miércoles, 18 de junio de 2008

La soledad (y II)

Los sentimientos tienen geografía e historia. Se manifiestan de distinta manera en culturas y en momentos históricos diferentes. El alma humana siente de muchas maneras. Hay sociedades comunitarias y sociedades individualistas, y en cada una de ellas la presencia o ausencia del otro se vivirá de maneras diferentes. Amae es el sentimiento más importante de la cultura japonesa. Es un sentimiento de interdependencia, que implica “depender y contar con la benevolencia de otro, sentir desamparo y deseo de ser amado”. En Europa, la soledad ha sufrido pleamares y bajamares.

La búsqueda de la soledad tuvo un origen religioso. Los eremitas se retiraban al desierto para vivir “a solas con el Solo”. Consideraban que el trato con los demás era una fuente de distracción o de tentaciones. San Simeón estilita, viviendo en lo alto de una columna, puede servir de símbolo de este afán de soledad. Sin embargo, durante la edad media, que fue una época transida de miedos, la soledad aparece como amenazadora. El Renacimiento trajo una afirmación de la individualidad y un nuevo deseo de volver hacia uno mismo, Petrarca escribe un tratado de la vida solicitaria (De vita solitaria). Hay tres soledades, dice: la del lugar, que es la del desierto; la del tiempo, como la que trae la noche; la del alma, como la experimentan aquellos a los que la profunda meditación separa de los demás y les permite estar solos donde y cuando quieren.También Montaigne escribe sobre la soledad. La necesita para escribir, pero reconoce que los estudiosos son presa fácil de la melancolía. Esta palabra tiene enlaces sutiles. Significa una tristeza sin motivo y sin sufrimiento. Victor Hugo la definió como “la dicha de ser desdichado”. Aparece dotada de un aura poética, y los románticos la buscaron afanosamente y, a través de ella, la soledad. Eso produjo un enfrentamiento entre ilustrados y románticos. Los enciclopedistas detestaban la soledad, porque consideraban que el hombre es esencialmente sociable. El romanticismo, vuelto hacia la escucha de los sentimientos, sólo puede coordinar su pasión amorosa con su afán de soledad y melancolía, degustando amores desgraciados. Rilke, que es un posromántico, da una definición del amor que mantiene el mínimo de comunicación: “Dos soledades que se protegen, se completan, se limitan, se reverencian”. Su ideal es “amar de lejos y conservar para sí la soledad”.

Mucha gente teme la compañía, y también mucha gente teme la soledad. Este horror puede ser tan intenso que incite a mantener cualquier tipo de relación con tal de librarse de él. Albert Ellis, un gran terapeuta, en su estudio de las creencias falsas que amargan la vida, incluía la de quienes creen que nunca podrían vivir solos. Para evitar fracasos recomendaba una “escuela para la soledad” paralela a una “escuela para la convivencia”.

Catherine Lutz es una de mis antropólogas preferidas. Vivió durante dos años en un atolón perdido en el Pacífico, con el pueblo de los ilongots, y despues nos contó el mundo afectivo de esa comunidad en un famoso libro titulado Unnatural Emotions. Los ilongots viven en grandes cabañas comunitarias, lo que resultaba muy incómodo a Lutz, acostumbrada a la privacidad de nuestras sociedades. Por ello pidió que le cedieran una pequeña cabaña para ocuparla ella sola. Con ello se granjeó una reputación de demente, porque nadie en su sano juicio, pensaban, podía preferir vivir solo a disfrutar de la cercanía y el contacto con otras personas. La necesidad de vinculación troquela las costumbres. Cuando los ingleses introdujeron el fútbol, los tangu de Nueva Guinea se negaron a jugar si no se cambiaban antes las reglas del juego. A los tangu no les gusta que haya ganadores y perdedores, por lo que hubo que cambiar la finalidad del partido. Lo importante era empatar, y jugaban hasta que lo conseguían. A veces, hasta varios días.

Leo en L’Express: “En Francia hay diez millones de célibataires”, de personas que deciden vivir solas, en una soltería buscada. Parece que ha calado la pesimista frase de Sartre: “El infierno son los otros”. Sin embargo, las encuestas dicen que los solistas disfrutan más de la amistad. Tienen 3,1 amigos de media, mientras que las parejas sólo 1,8. La única condición que ponen es que la amistad no exija compromiso ni altere la independencia o la libertad. Muchos sociólogos se alarman ante la expansión de un individualismo feroz, que no acaba de reconocer la necesidad de vinculación. La soledad se ha convertido en la fortaleza. “Mi soledad es mi castillo”, piensa mucha gente, y desde ella hace excursiones al exterior, para volver siempre al refugio. La reconstrucción del vínculo social, la invención de nuevos sistemas afectivos para la convivencia, aparece así como una de nuestras prioridades culturales.

sábado, 14 de junio de 2008

Remedio de avestruz

"Se cree que un hombre tonto debe ser ordinario y estar sano y que la enfermedad hace al hombre fino e inteligente y personal", se dice en La montaña mágica. Mas esta idea procede de tiempos oscurantistas que daban a la enfermedad y al sufrimiento el carácter de pasaporte para el cielo. Con las Luces de la Ilustración el medio turbio y funerario, la expresión taciturna y funeraria cambia por completo. Un hombre que vive enfermo no es mucho más que un cuerpo. Y en cuanto al estómago: la expresión "no lo trago" que expresa el desprecio o el desdén por una persona o, incluso, el "no me trago", aluden a la notable importancia psíquica que posee el estómago y cuánto bagaje de nuestra personalidad transporta y significa.
En la magia homeopática de los araucanos se empleaban buches disecados de avestruz "buche isuri" "pepsina nostra" para tratar las afecciones dispéticas. El criterio que guiaba esta terapia decisiva era que, a través del estómago de la avestruz, se puede digerir cualquier cosa que se enferme en nada. Ser o comportarse como se atribuye a la avestruz (negándose a ver o aceptar, denegar el peligro y el conflicto) endurece acaso la mente, y su correspondiente aparato digestivo acaba metabolizando y excretándolo todo.

viernes, 13 de junio de 2008

La soledad (I)

Buscada intensamente por unos, ahuyentada a cualquier precio por otros, la soledad, como todos los sentimientos, tiene geografía e historia y no es lo mismo en el Japón de hoy que en la España medieval.

Los sentimientos nos informan acerca de cómo nos van las cosas. Son el resultado del choque entre nuestras expectativas y la realidad. La decepción, por ejemplo, me indica que mis esperanzas no se han cumplido. El miedo, que mis deseos están amenazados por la presencia de un peligro. El sujeto interpreta siempre lo que le sucede desde su cultura, sus proyectos y sus necesidades; por eso una misma situación desencadena sentimientos diferentes en diferentes personas.

Los puristas señalan que la soledad no es un sentimiento, sino una situación real –el hecho de estar solo– que para unas personas es fuente de satisfacción y para otras causa de horror. Como sentimiento, la soledad se ha convertido en un tipo de tristeza. Es la percepción de una ausencia, de algo que debería estar pero no está. El Diccionario de autoridades ya decía: “Se toma particularmente por orfandad o falta de aquella persona de cariño o que puede tener influjo en el alivio y consuelo”.

En circunstancias normales, los humanos necesitamos compañía, comunicación y ayuda. Por eso, la soledad se vive como carencia, abandono, incomunicación o desamparo. Es, pues, la experiencia de echar en falta. Los neurólogos conocen muy bien lo que llaman miembro fantasma. Personas a las que se les ha amputado un brazo o una pierna experimentan dolor en el miembro que ya no tienen. Al parecer, tenemos una imagen de nuestro propio cuerpo íntegro, y cuando falta una parte, el cerebro detecta esa falta mediante el dolor. Algo parecido sucede en la soledad. El mapa de sociabilidad que tiene una persona grita al estar incompleto. El sentimiento de duelo es un caso bien conocido. La desaparición de una persona produce en alguien la ruptura de un apego, de un vínculo cuya profundidad tal vez no sospechaba. No es raro que la quiebra de una relación que se consideraba aburrida o molesta provoque un vivo sentimiento de soledad. Marcel Proust lo cuenta muy bien en el último tomo de En busca del tiempo perdido. Al llegar a casa, el protagonista se entera de que Albertine, su amante, ha huido. Durante cientos de páginas nos ha dicho que no puede aguantarla, pero al comprobar que se ha marchado siente una tristeza insoportable, que le desconcierta. Se siente solo cuando esperaba sentirse liberado. La esencia de la soledad es echar en falta una relación deseada. No es una cuestión física, pues uno se puede sentir solo en medio de la multitud, y no hay nada más doloroso que la soledad de dos en compañía. Hace unas décadas tuvo gran éxito el libro de David Riesman La muchedumbre solitaria, en el que criticaba la incomunicación de las grandes ciudades. Poco después, Robert Putnam, otro sociólogo, publicó un trabajo que tuvo gran repercusión titulado Bowling Alone, algo así como “jugando a los bolos solo”. Se está generalizando un recelo ante la convivencia, un miedo al compromiso, una escuela de desconfianza, que busca la soledad como un refugio.(continuará)

Sueños

Para realizar un gran sueño, lo primero que hace falta es una gran aptitud para soñar; luego, persistencia, que es la fe en el sueño de uno.
Hans Selye

domingo, 8 de junio de 2008

Queda prohibido

¿Qué es lo verdaderamente importante?
Busco en mi interior la respuesta
y me es tan difícil de encontrar.
Falsas ideas invaden mi mente,

acostumbrada a enmascarar lo que no entiende,
aturdida en un mundo de irreales ilusiones,
donde la vanidad, el miedo, la riqueza,
la violencia, el odio, la indiferencia,
se convierten en adorados héroes,
¡no me extraña que exista tanta confusión,
tanta lejanía de todo, tanta desilusión!

Me preguntas cómo se puede ser feliz,
cómo entre tanta mentira puede uno convivir...
cada cual es quien se tiene que responder,
aunque para mí, aquí, ahora y para siempre:
Queda prohibido llorar sin aprender,
levantarme un día sin saber qué hacer,
tener miedo a mis recuerdos,
sentirme sólo alguna vez.

Queda prohibido no sonreír a los problemas,
no luchar por lo que quiero,
abandonarlo todo por tener miedo,
no convertir en realidad mis sueños.
Queda prohibido no demostrarte mi amor,

hacer que pagues mis dudas y mi mal humor,
inventarme cosas que nunca ocurrieron,
recordarte sólo cuando no te tengo.

Queda prohibido dejar a mis amigos,
no intentar comprender lo que vivimos,
llamarles sólo cuando los necesito,
no ver que también nosotros somos distintos.
Queda prohibido no ser yo ante la gente,

fingir ante las personas que no me importan,
hacerme el gracioso con tal de que me recuerden,
olvidar a todos aquellos que me quieren.

Queda prohibido no hacer las cosas por mí mismo,
no creer en mi dios y hallar mi destino,
tener miedo a la vida y a sus castigos,
no vivir cada día como si fuera un último suspiro.
Queda prohibido echarte de menos sin alegrarme,

odiar los momentos que me hicieron quererte,
todo porque nuestros caminos han dejado de abrazarse,
olvidar nuestro pasado y pagarlo con nuestro presente.

Queda prohibido no intentar comprender a las personas,
pensar que sus vidas valen más que la mía,
no saber que cada uno tiene su camino y su dicha,
sentir que con su falta el mundo se termina.
Queda prohibido no crear mi historia,

dejar de dar las gracias a mi familia por mi vida,
no tener un momento para la gente que me necesita,
no comprender que lo que la vida nos da, también nos lo quita.
Alfredo Cuervo Barrero

sábado, 7 de junio de 2008

La memoria (y III)

En ocasiones, el olvido es algo activamente buscado, especialmente el de los recuerdos traumáticos de experiencias pasadas. Existen dos formas de olvido motivado: la supresión, una forma consciente de olvidar, y la represión, una forma especialmente explicada por el psicoanálisis en la que el olvido no es consciente. No todos los psicólogos coinciden en el concepto de recuerdo reprimido. Uno de los problemas que surgen es que es difícil, por no decir imposible, estudiar científicamente si un recuerdo ha sido reprimido. Como la actividad de ensayar y recordar es algo importante para el fortalecimiento de la memoria, y los recuerdos dolorosos no suelen ser objeto de estas actividades, no es extraño que se puedan desvanecer con el tiempo.
Si nos fuera posible seleccionar los recuerdos que convendría hacer desvanecer, por ejemplo en el ámbito de una terapia, habría que priorizar las memorias traumáticas que aún causan temor y que persisten en la memoria de un modo total o parcial, causando pesadillas, imágenes intrusas del pasado o reacciones fisiológicas de ansiedad. Estos son los contenidos de la memoria que hay que volver a procesar para que se puedan borrar. Por eso, muchas personas que sufren trastorno por estrés postraumático sólo pueden sentirse mejor al volver a recrear la penosa situación que vivieron y las emociones que sintieron en aquel momento. De este modo, la muesca en el disco rayado puede volver a repararse.Una importante razón para recordar lo que sucedió es la reducción del miedo unido al hecho. Los recuerdos del trauma no son peligrosos para nadie aunque puedan sentirse así. La confrontación con el recuerdo en un entorno seguro –como escribir sobre él, describirlo en voz alta, dibujarlo– contribuye a trabajar o procesar el suceso traumático. También actúa reintegrándolo al pasado. La práctica de evitar el recuerdo continuamente, junto a los sentimientos de dolor, miedo, rabia, depresión, vergüenza y autoflagelación relacionada, lo mantiene vigente en el presente. A través del proceso de recordar, es posible entender lo que ocurrió. Sentir rabia por lo que pasó. Recordar, pero sintiendo que no hay peligro, otorga una sensación de control sobre la experiencia y el terror experimentado.
Las terapias basadas en recuperar el recuerdo deben administrarse con ciertas salvedades. Donald Meichenbaum, uno de los fundadores de la psicología cognitivo conductual, advierte sobre algunos puntos:
-Recordar es un proceso reconstructivo, no una reproducción literal de una experiencia pasada. Se olvida más que lo que se recuerda.
-Los recuerdos pueden estar influidos y distorsionados por el curso del tiempo.
-Al reconstruir la memoria no se reproducen todos los detalles.
-En ocasiones, es posible estar seguro de recuerdos inexactos y erróneos.
-No es necesario recordar todo sobre un suceso traumático exactamente como sucedió. Lo que es importante es recobrar información para volver a procesar la memoria. Sólo hay que situar el recuerdo y sus emociones, sensaciones corporales y pensamientos acompañantes en el pasado, que es donde deben estar.
No todos los recuerdos del pasado son traumáticos, mucho son simplemente tristes o cargados de resentimiento. No siempre una evocación negativa nos remueve el cuerpo/mente como para iniciar una terapia. Los malos recuerdos pueden ser reconvertidos y reinterpretados de forma que contribuyan al crecimiento personal. Una persona saludable es aquella que es consciente de que ocurren infortunios en la vida de todos. Sabe mantener el equilibrio al hallar los beneficios y el significado que estos puedan revelar. Despliega habilidades para afrontar la adversidad de un modo realista aprovechándola para el propio crecimiento.Una primera forma de ayudarse a sí mismo a borrar los malos recuerdos sería aprovechar los propios mecanismos de la memoria y el olvido; sólo habría que utilizarlos a nuestro favor:
• Dejar de recrear los malos recuerdos mediante conversaciones, pensamientos victimizadores, de modo que vayan decayendo por desuso.
• Permitir el paso a las nuevas experiencias del presente con el fin de que sustituyan las tristes experiencias anteriores.
• No investigar ni intentar rememorar los detalles de los recuerdos para que no se fijen en la memoria a largo plazo.
• Y por último, decidir conscientemente lo que se desea o no olvidar.
Otra técnica propuesta por Babette Rothschild en su libro The Body Remembers (2000) es el aprendizaje de la conciencia dual (dual awareness). La finalidad de esta técnica es observar y trabajar sobre el recuerdo mientras la persona se reafirma que está segura en el momento presente. Esto contribuye a ver la experiencia pasada desde la persona que observa y la persona que experimenta.
Lo único real es el presente. Muchas veces la elección de estar plenamente en el ahora es lo único que se necesita para recobrar la serenidad y tan sólo se requiere optar por ello. Elegir el presente es la opción de renovarse día a día, resetearse cada mañana para ver el mundo siempre nuevo, salido de fábrica, y como algo eterno que estaba antes y estará después de nosotros.

lunes, 2 de junio de 2008

Los países nocturnos


Hay una geografía de la mente.
Hay paisajes nocturnos, igual que hay territorios
en donde un sol dichoso se eterniza.
Hay países de sombra que regresan
en el maldito tren de largo recorrido
con parada en nosotros.

Hay un desierto de la inteligencia,
y he navegado océanos sin luz
al fondo de unos ojos
que no tenían fondo.

No es una nueva dimensión del mundo.
El primer hombre ya exploró la tierra
en su vastedad negra; le bastó un instante
de auténtico dolor, para haber fatigado
los trenes, los desiertos, las selvas y los ojos.

Estas desordenadas palabras en la niebla
no pretenden servir, ahora ni nunca,
de acta fundacional de ninguna ciudad.
Estas ciudades han sido desde siempre
y viven en el alma,
alzadas en un aire enrarecido,
callejón neblinoso por donde ya anduvimos,
extrarradio feroz al que nos condenaron.

Explorador sin suerte,viajero del mundo que has perdido
el Sur y el Norte, y el avión de regreso
hacia una patria un poco más amable.
Hermano equivocado que estuviste
el día equivocado
en el equivocado centro de tu vida,
equivocando el modo de escaparte.

Hay una geografía de la mente.
Hay un teatro donde se representa
nuestro viaje hacia nosotros,
desde nosotros mismos.
Y en la escena final del acto último
hay un barco que se hunde en un hielo brumoso,
mientras en los salones
una orquesta fantasma
acomete un vals para los muertos.

Adivina quién fue invitado a los salones,
adivina quién baila la música fantasma,
y adivina quién se hundió con ese barco.
Carlos Marzal

sábado, 31 de mayo de 2008

La memoria (II)

Durante el último siglo han surgido y se han ido perfeccionando muchas explicaciones teóricas sobre cómo se producen la memoria y el olvido. Como resumen de ellas, se sabe que a veces el olvido ocurre porque algo de la información que nos entra no llega nunca a alcanzar el almacén de la memoria a largo plazo; en otras ocasiones, esta sí llega, pero se disipa antes de fijarse; otras veces, simplemente se desdibuja por falta de uso en el tiempo; es posible que estemos programados para borrar datos que no son relevantes para nuestra vida.

Una de las teorías más antiguas sobre el olvido afirma que olvidamos cuando no utilizamos la información. Con el paso del tiempo, si los recuerdos no son evocados o usados ocasionalmente, tienden a desvanecerse gradualmente hasta desaparecer por completo. La teoría ha sido reformulada más recientemente por Bjork, quien considera que el olvido es algo útil y adaptativo. Proponen que el recuerdo que no es relevante para los planes de una persona en tiempo presente pierde su fuerza de recuperación, es decir, es más difícil a acceder a él. No obstante, afirman que la información que no se usa sigue almacenada de alguna forma en la mente. El fallo en esta teoría es que se ha demostrado que incluso los recuerdos que no han sido evocados pueden ser notablemente estables en la memoria a largo plazo.

Otra teoría sobre el olvido surgió como alternativa a la anterior. Sostiene que olvidamos la información porque otros recuerdos dificultan o interfieren con su recuperación del almacén de memoria. Es más probable que ocurra la interferencia cuando los recuerdos son muy similares a los de la antigua información.Algunas veces son los recuerdos nuevos los que dificultan la recuperación de los pasados (interferencia retroactiva), y otras veces los viejos recuerdos interfieren en la recuperación de los más recientes (interferencia proactiva).

También suelen olvidarse aquellas cosas que nunca entraron en la memoria a largo plazo. Son los fallos de fijación o codificación. Existe un experimento conocido en el que los investigadores solicitan a los participantes que identifiquen la moneda correcta de entre un grupo de monedas incorrectas. Pongamos un euro, por ejemplo: un euro correcto de entre una serie de euros incorrectos. Si intentamos dibujar una moneda de euro de memoria y comparamos el dibujo con un euro real, veremos que probablemente nos acordamos del tamaño y el color, pero no recordamos los detalles menores. La razón por la que esto sucede es que fijamos solamente los detalles necesarios para distinguir el euro de otras monedas que tenemos grabadas en la memoria. (continuará)

viernes, 30 de mayo de 2008

Caminando

Siempre ten presente que la piel se arruga, el pelo se vuelve blanco, los días se convierten en años...
Pero lo importante no cambia: tu fuerza y convicción no tienen edad.
Tu espíritu es el plumero de cualquier tela de araña.
Detrás de cada línea de llegada, hay una de partida.
Detrás de cada logro, hay otro desafío.
Mientras estés vivo, siéntete vivo.
Si extrañas lo que hacías, vuelve a hacerlo.
No vivas de fotos amarillas.
Sigue aunque todos esperen que abandones.
No dejes que se oxide el hierro que hay en ti.
Haz que en vez de lástima, te tengan respeto.
Cuando por los años no puedas correr, trota.
Cuando no puedas trotar, camina.
Cuando no puedas caminar, usa el bastón.
¡Pero nunca te detengas!

Teresa de Calcuta

miércoles, 28 de mayo de 2008

Limitaciones

La vida es breve; el arte, amplio; la oportunidad, efímera; la experiencia, incierta; el juicio, difícil.
Hipócrates, Ed. W. H. Jones.

domingo, 25 de mayo de 2008

Contra la perfección

Mi amigo psiquiatra, un formidable hombre culto, me hace ver repetidamente que el mundo es así como es y los seres humanos tan irremediablemente imperfectos como nos parecen.
El diagnóstico, contra lo que parece, dista de ser una consigna conservadora o una orden de mansedumbre universal. Se trata más bien de una luz tranquila que hace ver las taras y como componentes inseparables de la vida y sus complejas relaciones. De este modo, la figura de la desdicha o la insatisfacción frecuente se recibe no tanto como una insoportable deformidad sino como la genuina imagen de lo más real. La realidad no se tersa o mejora a nuestro antojo ni tiende a complacer las surtidas variantes de nuestros deseos. Es lo que es. Es tal como una orografía independiente de nuestra voluntad y constantemente apartada de los proyectos que imaginamos. Es absolutamente lo que es. Los rasgos de su fisonomía que nos desagradan sólo provocan aún más dolor cuando pretendemos que sean de otro modo. Las cosas son como son, las personas con quienes no coincidimos resultan ser tan irreductibles como nuestra propia diferencia y, en consecuencia, lejos de pugnar por cambiarlas ganaríamos más asumiendo sus caracteres y recorrerlos desde su negación.
La tranquilidad que se desprende de esta actitud positiva se corresponde con la serenidad que procura saberse imperfecto para siempre. La perfección es un estorbo y su persecución una tabarra. Lo es tanto la perfección en sentido absoluto como la perfección relativa que asociamos a la semejanza de alguien con nuestro yo, de cuya similitud esperamos, ilusoriamente, un plus de deleites. Ni la tensión hacia el ser perfecto ni la busca de la máxima unidad personal traen nada bueno. Más bien son la fuente segura de infelicidad puesto que la infelicidad se potencia con la impotencia de un anhelo y nada será menos asequible en este mundo que hacer de los sujetos y las cosas el ser deseable que no son.
Vicente Verdú

La memoria (I)

Los recuerdos no siempre son verdad, la mente suele maquillarlos a voluntad, pero a veces duelen mucho y se atascan. El olvido es una depuración natural que ejercita el cerebro, por lo que el mundo de la psicología y la neurología estudia cómo ocurre y cómo podría llegar a practicarse a voluntad.

En el rincón de los deseos humanos hay uno que todos compartimos: olvidar a placer los hechos o las personas que nos han causado sufrimiento, apartar a voluntad el recuerdo que maldecimos para aquietar el dolor que penetra en nuestro presente. La íntima esperanza sería gozar de una memoria selectiva, de una capacidad de olvidar deliberadamente.

En realidad, el pasado acaba convirtiéndose en una construcción subjetiva de conceptos, una película de gran imaginación creativa que rellena las lagunas que surgen a base de embellecedoras florituras o sobrecargada victimización.

¿Merece el pasado tanto crédito como para permitirle que nos persiga hasta el presente siendo que es, a fin de cuentas, la resultante de una mejor o peor memoria, aderezada con juicios personales, miedo, culpa y lo que debería haber sido y no fue? ¿Tanto poder hay que adjudicar al pasado? ¿Realmente habrá que hacer esfuerzos para recordar? ¿Cómo podemos saber si lo que recordamos es real? ¿Cómo saber si no son falsos los recuerdos? ¿No sería mejor vivir con plenitud el presente y tratar de olvidar tristes evocaciones? Estas preguntas están causando controversia entre los estudiosos de la psicología y la neurología.

Cierto es que algunos recuerdos traumáticos del pasado pueden atormentar a algunas personas que no pueden desvincularse de la emoción que sintieron durante el evento. Son los que sufren el llamado estrés postraumático. Hay soluciones terapéuticas en las que rememorar puede producir un reprocesamiento del trauma y una atenuación de las emociones asociadas. La emoción unida al hecho traumático ha quedado grabada en la memoria como una muesca en un disco rayado que hay que reparar reviviendo el evento en la sesión de terapia.

Olvidar es útil y necesario Es imposible hablar del recuerdo sin mencionar la contraparte, el olvido. Parece ser que olvidamos mucho más de lo que recordamos. El olvido no es algo negativo y es un fenómeno completamente natural. Si se recordara cada minuto de cada hora de cada día durante la vida entera, sin tener en cuenta la relevancia del recuerdo, estaríamos buscando continuamente lo importante en medio de menudencias.
El olvido se define como la pérdida de información en el tiempo. En la mayoría de las situaciones, recordamos mejor la información poco después de recibirla que tiempo después. Con el paso del tiempo, se pierde parte de la información. Es un hecho frecuente que falle la memoria cuando se necesita, lo cual es una molestia, no hay duda. No obstante, el olvido permite poner al día y actualizar el contenido de la memoria. Cuando recibimos un nuevo número de teléfono, tenemos que olvidar el anterior para recordar el nuevo. Si aparcamos el coche todos los días en un gran aparcamiento, tendremos que recordar dónde aparcamos hoy y no ayer o anteayer. Por eso, el olvido tiene una función útil y adaptativa. (continuará)

viernes, 16 de mayo de 2008

Gracias

¿Qué es una "gracia"?: una gracia, ¿no es un don? Un don, ¿no es un regalo, una virtud que nos ha sido regalada, caída del cielo? Entonces, si yo digo "te doy las gracias", estoy diciendo "te doy mis dones": lo que yo he recibido y de bueno tengo, aquello en lo que he sido agraciado, te lo regalo, puesto que lo que tú me has dado, tus palabras, tu abrazo, tu ayuda, lo que sea, lo merece. Gracias... a todos.

martes, 13 de mayo de 2008

Martes y 13

"En martes y 13 ni te cases ni te embarques", ¿cuántas veces no habremos dicho u oído esta expresión? La verdad es que el origen de la superstición sobre esta fecha no parece claro. Algunas tradiciones apuntan a la relación entre el martes y el dios de la guerra romano, Marte, al que se relaciona con la muerte. Además se añade el número de comensales en la última cena: 13, entre los que el último en sentarse fue, además, Judas. Un motivo como otro cualquiera para poder acusar al calendario de todo lo malo que ocurra este día.
El filósofo Javier Sádaba recalca la importancia del número, que vendría de rituales paganos, previos al cristianismo: "el misticismo del número 13 proviene de los druidas, los sacerdotes de las tribus celtas, que se reunían en los bosques". De hecho, mientras que en los países hispanos el día de mal agüero es el martes, para los anglosajones es el viernes (de ahí el título de la película de terror Viernes 13)
Sádaba diferencia entre dos tipos de supersticiones. Las "duras", las más peligrosas, que se aproximan a las creencias religiosas y las "blandas", aquellas que nos empujan a tratar de evitar derramar la sal o cruzar por debajo de una escalera, sin llegar a condicionar por ello nuestra vida. "Cuando yo digo que soy supersticioso y que no quiero viajar un día determinado expreso mi sensación de soledad frente al mundo", afirma Sádaba excusando esas pequeñas manías que todos tenemos. "No hacen mal, son puros símbolos".
La mala fama del número 13 se extiende por los ámbitos más diversos y desde los tiempos más remotos. Ya el Código de Hammurabi (el primer conjunto de leyes de la historia que se remonta al 1692 a.C.) se salta el punto decimotercero, aunque no se ha podido establecer el motivo.
Lo que parece mucho más claro es que hoy en día en diversos campos se evita esa cifra, aunque no nos demos cuenta de ello. Iberia, en sus aviones, prescinde de la fila número 13 de asientos y pasa directamente de la 12 a la 14, aunque desde la compañía no saben precisar por qué. Numerosos hoteles evitan las habitaciones o planta con esa cifra. Esta costumbre, que se recoge en películas y series de televisión, también se respeta en hoteles tan conocidos como el Palace o el Ritz de Madrid, el María Cristina de San Sebastián o el Arts de Barcelona.
La aeronáutica tampoco ha escapado a la superstición y, después del "Houston, tenemos un problema" del capitán del Apollo XIII Jim Lovell, las misiones espaciales procuran pasar directamente a la decimocuarta misión.
Las supersticiones son una explicación de la realidad basada en creencias irracionales, no científicas. Una forma de echarle la culpa a algo ajeno para quitársela uno mismo. "Si una mañana no suena el despertador, llego tarde a un examen, lo suspendo y además me tiro encima el café puedo echarle la culpa a que hice algo mal, como poner el bolso en el suelo [otra superstición popular]". También existe, por supuesto, otra explicación: "llegué tarde a casa, no miré bien el despertador, eso hizo que llegara alterado al examen y como lo suspendí y estaba nervioso me tiré encima el café". En el segundo caso hay una responsabilidad personal, en el primero depende del azar. Mucho más fácil de asumir.
Podría parecer extraño que este tipo de creencias llegaran a condicionar la conducta hasta afectar a la personalidad pero, para el profesor Sádaba, "una de las desgracias del hombre es que dimite con bastante facilidad de la libertad personal” afirma el filósofo, que une las supersticiones con la falta de cultura. "Surgen detrás de la ignorancia". Al menos lo que él considera "supersticiones duras", aquellas que son más parecidas "a las creencias religiosas, al fanatismo. Esas hay que combatirlas pedagógicamente y demostrar que son mentira".


Helena Martínez

jueves, 8 de mayo de 2008

El pudor ( y III )

Los excesos y las discriminaciones producidos en la cultura occidental por una moralidad centrada en la sexualidad han provocado múltiples intentos de combatir el pudor al considerarlo un obstáculo para emancipaciones morales o políticas. En los kibutz israelíes se ensayó una educación en la que niños y niñas compartían dormitorios y duchas para evitar pudores excesivos. El intento no duró mucho porque los adolescentes desarrollaron sentimientos de pudor y protestaron por la falta de ­intimidad.


Me inclino a pensar que todos los sentimientos derivados de la vergüenza proceden de una matriz natural, originada en nuestra esencia social, de la necesidad de vinculación afectiva, de aceptación y reconocimiento, y de la necesidad de establecer controles sociales que no necesiten apelar a la fuerza. Pero el alcance y el contenido de este sentimiento embrionario son definidos por la sociedad. Así se explica la sorprendente diversidad de partes del cuerpo que los humanos han considerado vergonzosas o inmodestas. Para la mujer islámica es el rostro y los codos, pero el pecho puede mostrarse al público si se está amamantando a un niño; para los chinos tradicionales, es el pie desnudo; para los tahitianos, el vestido es irrelevante, sólo el cuerpo sin tatuar es inmodesto; en Melanesia, el vestido es indecente, mientras que en Bali cubrirse el pecho es en el mejor de los casos una coquetería, y en el peor, una marca de prostitución; antes de la reforma de Ataturk, las mujeres turcas estaban obligadas por ley a cubrir el dorso de la mano, mientras que la palma podía enseñarse sin vergüenza ni embarazo. Un nudista que no tiene pudor corporal puede sentir enorme vergüenza al emitir algún ruido corporal escatológico durante una recepción.


El hecho de que un comportamiento humano sea natural no significa que no pueda alterarse o desaparecer. El pudor, relacionado con la sociabilidad, tiende a disminuir cuando se impone el individualismo, que se despreocupa de los demás. Una sociedad pudibunda puede ser insufrible, pero una sociedad absolutamente impúdica, también. Ocurre lo mismo en todo el dominio de la vergüenza. No podemos vivir avergonzados, pero tampoco podemos vivir entre sinvergüenzas.


Aunque sea de paso, quiero mencionar otro tipo de pudor: el que no se refiere a desnudar nuestro cuerpo, sino nuestra alma. Hay un pudor referido a la expresión de los sentimientos íntimos. En una novela del siglo XIII, Le roman d’Escanor, el protagonista llora la muerte de su amiga. Sus compañeros le reconvienen porque no es propio de un hombre mostrar tan gran dolor, por lo que el caballero, cuando va al encuentro de sus pares, “adoptó el mejor porte que pudo, porque tenía vergüenza y pudor de mostrar su aflicción”. Una de las formas más constantes del pudor es la que experimenta un hombre en mostrar sus lágrimas. La Bruyère titula un capítulo de su obra “¿Por qué se ríe libremente en el teatro y se tiene vergüenza de llorar?” En el siglo XVII no era educado mostrarse desnudo ante alguien a quien se debe respeto, pero se podía uno desnudar delante de un criado. La Bruyère dice lo mismo respecto de los sentimientos: “Se vuelve el rostro para reír o llorar en presencia de los grandes y de todos aquellos a los que se respeta”. Este pudor es claramente cultural. En la propia naturaleza de los sentimientos está ser expresivos, porque tienen una función de vinculación social. Por ejemplo, el llanto es una petición visible de compasión y ayuda. Sólo cuando se quiere evitar socialmente esta petición se prescribe el ocultamiento de las lágrimas.


Deberíamos recuperar el sentimiento de pudor, pero rediseñándolo, haciendo algo parecido a lo que hemos hecho con el concepto de honor. Era demasiado social y lo hemos convertido en dignidad, que es un valor intrínsecamente personal. El nuevo sentimiento de pudor no debería relacionarse con el miedo a ser visto o juzgado, o con un recelo hacia el cuerpo, sino que debería fundarse en el respeto debido a la dignidad propia y ajena. Así entendido, el pudor sería la vergüenza que nos impediría realizar actos indignos. Los demás pudores no merecen pervivir. Son supervivientes, es decir, supersticiones

La obscenidad guarda relación estrecha con el pudor. Es la exhibición maliciosa y grosera de las cosas relacionadas con el sexo. Una de las manifestaciones –excesivas– de la impudicia y de la relación obscena es el exhibicionismo. Como escribe Castilla del Pino: “Mientras al nudista se le ven sus genitales, el exhibicionista los hace ver, y es más, hace ver sólo sus genitales”. ¿Cuáles son las actuaciones que calificamos de obscenas? Aquellas en las que se manifiesta un afán de hacer ver al otro, un indebido hacer notar a los demás. Ante todo, en lo que respecta a las actuaciones sexuales, pero, por extensión, también a aquellas otras no sexuales que se consideran, en un contexto social determinado, que deben ser privadas o íntimas.Al ampliar así el concepto de obscenidad se solapa con el concepto de impudor.


La exhibición de supuestas virtudes, de supuestas penas, de supuestos padecimientos físicos nos parecen muchas veces obscenos, porque juzgamos que deberían ser reservados y, por ello, inferidos por los interlocutores, a pesar del control a que somete el protagonista sus sentimientos y emociones. El pavoneo del cínico está cercano a la obscenidad. Diógenes, que acostumbraba a comer, defecar y masturbarse en la plaza pública, es un ejemplo. Me sorprendió la primera vez que leí –en la obra de Le Senne, un moralista francés– que lo contrario al pudor era el cinismo. Ahora pienso que tiene razón. Los sentimientos forman una red dotada de una maravillosa lógica vivida que hay que descubrir.

La atenta escucha

No es infrecuente aparentar que hablamos, cuando en rigor solo estamos pidiendo o dando explicaciones, justificándonos, acusándonos, si no dejando marcadas las piedras de una camino para volver a las andadas. En tal caso, lo decisivo ya no es lo que el otro dice, sino en qué modo nuestro hablar lo acalla, o lo domina. Siempre ha sido interesante y necesario ponerse en el lugar del otro. Y no tanto saltando desde nuestra posición a la suya, cuanto haciendo que la nuestra esté tejida y constituida también por la palabra ajena. Es cuestión de decirle a él, pero, sobre todo, de decir con él. Ello exige tratar de comprender sus razones y de no aferrarse simplemente a lo que ha dicho.

No escuchar es apresar y quedar apresado por las palabras enunciadas, no atender al sentido, ni a la orientación, ni a lo que persiguen, ni a lo que buscan, fijar lo señalado, bloqueándolo.

Hay sin embargo quien es capaz de tal cordialidad, de tal hospitalidad, de tal inteligencia, que se hace cargo del decir del otro y no solo de lo dicho, o de lo que dice. Escuchar es interesarse por el quién del otro, por lo que le constituye y le hace singular. Para ello hemos de no dar por supuesto, ni anticiparnos a lo que dice, suponiendo lo que quiere decir. Se precisa una suerte de puesta en suspenso, hacer un silencio que acalle los ruidos y abrirnos generosamente al decir de los demás.

Así que la atenta escucha empieza por preocuparse u ocuparse de los otros, por interesarse por su vida y sus acontecimientos, más que por el cúmulo de incidentes que la componen. No se trata de ignorarlos, sino de recibir sus efectos, de considerar en qué modo afectan o constituyen la libertad o el gozo de alguien. Abrazar su peripecia de vida, sus avatares, venturas y desventuras es la forma primordial del escuchar. Cuando eso sucede, no nos limitamos a interesarnos por lo que cuenta, sino por él, por ella.Por eso es tan hermoso no solo escuchar al otro, sino escuchar conjuntamente con él algo otro, orientar el oír en la dirección de un atender, un responder, un corresponder y quizá, incluso en silencio, dejarse afectar y sentir, que es un oír con olfato, lo que pasa y lo que podría llegar a ocurrir.

La atenta escucha accede también a lo que aún no ha pasado y, es más, lo hace suceder. Es otra forma de habitar el tiempo, sin prisa. La voz de otro nos llega y acaricia, nos altera, nos susurra, nos interpela y en nuestra escucha se hace palabra. Escuchar es un modo supremo del querer.

Ángel Gabilondo

martes, 6 de mayo de 2008

Puerto de Gran Canaria

Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico,
con sus faroles rojos en la noche calina,
y el disco de la luna bajo el azul romántico
rielando en la movible serenidad marina...


Silencio de los muelles en la paz bochornosa,
lento compás de remos, en el confín perdido,
y el leve chapoteo del agua verdinosa
lamiendo los sillares del malecón dormido...

Fingen, en la penumbra, fosfóricos trenzados
las mortecinas luces de los barcos anclados,
brillando entre las ondas muertas de la bahía;

y de pronto, rasgando la calma, sosegado,
un cantar marinero, monótono y cansado,
vierte en la noche el dejo de su melancolía...

Tomás Morales

lunes, 5 de mayo de 2008

Homenaje

Romance del prisionero

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sólo yo, triste y cuitado,
vivo en aquesta prisión;
sin saber cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

Anónimo

domingo, 4 de mayo de 2008

Cinema Paradiso

Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo,
por la boca.

Llorar de amor,
de hastío,
de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

El pudor (II)

Hay vergüenzas injustamente inducidas por la sociedad que deben desaparecer. ¿Sucede esto con esa peculiar vergüenza que llamamos pudor? Da la impresión de que es un sentimiento anticuado. Habría que decir afortunadamente anticuado, si tomamos la definición que de él da un curiosísimo diccionario publicado en 1848: “Pudor: especie de reserva casta, vergüenza tímida y honesta como de inocencia alarmada. Modestia ruborosa pura y sin afectación, recato, honestidad, especialmente en la mujer, por cierto colocado en muy resbaladizo y vidrioso declive, en harto periculosa pendiente ocasionada a insubsanable fracaso, a irreparable desliz”. En efecto, el pudor se había convertido en una virtud moral específicamente femenina, propia de sociedades machistas y patriarcales. Había sufrido la misma transformación que el vocablo honra, que de ser sinónimo de honor pasó a significar la honestidad femenina. ¿En qué consiste el pudor?
Debemos volver a la vergüenza. Hay una vergüenza que dificulta la ejecución de un acto indigno, y otra recriminadora posterior a la comisión del acto. El pudor pertenece a la facción preventiva. “Es un sentimiento que impide mostrar lo que se considera que debe permanecer oculto.” Es, pues, el malestar producido por la imaginación del acto de exhibirse ante la mirada de otro. Fue su carácter disuasorio lo que le hizo ser tan importante para la moral. La vergüenza o la culpa acontecen cuando el hecho malo ya ha sucedido. El pudor impide que suceda. No es un sentimiento correctivo, sino preventivo.
Pero ¿qué es lo que debe ser ocultado? En un principio, cualquier comportamiento deshonroso. El término impúdico mantiene esa carga ética. Un comportamiento impúdico es el que revela la indignidad de una persona. Pero el sentimiento sufrió una devaluación y acabó refiriéndose sólo a la manifestación del cuerpo humano y de sus actividades, en especial las sexuales. La historia del sentimiento de pudor se entremezcla con las historias de la consideración del desnudo, de la sexualidad y de las buenas costumbres. El cristianismo recogió el relato bíblico según el cual Adán y Eva, que vivían desnudos en el jardín del Edén, sintieron vergüenza de estarlo después de haber perdido la inocencia por el pecado. El pudor nacía de la falta y debía acompañar a la especie humana hasta que fuera salvada.
Al estudiar los sentimientos conviene averiguar si son naturales o culturalmente inventados. ¿Qué ocurre en el caso del pudor? Eibl-Eibesfeldt, un gran antropólogo, sostiene que el pudor sexual, manifestado de modos diversos, se da en todas las culturas. Es habitual ocultar los órganos sexuales con el vestido. Sin embargo, hay pueblos que, desde nuestro punto de vista, van completamente desnudos, por ejemplo los yanomami, cuyas mujeres portan solamente un fino cordón entorno a la cintura. Y los hombres, un cordón que les sujeta el pene. Pero estos cordones se consideran simbólicamente un vestido, y si prescinden de ellos se sienten avergonzados. No hay duda de que sus antepasados no atravesaron desnudos el frío estrecho de Bering, por lo que hay que pensar que su desnudez actual ha sido una acomodación al clima cálido y que esos cordones permanecieron como vestigios de los trajes desaparecidos. (continuará)

miércoles, 30 de abril de 2008

Algo contigo

Amor y salud

Según un estudio realizado, los hombres con dolencias cardiacas y que pueden responder afirmativamente a la pregunta: “¿Su pareja le demuestra su amor?”, presentan la mitad de síntomas que los demás. Y cuanto mayor es el número de factores de riesgo (colesterol, hipertensión, estrés), mayor es el efecto protector que el amor de su pareja parece ejercer. También ocurre al contrario: durante cinco años se estudió a 8.500 hombres con buena salud y los que, en un principio, se sentían identificados con la frase: “Mi pareja no me ama”, desarrollaron tres veces más úlceras que el resto. Según este mismo estudio, era más conveniente ser fumador, hipertenso o estar estresado que el hecho de que tu pareja no te quisiera.
En el caso de las mujeres, el beneficio de este apoyo emocional era igual de importante. Entre mil mujeres a las que se les acababa de diagnosticar cáncer de mama, se registró el doble de muertes al cabo de cinco años entre aquellas que aseguraron haber recibido poco afecto durante su vida.

¿Cómo se explica esto? El amor actúa a través del cerebro más profundo, el cerebro límbico, el cual compartimos con todos los mamíferos. Este controla al mismo tiempo las emociones y la fisiología: las hormonas, el sistema inmunitario, el ritmo cardiaco, la acidez del estómago, etc. Este “cerebro emocional” reacciona constantemente según sea nuestra situación afectiva e intenta compensar nuestras carencias. De esta manera, cuando estamos en una situación de déficit afectivo, este prepara a nuestro organismo para el estrés: libera hormonas en la sangre, pone al corazón en alerta, eleva la tensión arterial… Un sinfín de ajustes que debilitan las funciones vitales y acaban por favorecer el desarrollo de enfermedades crónicas. Por el contrario, cuando el cerebro emocional percibe que estamos recibiendo amor y protección, armoniza nuestro sistema fisiológico y, en el mejor de los casos, nos prepara para la reproducción.

No nos dejemos engañar: nuestra salud no depende únicamente del amor que nos profese nuestra pareja, sino de la calidad de todas nuestras relaciones afectivas. Hijos, padres, hermanos y hermanas, amigos. Ya que lo que importa es el sentimiento de poder ser uno mismo, en sentido amplio, con cualquier otra persona. Poder mostrarse débil y vulnerable al igual que fuerte y dichoso. Poder reír, pero también llorar. Hacer comprender nuestras emociones. Saberse útil e importante para alguien. Así como poder disfrutar de un mínimo de contacto físico. En dos palabras, ser amado.

David Servan-Schreiber

lunes, 28 de abril de 2008

¿Detener el pensamiento?

El pensamiento que de tanto nos sirve, con frecuencia se excede en su generosa solicitud. Muchos de los males que nos aquejan y se afincan en nosotros obedecen a la excesiva manía persecutoria del pensamiento que, tomando un asunto entre sus fauces, nos deja el bocado amargo que acabará entristeciéndonos. En estos casos se desearía que el pensamiento actuara con menos empeño o eficiencia y transmigara a zonas donde no hay nada que apresar.

La relajación se relaciona con este viaje hacia la ausencia de pensamiento o con un pensamiento tan diluido en su composición que ninguna materia interior sería un tropiezo. Pensamiento líquido y evaporado hasta el punto en que no fuera posible la suspensión de ninguna dureza. Pensamiento, en fin, en estado puro, libre de elementos cortantes y pesados que, en su interacción, convierten de hecho la cabeza en un artefacto de y hasta en un odioso aparato que pensando nos duele.

Contra el mal de pensamiento el olvido absoluto. Pero ¿cómo producir olvido? ¿Cómo librarse del pensamiento? Cualquier ejercicio hacia ese fin se enreda con la complejidad del pensamiento y accidentalmente lo activa, con lo que de nuevo, como siguiendo una orden tajante y su carril tenaz, nos conduce irremediablemente a la sede del martirio.

Cerramos los ojos, los oídos, la boca y todavía el pensamiento sigue iluminado y en infatigable actividad. "Piensa en otra cosa", se nos dice, para aliviar el mal pensamiento y en la otra cosa, mágicamente, aparecen inesperados pasadizos que nos conducen de nuevo a la estancia central. El espacio donde se encuentra aquel pensamiento fulgente que lejos de disiparse en su dilatación, se comporta como una acerada inundación donde naufragamos todo el día, otro día, hasta que la misma fatiga temporal mineraliza la obsesión y la descarga en el almacén común, desordenado, como una antigua y oxidada materia prima.


Vicente Verdú

domingo, 27 de abril de 2008

Me acuerdo tanto de ti...

Nos acordamos de alguien. Puede ser que con gusto, con alegría, al menos en principio. Pero pronto ese recuerdo es la ratificación de una distancia, de una separación. No está y sin embargo su ausencia se hace presente. No es una simple nostalgia, es una constatación. Si hay recuerdo es porque en algún modo algo o alguien se fueron. Que tal vez vuelva es estimulante, incluso cabría ser un consuelo, pero recordar es también reconocer que algo ha finalizado, se ha perdido, se ha ido.

Que ese alguien se encuentre en otro lugar, por un lado, es un alivio; por otro, una inquietud. Le echamos de menos y, a la par, está en nosotros. Tanto nos pertenece como le pertenecemos. Y, sin embargo, no nos tenemos. En absoluto. Lo notamos. Lo sentimos. No es lo que más nos gustaría, pero es así.

Echar de menos no es solo sentir una falta, es constatar que hagamos lo que hagamos cabe la distracción, pero no el olvido. Alguien nos tiene sin poseernos, le tenemos sin poder, sino acariciar su ausencia. Lo notamos con intensidad, pero no está.

Ahora bien, en la palabra acuerdo está la palabra corazón. El recuerdo tiene siempre también una connotación afectiva. Y nos gusta. No es una simple repetición, es una reiteración, un modo de reactivar algo, de revivirlo. Se trata de que llegue a ser una rememoración. Quizá hayamos de tornar ese recuerdo en memoria, lo que supondría no una simple añoranza del pasado, sino muchas posibilidades latentes y vivas, y algún porvenir.

Acordarse de alguien es asociarse con él o con ella de modo singular, es una conmemoración. En la noche, un recuerdo irrumpe en silencio. Nos adormilamos al susurro de las palabras que alguien no nos dice. Amanecemos en brazos que no están. Y, sin embargo, no todo es un espejismo. Algo nos enlaza, nos vincula, algo que no es precisamente menos real que una ausencia. Podríamos intentar denominarlo, pero con palabras tan sencillas que resultarían excesivas.

Recuerdo cuando no necesitábamos recordar. Me acuerdo de ti, compartimos una memoria común, y desearía hacer contigo algo que por cordial fuera para ambos memorable. Me acuerdo tanto de ti que, como suele decirse, me desvivo por verte, por oírte, por presentir que quizás a ti te ocurra algo similar. No te aconsejo tanta ansiedad, ni tanta turbación. Preferiría que se te pasara. Es decir, que nos viéramos. Lo digo por mí.
Ángel Gabilondo

viernes, 25 de abril de 2008

... Pero a tu lado - Los Secretos

El pudor (I)

El pudor es una vergüenza poco presente en la sociedad occidental de hoy, pero, a juicio del autor, podría ir bien recuperarlo aunque con ciertas reformas: en lugar de la vergüenza atada al sexo, especialmente de las mujeres, el pudor podría asociarse a la dignidad.
Este sentimiento de vergüenza preventiva alcanza de distinta manera a todas las culturas, que lo concentran en diversas partes del cuerpo, desde el rostro al pie, pasando por el pecho y el sexo. Hablamos de un sentimiento esencialmente sensible a los cambios históricos: el pudor. ¿Se ha perdido realmente este sentimiento? ¿Es tan importante recuperarlo?
El pudor es una de las variantes de la vergüenza, que es un sentimiento social producido en el sujeto “por la aprehensión de algún desprecio, confusión o infamia que se padece o se teme padecer”. Es, pues, el miedo a ser mal visto, y mal evaluado.
En las culturas comunitarias, el yo personal casi se identifica con el yo social, es decir, con el que resulta de la opinión de los demás. Necesito recibir de los otros la imagen que tengo de mí mismo. En esas sociedades, la autonomía no está bien vista. Todavía ahora, culturas muy sociales, como las orientales, sienten cierta repugnancia por la soberbia afirmación del yo individual propia de las sociedades occidentales.
No siempre fue así. En Grecia y Roma, la fama y el honor no tenían el carácter superficial que tienen ahora. Era el reconocimiento público de la calidad de una persona. El honor latino era el premio dado a la virtud, al valor. Sólo más tarde se convirtió en patrimonio del alma. Originalmente había sido el juicio de la comunidad. Como sólo existía ese yo social, condensado en el honor, quien lo perdía lo perdía todo. En ese contexto, la vergüenza se vivía como el sentimiento ocasionado por la pérdida real, presunta o temida, de la propia dignidad. El comportamiento indigno, como el ser tratado indignamente, producía vergüenza. Este sentimiento impedía la realización de una acción indecorosa.
Este significado está aún presente cuando hablamos de la vergüenza torera, aquel sentimiento que hace que el torero se comporte dignamente.La idea se empequeñeció. La vergüenza dejó de depender del propio comportamiento y se convirtió en un juicio social que, como tal, podía ser arbitrario, ridículo o terriblemente injusto y destructivo. Camus cuenta en El primer hombre un conmovedor ejemplo. Gracias a la ayuda de su profesor, el pequeño Camus consigue una beca para ir al instituto. Allí, tiene que rellenar un formulario en el que se le pregunta por la profesión de los padres. Tiene que decir que su madre es una “criada”, pero al comenzar a escribir la palabra “se detuvo y de golpe conoció la vergüenza y la vergüenza de haber tenido vergüenza”. (continuará)