argentina". Y Ricardo Piglia, un argentino, comenta en La regla de juego que el psicoanálisis es atractivo "porque todos aspiramos a una vida intensa" y que "en medio de nuestras vidas secularizadas y triviales, nos seduce admitir que en un lugar secreto experimentamos o hemos experimentado grandes dramas". Y apunta: "El psicoanálisis es en cierto sentido un arte de la natación, un arte de mantener a flote en el mar del lenguaje a gente que está siempre tratando de hundirse". Juan José Saer, otro escritor argentino, subraya que lo que hizo Freud fue rendirle un homenaje sincero y profundo a la poesía, y lo hizo porque "el análisis es una actividad esencialmente verbal", y porque "la palabra es el único instrumento terapéutico con que cuenta".
Son muchos los testimonios de escritores que reconocen que sus obras tienen una profunda deuda con el psicoanálisis. Juan José Millás, escribe en su última novela: "Los cincuenta minutos de sesión significaban cincuenta minutos de visión. No era raro que al abandonar la consulta tuviera que pasear una o dos horas para digerir lo que había visto desde el diván". Y Lolita Bosch considera que el psicoanálisis "tiene una capacidad que la literatura casi nunca tiene: detener el tiempo y buscar lo previo, lo previo, lo previo".
El encuentro con Freud desencadenó en el escritor Suso de Toro una profunda crisis intelectual: "De algún modo pervirtió mi mirada sobre la realidad, fue la pérdida de la inocencia". El filósofo Eugenio Trías se psicoanalizó durante cinco años y la tiene por "una de las experiencias más importantes" de su vida. "Me permitió trazar el relato de mi propia historia personal", comenta
¿Curarse de la angustia, decantarse por el lado de la vida, explorar nuestros secretos íntimos, servirse de la palabra para darle sentidos nuevos a nuestras experiencias? El caso es que no habrá seguramente nunca acuerdo sobre si el psicoanálisis es una ciencia o mera charlatanería. En lo que sí parecen coincidir muchos es en la enorme capacidad del psicoanálisis para provocar literatura, y quizá esto proceda también de lo bien que escribía el propio Sigmund Freud.
Eric Orsenna cuenta que él no se acostó en ningún diván, que se sentó. "Y lloré, hablé, hice silencio, balbuceé, retrocedí, caminé...". El escritor francés había buscado un psicoanalista porque no tenía un hacha. "Yo tenía, tengo, como todo el mundo, un mar helado en mí", explica Orsenna, y cita a Kafka: "¿Qué es un libro? ¿Es un hacha que mata el mar helado en nosotros?". ¿Es, de verdad, un hacha el psicoanálisis? ¿Puede terminar con este mar helado?
José Andrés Rojo

lunes, 7 de julio de 2008

Binomios

Así como los silencios de la música crean la música y los reposos deportivos generan una potencia superior, en la producción de un cuadro los momentos en que el pintor mira el lienzo, y sólo mira, pintan tanto o más que aquellos otros en que interviene el pincel.
La ausencia crea tanta o más realidad que la presencia, como también las apariencias son tanto o más intensas que las sustancias. De una se pasa a la otra y de la otra se pasa a la una mediante un vaivén incesante que viene a ser el modelo general de la existencia.
De la enfermedad a la salud, del amor al odio, de la felicidad a la desdicha, de la vitalidad al desfallecimiento. Este binomio de todos los tipos y cuya constelación preside la gran pareja vida/muerte, opera como el código radical de nuestro destino y asumirlo debe llevar a la paz: la paz que se opone a la guerra, la serenidad que sin tregua se alterna con la inquietud, el desasosiego que repetidamente nos impide disfrutar del acuerdo con nosotros mismos. Ni en los veranos o en los veraneos, ni en los bailes y las vacaciones, ni en las epifanías, las onomásticas o las verbenas, se acaba con el insufrible dúo del sí y el no. Parece que vivimos para vivir escindidos. O al revés: vivimos escindidos como la forma inevitable de ser. Seres diseñados para la muerte cuando el ser sólo se concibe como un dibujo vivo.

jueves, 3 de julio de 2008

Poema XXIX

No soy igual en lo que digo y escribo.
Cambio, pero no cambio mucho.
El color de las flores no es el mismo bajo el sol
que cuando una nube pasa
o cuando entra la noche
y las flores son color de sombra.
Pero quien mira ve bien que son las mismas flores.
Por eso cuando parezco no estar de acuerdo conmigo
fijaros bien en mí:
si estaba vuelto para la derecha
me volví ahora para la izquierda,
pero soy siempre yo, asentado sobre los mismos pies.
El mismo siempre, gracias al cielo y a la tierra
y a mis ojos y oídos atentos
y a mi clara sencillez de alma.
Fernando Pessoa

Las flores de Tena

"Ni ayer, ni hoy ni nunca fue un buen día para mandarte flores."

Ante la puerta

No siempre es igualmente fácil ese instante en que nos encontramos ante una puerta. Con frecuencia asaltan algunas dudas o se consolidan algunos temores. Titubeamos, quizá, antes de hacer sonar el timbre o de golpear con nuestros nudillos. O de introducir la llave. Por fin, hemos llegado. Pero no siempre esperamos encontrar las condiciones que soñamos, que buscamos, que deseamos, que necesitamos.
Podría ocurrir que tras el umbral se abriera un vacío, un abismo o un silencio, algo que nos abordara con cierta violencia. Nos atemoriza pensar que alguien sin rostro, sin palabra, aguarda hierático como sólo nada o nadie podría esperarnos. Y dudamos si arriesgar o huir. Así se explica esa distancia que en ocasiones se interpone o se crea entre el fin del trabajo y la llegada a casa, entre la última ocupación y ese encuentro que no sabemos si precipitar o postergar. Y toda una celebración de la demora adopta múltiples y variadas formas. E inventamos buenas razones para retrasar esa llegada, porque la puerta es un acceso a tareas bien conocidas, pero también conforma el enigma de lo imprevisible.
Antes de abrirla, es difícil sustraerse al recuerdo de aquellas ocasiones en que la hemos cerrado o nos ha sido cerrada. Un portazo no es solo contundente o brusco, un portazo es, en ocasiones, definitivo. La puerta comporta tanto el gesto de abrir como de cerrar, es tanto acceso como clausura. Por eso, a veces, cuesta tanto salir. O entrar.
De pie, ante la puerta, espejo opaco, lápida infranqueable, o quizá acceso a otra vida llena de ocasiones y de afectos, nos detenemos. A su lado, alineadas, otras puertas nos alejan de vidas próximas y ocultas, de seres cercanos distantes, de mundos tan ruidosos como inauditos, los de los otros, en sus habitáculos, en sus estancias, en sus casas. En general, las puertas son tristes, hasta las más agradables. Desearíamos que fueran más franqueables, incluso que no fueran necesarias, que el dintel fuera un arco, un trenzado, una salutación.
Resultaría sano que antes de traspasar su umbral contuviéramos el aliento o el paso, siquiera de nuestra alma, de nuestro corazón. No para vislumbrar lo que nos espera, sino para preferir entrar y confirmar que estamos dispuestos a aportar. Sólo así llegaremos de verdad. Nada interesante se encuentra tras la puerta si somos indiferentes para con ello, si nosotros mismos al acceder al interior no tenemos que ver con él, con que resulte más o menos agradable. Y si no es así, porque ya todo está acabado, es como es, más vale reconocer que ese sitio no es ya el nuestro. Pero tal vez al llamar alguien salte a nuestro cuello, o nos abrace o nos acoja. O un sereno silencio nos abrigue. Y entonces la puerta es la puerta de casa.
Ángel Gabilondo

martes, 1 de julio de 2008

¿Médicos o putas?


1.- Generalmente trabaja hasta tarde. ¡Como las putas!

2.-Generalmente es más productivo por la noche. ¡Como las putas!

3.- Le pagan para mantener al cliente feliz. ¡Como las putas!

4.- Cobra por hora pero su tiempo se extiende hasta que termine. ¡Como las putas!

5.- Si es bueno, tiene más trabajo. ¡Como las putas!

6. -Le recompensan por dejar satisfechos a sus clientes. ¡Como las putas!

7.- Es difícil tener y mantener una familia. ¡Como las putas!

8.- Tiene que estar siempre a las necesidades del cliente. ¡Como las putas!

9.- Sus amigos se distancian de él y sólo anda con otros iguales que él. ¡Como las putas!

10.-Se puede enfermar por contagio de sus clientes. ¡Como las putas!

11.- El cliente siempre quiere pagar menos y encima quiere que haga maravillas. ¡Como las putas!

12.- Cada día al levantarse dice: "¡No voy a hacer esto toda mi vida, desgastándome". ¡Como las putas!

13.- Sin conocer nada de su problema los clientes esperan que les dé el consejo que necesitan ¡Como las putas!

14.- Si las cosas salen mal es siempre culpa suya. ¡Como las putas!

15.- Tiene que brindarle servicios gratis a su jefe, amigos y familiares. ¡Como las putas!


viernes, 27 de junio de 2008

La necesidad de vivir

Sigo aplicándome el "no hay mal que por bien no venga" pero en tanto no viene nada de nada, sólo puede mantenerse en pie la fe sin más.
Pero, ¿a cuento de qué creer? ¿quién garantiza que no va a cumplirse verosímilmente la lógica de lo peor? Creer tan sólo para no de-cre(c)er.
La creencia religiosa desempeña desde el principio de los tiempos este papel fundacional y funcional: no es Dios quien creó a los hombres sino los hombres quienes crearon a Dios. No será el Gran Poder quien sostiene y mantiene la altura de Dios sino, precisamente, la falta de poder humano la que eleva desesperadamente el fantasma de la Divinidad.
¿Para degradación de la especie? ¿para superación de la especie? Lo misma da. Lo capital radica en la sustentación y su agregado de sustento. Dios es como un pan. No importa si candeal o falso. Basta que sea un como si fuera y, de este modo, se represente vivo en la conciencia.
La idea que quien no se consuela es porque no quiere coincide con que el consuelo necesita el deseo de la consolación: del deseo de consuelo nace el ser palpitante del consuelo. De la misma manera, de la escritura nace el deseo de escribir y, al cabo, del amor al deseo nace la ocasión de amar. Como también, de la necesidad de felicidad nace la fe consoladora y hasta la vida brota gracias a la necesidad de vivir.

miércoles, 25 de junio de 2008

La caricia perdida

Se me va de los dedos la caricia sin causa,
se me va de los dedos... En el viento, al pasar,
la caricia que vaga sin destino ni objeto,
la caricia perdida ¿quién la recogerá?

Pude amar esta noche con piedad infinita,
pude amar al primero que acertara a llegar.
Nadie llega. Están solos los floridos senderos.
La caricia perdida, rodará... rodará...

Si en los ojos te besan esta noche, viajero,
si estremece las ramas un dulce suspirar,
si te oprime los dedos una mano pequeña
que te toma y te deja, que te logra y se va.

Si no ves esa mano, ni esa boca que besa,
si es el aire quien teje la ilusión de besar,
oh, viajero, que tienes como el cielo los ojos,
en el viento fundida, ¿me reconocerás?

Alfonsina Storni

Conciencia


La razón nos engaña con tanta frecuencia que nos hemos arrogado demasiado el derecho para recusarla, pero la conciencia nunca nos engaña porque es la verdadera guía del hombre. Los actos de la conciencia no son juicios, sino sentimientos.
Emile Rousseau

domingo, 22 de junio de 2008

Colmos

Era un tipo tan auténtico que la inmensa mayoría creía que estaba enfermo.

Era un tipo tan honesto, que para la inmensa mayoría, era un sospechoso delincuente.

Era un tipo tan cretino, que en foros políticos se le consideraba visionario.

Se adscribió de tal forma a la mentalidad de su partido que no pudo nunca más recuperar su identidad.

De tanto pedir permiso, se murió.

Decía tantas veces 'sí' cuando en realidad pensaba 'no' que acabó confundiendo 'yo' con 'tú' y acabó sintiéndose 'nadie' cuando estaba ante 'alguien'.

Álex Rovira

miércoles, 18 de junio de 2008

Deseo

No decía palabras,
no decía palabras, acercaba tan sólo un cuerpo interrogante,
porque ignoraba que el deseo es una pregunta cuya respuesta no existe,
una hoja cuya rama no existe,
un mundo cuyo cielo no existe.

La angustia se abre paso entre los huesos,
remonta por las venas hasta abrirse en la piel,
surtidores de sueño hechos carne en interrogación vuelta a las nubes.

Un roce al paso, una mirada fugaz entre las sombras,
bastan para que el cuerpo se abra en dos,
ávido de recibir en sí mismo otro cuerpo que sueñe;
mitad y mitad, sueño y sueño, carne y carne,
iguales en figura, iguales en amor, iguales en deseo.

Aunque sólo sea una esperanza
porque el deseo es pregunta cuya respuesta nadie sabe.

Luis Cernuda

Canciones de cuando era un niño...

La soledad (y II)

Los sentimientos tienen geografía e historia. Se manifiestan de distinta manera en culturas y en momentos históricos diferentes. El alma humana siente de muchas maneras. Hay sociedades comunitarias y sociedades individualistas, y en cada una de ellas la presencia o ausencia del otro se vivirá de maneras diferentes. Amae es el sentimiento más importante de la cultura japonesa. Es un sentimiento de interdependencia, que implica “depender y contar con la benevolencia de otro, sentir desamparo y deseo de ser amado”. En Europa, la soledad ha sufrido pleamares y bajamares.

La búsqueda de la soledad tuvo un origen religioso. Los eremitas se retiraban al desierto para vivir “a solas con el Solo”. Consideraban que el trato con los demás era una fuente de distracción o de tentaciones. San Simeón estilita, viviendo en lo alto de una columna, puede servir de símbolo de este afán de soledad. Sin embargo, durante la edad media, que fue una época transida de miedos, la soledad aparece como amenazadora. El Renacimiento trajo una afirmación de la individualidad y un nuevo deseo de volver hacia uno mismo, Petrarca escribe un tratado de la vida solicitaria (De vita solitaria). Hay tres soledades, dice: la del lugar, que es la del desierto; la del tiempo, como la que trae la noche; la del alma, como la experimentan aquellos a los que la profunda meditación separa de los demás y les permite estar solos donde y cuando quieren.También Montaigne escribe sobre la soledad. La necesita para escribir, pero reconoce que los estudiosos son presa fácil de la melancolía. Esta palabra tiene enlaces sutiles. Significa una tristeza sin motivo y sin sufrimiento. Victor Hugo la definió como “la dicha de ser desdichado”. Aparece dotada de un aura poética, y los románticos la buscaron afanosamente y, a través de ella, la soledad. Eso produjo un enfrentamiento entre ilustrados y románticos. Los enciclopedistas detestaban la soledad, porque consideraban que el hombre es esencialmente sociable. El romanticismo, vuelto hacia la escucha de los sentimientos, sólo puede coordinar su pasión amorosa con su afán de soledad y melancolía, degustando amores desgraciados. Rilke, que es un posromántico, da una definición del amor que mantiene el mínimo de comunicación: “Dos soledades que se protegen, se completan, se limitan, se reverencian”. Su ideal es “amar de lejos y conservar para sí la soledad”.

Mucha gente teme la compañía, y también mucha gente teme la soledad. Este horror puede ser tan intenso que incite a mantener cualquier tipo de relación con tal de librarse de él. Albert Ellis, un gran terapeuta, en su estudio de las creencias falsas que amargan la vida, incluía la de quienes creen que nunca podrían vivir solos. Para evitar fracasos recomendaba una “escuela para la soledad” paralela a una “escuela para la convivencia”.

Catherine Lutz es una de mis antropólogas preferidas. Vivió durante dos años en un atolón perdido en el Pacífico, con el pueblo de los ilongots, y despues nos contó el mundo afectivo de esa comunidad en un famoso libro titulado Unnatural Emotions. Los ilongots viven en grandes cabañas comunitarias, lo que resultaba muy incómodo a Lutz, acostumbrada a la privacidad de nuestras sociedades. Por ello pidió que le cedieran una pequeña cabaña para ocuparla ella sola. Con ello se granjeó una reputación de demente, porque nadie en su sano juicio, pensaban, podía preferir vivir solo a disfrutar de la cercanía y el contacto con otras personas. La necesidad de vinculación troquela las costumbres. Cuando los ingleses introdujeron el fútbol, los tangu de Nueva Guinea se negaron a jugar si no se cambiaban antes las reglas del juego. A los tangu no les gusta que haya ganadores y perdedores, por lo que hubo que cambiar la finalidad del partido. Lo importante era empatar, y jugaban hasta que lo conseguían. A veces, hasta varios días.

Leo en L’Express: “En Francia hay diez millones de célibataires”, de personas que deciden vivir solas, en una soltería buscada. Parece que ha calado la pesimista frase de Sartre: “El infierno son los otros”. Sin embargo, las encuestas dicen que los solistas disfrutan más de la amistad. Tienen 3,1 amigos de media, mientras que las parejas sólo 1,8. La única condición que ponen es que la amistad no exija compromiso ni altere la independencia o la libertad. Muchos sociólogos se alarman ante la expansión de un individualismo feroz, que no acaba de reconocer la necesidad de vinculación. La soledad se ha convertido en la fortaleza. “Mi soledad es mi castillo”, piensa mucha gente, y desde ella hace excursiones al exterior, para volver siempre al refugio. La reconstrucción del vínculo social, la invención de nuevos sistemas afectivos para la convivencia, aparece así como una de nuestras prioridades culturales.