viernes, 16 de mayo de 2008

Gracias

¿Qué es una "gracia"?: una gracia, ¿no es un don? Un don, ¿no es un regalo, una virtud que nos ha sido regalada, caída del cielo? Entonces, si yo digo "te doy las gracias", estoy diciendo "te doy mis dones": lo que yo he recibido y de bueno tengo, aquello en lo que he sido agraciado, te lo regalo, puesto que lo que tú me has dado, tus palabras, tu abrazo, tu ayuda, lo que sea, lo merece. Gracias... a todos.

martes, 13 de mayo de 2008

Martes y 13

"En martes y 13 ni te cases ni te embarques", ¿cuántas veces no habremos dicho u oído esta expresión? La verdad es que el origen de la superstición sobre esta fecha no parece claro. Algunas tradiciones apuntan a la relación entre el martes y el dios de la guerra romano, Marte, al que se relaciona con la muerte. Además se añade el número de comensales en la última cena: 13, entre los que el último en sentarse fue, además, Judas. Un motivo como otro cualquiera para poder acusar al calendario de todo lo malo que ocurra este día.
El filósofo Javier Sádaba recalca la importancia del número, que vendría de rituales paganos, previos al cristianismo: "el misticismo del número 13 proviene de los druidas, los sacerdotes de las tribus celtas, que se reunían en los bosques". De hecho, mientras que en los países hispanos el día de mal agüero es el martes, para los anglosajones es el viernes (de ahí el título de la película de terror Viernes 13)
Sádaba diferencia entre dos tipos de supersticiones. Las "duras", las más peligrosas, que se aproximan a las creencias religiosas y las "blandas", aquellas que nos empujan a tratar de evitar derramar la sal o cruzar por debajo de una escalera, sin llegar a condicionar por ello nuestra vida. "Cuando yo digo que soy supersticioso y que no quiero viajar un día determinado expreso mi sensación de soledad frente al mundo", afirma Sádaba excusando esas pequeñas manías que todos tenemos. "No hacen mal, son puros símbolos".
La mala fama del número 13 se extiende por los ámbitos más diversos y desde los tiempos más remotos. Ya el Código de Hammurabi (el primer conjunto de leyes de la historia que se remonta al 1692 a.C.) se salta el punto decimotercero, aunque no se ha podido establecer el motivo.
Lo que parece mucho más claro es que hoy en día en diversos campos se evita esa cifra, aunque no nos demos cuenta de ello. Iberia, en sus aviones, prescinde de la fila número 13 de asientos y pasa directamente de la 12 a la 14, aunque desde la compañía no saben precisar por qué. Numerosos hoteles evitan las habitaciones o planta con esa cifra. Esta costumbre, que se recoge en películas y series de televisión, también se respeta en hoteles tan conocidos como el Palace o el Ritz de Madrid, el María Cristina de San Sebastián o el Arts de Barcelona.
La aeronáutica tampoco ha escapado a la superstición y, después del "Houston, tenemos un problema" del capitán del Apollo XIII Jim Lovell, las misiones espaciales procuran pasar directamente a la decimocuarta misión.
Las supersticiones son una explicación de la realidad basada en creencias irracionales, no científicas. Una forma de echarle la culpa a algo ajeno para quitársela uno mismo. "Si una mañana no suena el despertador, llego tarde a un examen, lo suspendo y además me tiro encima el café puedo echarle la culpa a que hice algo mal, como poner el bolso en el suelo [otra superstición popular]". También existe, por supuesto, otra explicación: "llegué tarde a casa, no miré bien el despertador, eso hizo que llegara alterado al examen y como lo suspendí y estaba nervioso me tiré encima el café". En el segundo caso hay una responsabilidad personal, en el primero depende del azar. Mucho más fácil de asumir.
Podría parecer extraño que este tipo de creencias llegaran a condicionar la conducta hasta afectar a la personalidad pero, para el profesor Sádaba, "una de las desgracias del hombre es que dimite con bastante facilidad de la libertad personal” afirma el filósofo, que une las supersticiones con la falta de cultura. "Surgen detrás de la ignorancia". Al menos lo que él considera "supersticiones duras", aquellas que son más parecidas "a las creencias religiosas, al fanatismo. Esas hay que combatirlas pedagógicamente y demostrar que son mentira".


Helena Martínez

jueves, 8 de mayo de 2008

El pudor ( y III )

Los excesos y las discriminaciones producidos en la cultura occidental por una moralidad centrada en la sexualidad han provocado múltiples intentos de combatir el pudor al considerarlo un obstáculo para emancipaciones morales o políticas. En los kibutz israelíes se ensayó una educación en la que niños y niñas compartían dormitorios y duchas para evitar pudores excesivos. El intento no duró mucho porque los adolescentes desarrollaron sentimientos de pudor y protestaron por la falta de ­intimidad.


Me inclino a pensar que todos los sentimientos derivados de la vergüenza proceden de una matriz natural, originada en nuestra esencia social, de la necesidad de vinculación afectiva, de aceptación y reconocimiento, y de la necesidad de establecer controles sociales que no necesiten apelar a la fuerza. Pero el alcance y el contenido de este sentimiento embrionario son definidos por la sociedad. Así se explica la sorprendente diversidad de partes del cuerpo que los humanos han considerado vergonzosas o inmodestas. Para la mujer islámica es el rostro y los codos, pero el pecho puede mostrarse al público si se está amamantando a un niño; para los chinos tradicionales, es el pie desnudo; para los tahitianos, el vestido es irrelevante, sólo el cuerpo sin tatuar es inmodesto; en Melanesia, el vestido es indecente, mientras que en Bali cubrirse el pecho es en el mejor de los casos una coquetería, y en el peor, una marca de prostitución; antes de la reforma de Ataturk, las mujeres turcas estaban obligadas por ley a cubrir el dorso de la mano, mientras que la palma podía enseñarse sin vergüenza ni embarazo. Un nudista que no tiene pudor corporal puede sentir enorme vergüenza al emitir algún ruido corporal escatológico durante una recepción.


El hecho de que un comportamiento humano sea natural no significa que no pueda alterarse o desaparecer. El pudor, relacionado con la sociabilidad, tiende a disminuir cuando se impone el individualismo, que se despreocupa de los demás. Una sociedad pudibunda puede ser insufrible, pero una sociedad absolutamente impúdica, también. Ocurre lo mismo en todo el dominio de la vergüenza. No podemos vivir avergonzados, pero tampoco podemos vivir entre sinvergüenzas.


Aunque sea de paso, quiero mencionar otro tipo de pudor: el que no se refiere a desnudar nuestro cuerpo, sino nuestra alma. Hay un pudor referido a la expresión de los sentimientos íntimos. En una novela del siglo XIII, Le roman d’Escanor, el protagonista llora la muerte de su amiga. Sus compañeros le reconvienen porque no es propio de un hombre mostrar tan gran dolor, por lo que el caballero, cuando va al encuentro de sus pares, “adoptó el mejor porte que pudo, porque tenía vergüenza y pudor de mostrar su aflicción”. Una de las formas más constantes del pudor es la que experimenta un hombre en mostrar sus lágrimas. La Bruyère titula un capítulo de su obra “¿Por qué se ríe libremente en el teatro y se tiene vergüenza de llorar?” En el siglo XVII no era educado mostrarse desnudo ante alguien a quien se debe respeto, pero se podía uno desnudar delante de un criado. La Bruyère dice lo mismo respecto de los sentimientos: “Se vuelve el rostro para reír o llorar en presencia de los grandes y de todos aquellos a los que se respeta”. Este pudor es claramente cultural. En la propia naturaleza de los sentimientos está ser expresivos, porque tienen una función de vinculación social. Por ejemplo, el llanto es una petición visible de compasión y ayuda. Sólo cuando se quiere evitar socialmente esta petición se prescribe el ocultamiento de las lágrimas.


Deberíamos recuperar el sentimiento de pudor, pero rediseñándolo, haciendo algo parecido a lo que hemos hecho con el concepto de honor. Era demasiado social y lo hemos convertido en dignidad, que es un valor intrínsecamente personal. El nuevo sentimiento de pudor no debería relacionarse con el miedo a ser visto o juzgado, o con un recelo hacia el cuerpo, sino que debería fundarse en el respeto debido a la dignidad propia y ajena. Así entendido, el pudor sería la vergüenza que nos impediría realizar actos indignos. Los demás pudores no merecen pervivir. Son supervivientes, es decir, supersticiones

La obscenidad guarda relación estrecha con el pudor. Es la exhibición maliciosa y grosera de las cosas relacionadas con el sexo. Una de las manifestaciones –excesivas– de la impudicia y de la relación obscena es el exhibicionismo. Como escribe Castilla del Pino: “Mientras al nudista se le ven sus genitales, el exhibicionista los hace ver, y es más, hace ver sólo sus genitales”. ¿Cuáles son las actuaciones que calificamos de obscenas? Aquellas en las que se manifiesta un afán de hacer ver al otro, un indebido hacer notar a los demás. Ante todo, en lo que respecta a las actuaciones sexuales, pero, por extensión, también a aquellas otras no sexuales que se consideran, en un contexto social determinado, que deben ser privadas o íntimas.Al ampliar así el concepto de obscenidad se solapa con el concepto de impudor.


La exhibición de supuestas virtudes, de supuestas penas, de supuestos padecimientos físicos nos parecen muchas veces obscenos, porque juzgamos que deberían ser reservados y, por ello, inferidos por los interlocutores, a pesar del control a que somete el protagonista sus sentimientos y emociones. El pavoneo del cínico está cercano a la obscenidad. Diógenes, que acostumbraba a comer, defecar y masturbarse en la plaza pública, es un ejemplo. Me sorprendió la primera vez que leí –en la obra de Le Senne, un moralista francés– que lo contrario al pudor era el cinismo. Ahora pienso que tiene razón. Los sentimientos forman una red dotada de una maravillosa lógica vivida que hay que descubrir.

La atenta escucha

No es infrecuente aparentar que hablamos, cuando en rigor solo estamos pidiendo o dando explicaciones, justificándonos, acusándonos, si no dejando marcadas las piedras de una camino para volver a las andadas. En tal caso, lo decisivo ya no es lo que el otro dice, sino en qué modo nuestro hablar lo acalla, o lo domina. Siempre ha sido interesante y necesario ponerse en el lugar del otro. Y no tanto saltando desde nuestra posición a la suya, cuanto haciendo que la nuestra esté tejida y constituida también por la palabra ajena. Es cuestión de decirle a él, pero, sobre todo, de decir con él. Ello exige tratar de comprender sus razones y de no aferrarse simplemente a lo que ha dicho.

No escuchar es apresar y quedar apresado por las palabras enunciadas, no atender al sentido, ni a la orientación, ni a lo que persiguen, ni a lo que buscan, fijar lo señalado, bloqueándolo.

Hay sin embargo quien es capaz de tal cordialidad, de tal hospitalidad, de tal inteligencia, que se hace cargo del decir del otro y no solo de lo dicho, o de lo que dice. Escuchar es interesarse por el quién del otro, por lo que le constituye y le hace singular. Para ello hemos de no dar por supuesto, ni anticiparnos a lo que dice, suponiendo lo que quiere decir. Se precisa una suerte de puesta en suspenso, hacer un silencio que acalle los ruidos y abrirnos generosamente al decir de los demás.

Así que la atenta escucha empieza por preocuparse u ocuparse de los otros, por interesarse por su vida y sus acontecimientos, más que por el cúmulo de incidentes que la componen. No se trata de ignorarlos, sino de recibir sus efectos, de considerar en qué modo afectan o constituyen la libertad o el gozo de alguien. Abrazar su peripecia de vida, sus avatares, venturas y desventuras es la forma primordial del escuchar. Cuando eso sucede, no nos limitamos a interesarnos por lo que cuenta, sino por él, por ella.Por eso es tan hermoso no solo escuchar al otro, sino escuchar conjuntamente con él algo otro, orientar el oír en la dirección de un atender, un responder, un corresponder y quizá, incluso en silencio, dejarse afectar y sentir, que es un oír con olfato, lo que pasa y lo que podría llegar a ocurrir.

La atenta escucha accede también a lo que aún no ha pasado y, es más, lo hace suceder. Es otra forma de habitar el tiempo, sin prisa. La voz de otro nos llega y acaricia, nos altera, nos susurra, nos interpela y en nuestra escucha se hace palabra. Escuchar es un modo supremo del querer.

Ángel Gabilondo

martes, 6 de mayo de 2008

Puerto de Gran Canaria

Puerto de Gran Canaria sobre el sonoro Atlántico,
con sus faroles rojos en la noche calina,
y el disco de la luna bajo el azul romántico
rielando en la movible serenidad marina...


Silencio de los muelles en la paz bochornosa,
lento compás de remos, en el confín perdido,
y el leve chapoteo del agua verdinosa
lamiendo los sillares del malecón dormido...

Fingen, en la penumbra, fosfóricos trenzados
las mortecinas luces de los barcos anclados,
brillando entre las ondas muertas de la bahía;

y de pronto, rasgando la calma, sosegado,
un cantar marinero, monótono y cansado,
vierte en la noche el dejo de su melancolía...

Tomás Morales

lunes, 5 de mayo de 2008

Homenaje

Romance del prisionero

Que por mayo era, por mayo,
cuando hace la calor,
cuando los trigos encañan
y están los campos en flor,
cuando canta la calandria
y responde el ruiseñor,
cuando los enamorados
van a servir al amor;
sólo yo, triste y cuitado,
vivo en aquesta prisión;
sin saber cuándo es de día
ni cuándo las noches son,
sino por una avecilla
que me cantaba el albor.
Matómela un ballestero;
déle Dios mal galardón.

Anónimo

domingo, 4 de mayo de 2008

Cinema Paradiso

Llorarlo todo,
pero llorarlo bien.
Llorarlo con la nariz,
con las rodillas.
Llorarlo por el ombligo,
por la boca.

Llorar de amor,
de hastío,
de alegría.
Llorar de frac,
de flato, de flacura.
Llorar improvisando,
de memoria.
¡Llorar todo el insomnio y todo el día!

El pudor (II)

Hay vergüenzas injustamente inducidas por la sociedad que deben desaparecer. ¿Sucede esto con esa peculiar vergüenza que llamamos pudor? Da la impresión de que es un sentimiento anticuado. Habría que decir afortunadamente anticuado, si tomamos la definición que de él da un curiosísimo diccionario publicado en 1848: “Pudor: especie de reserva casta, vergüenza tímida y honesta como de inocencia alarmada. Modestia ruborosa pura y sin afectación, recato, honestidad, especialmente en la mujer, por cierto colocado en muy resbaladizo y vidrioso declive, en harto periculosa pendiente ocasionada a insubsanable fracaso, a irreparable desliz”. En efecto, el pudor se había convertido en una virtud moral específicamente femenina, propia de sociedades machistas y patriarcales. Había sufrido la misma transformación que el vocablo honra, que de ser sinónimo de honor pasó a significar la honestidad femenina. ¿En qué consiste el pudor?
Debemos volver a la vergüenza. Hay una vergüenza que dificulta la ejecución de un acto indigno, y otra recriminadora posterior a la comisión del acto. El pudor pertenece a la facción preventiva. “Es un sentimiento que impide mostrar lo que se considera que debe permanecer oculto.” Es, pues, el malestar producido por la imaginación del acto de exhibirse ante la mirada de otro. Fue su carácter disuasorio lo que le hizo ser tan importante para la moral. La vergüenza o la culpa acontecen cuando el hecho malo ya ha sucedido. El pudor impide que suceda. No es un sentimiento correctivo, sino preventivo.
Pero ¿qué es lo que debe ser ocultado? En un principio, cualquier comportamiento deshonroso. El término impúdico mantiene esa carga ética. Un comportamiento impúdico es el que revela la indignidad de una persona. Pero el sentimiento sufrió una devaluación y acabó refiriéndose sólo a la manifestación del cuerpo humano y de sus actividades, en especial las sexuales. La historia del sentimiento de pudor se entremezcla con las historias de la consideración del desnudo, de la sexualidad y de las buenas costumbres. El cristianismo recogió el relato bíblico según el cual Adán y Eva, que vivían desnudos en el jardín del Edén, sintieron vergüenza de estarlo después de haber perdido la inocencia por el pecado. El pudor nacía de la falta y debía acompañar a la especie humana hasta que fuera salvada.
Al estudiar los sentimientos conviene averiguar si son naturales o culturalmente inventados. ¿Qué ocurre en el caso del pudor? Eibl-Eibesfeldt, un gran antropólogo, sostiene que el pudor sexual, manifestado de modos diversos, se da en todas las culturas. Es habitual ocultar los órganos sexuales con el vestido. Sin embargo, hay pueblos que, desde nuestro punto de vista, van completamente desnudos, por ejemplo los yanomami, cuyas mujeres portan solamente un fino cordón entorno a la cintura. Y los hombres, un cordón que les sujeta el pene. Pero estos cordones se consideran simbólicamente un vestido, y si prescinden de ellos se sienten avergonzados. No hay duda de que sus antepasados no atravesaron desnudos el frío estrecho de Bering, por lo que hay que pensar que su desnudez actual ha sido una acomodación al clima cálido y que esos cordones permanecieron como vestigios de los trajes desaparecidos. (continuará)

miércoles, 30 de abril de 2008

Algo contigo

Amor y salud

Según un estudio realizado, los hombres con dolencias cardiacas y que pueden responder afirmativamente a la pregunta: “¿Su pareja le demuestra su amor?”, presentan la mitad de síntomas que los demás. Y cuanto mayor es el número de factores de riesgo (colesterol, hipertensión, estrés), mayor es el efecto protector que el amor de su pareja parece ejercer. También ocurre al contrario: durante cinco años se estudió a 8.500 hombres con buena salud y los que, en un principio, se sentían identificados con la frase: “Mi pareja no me ama”, desarrollaron tres veces más úlceras que el resto. Según este mismo estudio, era más conveniente ser fumador, hipertenso o estar estresado que el hecho de que tu pareja no te quisiera.
En el caso de las mujeres, el beneficio de este apoyo emocional era igual de importante. Entre mil mujeres a las que se les acababa de diagnosticar cáncer de mama, se registró el doble de muertes al cabo de cinco años entre aquellas que aseguraron haber recibido poco afecto durante su vida.

¿Cómo se explica esto? El amor actúa a través del cerebro más profundo, el cerebro límbico, el cual compartimos con todos los mamíferos. Este controla al mismo tiempo las emociones y la fisiología: las hormonas, el sistema inmunitario, el ritmo cardiaco, la acidez del estómago, etc. Este “cerebro emocional” reacciona constantemente según sea nuestra situación afectiva e intenta compensar nuestras carencias. De esta manera, cuando estamos en una situación de déficit afectivo, este prepara a nuestro organismo para el estrés: libera hormonas en la sangre, pone al corazón en alerta, eleva la tensión arterial… Un sinfín de ajustes que debilitan las funciones vitales y acaban por favorecer el desarrollo de enfermedades crónicas. Por el contrario, cuando el cerebro emocional percibe que estamos recibiendo amor y protección, armoniza nuestro sistema fisiológico y, en el mejor de los casos, nos prepara para la reproducción.

No nos dejemos engañar: nuestra salud no depende únicamente del amor que nos profese nuestra pareja, sino de la calidad de todas nuestras relaciones afectivas. Hijos, padres, hermanos y hermanas, amigos. Ya que lo que importa es el sentimiento de poder ser uno mismo, en sentido amplio, con cualquier otra persona. Poder mostrarse débil y vulnerable al igual que fuerte y dichoso. Poder reír, pero también llorar. Hacer comprender nuestras emociones. Saberse útil e importante para alguien. Así como poder disfrutar de un mínimo de contacto físico. En dos palabras, ser amado.

David Servan-Schreiber

lunes, 28 de abril de 2008

¿Detener el pensamiento?

El pensamiento que de tanto nos sirve, con frecuencia se excede en su generosa solicitud. Muchos de los males que nos aquejan y se afincan en nosotros obedecen a la excesiva manía persecutoria del pensamiento que, tomando un asunto entre sus fauces, nos deja el bocado amargo que acabará entristeciéndonos. En estos casos se desearía que el pensamiento actuara con menos empeño o eficiencia y transmigara a zonas donde no hay nada que apresar.

La relajación se relaciona con este viaje hacia la ausencia de pensamiento o con un pensamiento tan diluido en su composición que ninguna materia interior sería un tropiezo. Pensamiento líquido y evaporado hasta el punto en que no fuera posible la suspensión de ninguna dureza. Pensamiento, en fin, en estado puro, libre de elementos cortantes y pesados que, en su interacción, convierten de hecho la cabeza en un artefacto de y hasta en un odioso aparato que pensando nos duele.

Contra el mal de pensamiento el olvido absoluto. Pero ¿cómo producir olvido? ¿Cómo librarse del pensamiento? Cualquier ejercicio hacia ese fin se enreda con la complejidad del pensamiento y accidentalmente lo activa, con lo que de nuevo, como siguiendo una orden tajante y su carril tenaz, nos conduce irremediablemente a la sede del martirio.

Cerramos los ojos, los oídos, la boca y todavía el pensamiento sigue iluminado y en infatigable actividad. "Piensa en otra cosa", se nos dice, para aliviar el mal pensamiento y en la otra cosa, mágicamente, aparecen inesperados pasadizos que nos conducen de nuevo a la estancia central. El espacio donde se encuentra aquel pensamiento fulgente que lejos de disiparse en su dilatación, se comporta como una acerada inundación donde naufragamos todo el día, otro día, hasta que la misma fatiga temporal mineraliza la obsesión y la descarga en el almacén común, desordenado, como una antigua y oxidada materia prima.


Vicente Verdú

domingo, 27 de abril de 2008

Me acuerdo tanto de ti...

Nos acordamos de alguien. Puede ser que con gusto, con alegría, al menos en principio. Pero pronto ese recuerdo es la ratificación de una distancia, de una separación. No está y sin embargo su ausencia se hace presente. No es una simple nostalgia, es una constatación. Si hay recuerdo es porque en algún modo algo o alguien se fueron. Que tal vez vuelva es estimulante, incluso cabría ser un consuelo, pero recordar es también reconocer que algo ha finalizado, se ha perdido, se ha ido.

Que ese alguien se encuentre en otro lugar, por un lado, es un alivio; por otro, una inquietud. Le echamos de menos y, a la par, está en nosotros. Tanto nos pertenece como le pertenecemos. Y, sin embargo, no nos tenemos. En absoluto. Lo notamos. Lo sentimos. No es lo que más nos gustaría, pero es así.

Echar de menos no es solo sentir una falta, es constatar que hagamos lo que hagamos cabe la distracción, pero no el olvido. Alguien nos tiene sin poseernos, le tenemos sin poder, sino acariciar su ausencia. Lo notamos con intensidad, pero no está.

Ahora bien, en la palabra acuerdo está la palabra corazón. El recuerdo tiene siempre también una connotación afectiva. Y nos gusta. No es una simple repetición, es una reiteración, un modo de reactivar algo, de revivirlo. Se trata de que llegue a ser una rememoración. Quizá hayamos de tornar ese recuerdo en memoria, lo que supondría no una simple añoranza del pasado, sino muchas posibilidades latentes y vivas, y algún porvenir.

Acordarse de alguien es asociarse con él o con ella de modo singular, es una conmemoración. En la noche, un recuerdo irrumpe en silencio. Nos adormilamos al susurro de las palabras que alguien no nos dice. Amanecemos en brazos que no están. Y, sin embargo, no todo es un espejismo. Algo nos enlaza, nos vincula, algo que no es precisamente menos real que una ausencia. Podríamos intentar denominarlo, pero con palabras tan sencillas que resultarían excesivas.

Recuerdo cuando no necesitábamos recordar. Me acuerdo de ti, compartimos una memoria común, y desearía hacer contigo algo que por cordial fuera para ambos memorable. Me acuerdo tanto de ti que, como suele decirse, me desvivo por verte, por oírte, por presentir que quizás a ti te ocurra algo similar. No te aconsejo tanta ansiedad, ni tanta turbación. Preferiría que se te pasara. Es decir, que nos viéramos. Lo digo por mí.
Ángel Gabilondo

viernes, 25 de abril de 2008

... Pero a tu lado - Los Secretos

El pudor (I)

El pudor es una vergüenza poco presente en la sociedad occidental de hoy, pero, a juicio del autor, podría ir bien recuperarlo aunque con ciertas reformas: en lugar de la vergüenza atada al sexo, especialmente de las mujeres, el pudor podría asociarse a la dignidad.
Este sentimiento de vergüenza preventiva alcanza de distinta manera a todas las culturas, que lo concentran en diversas partes del cuerpo, desde el rostro al pie, pasando por el pecho y el sexo. Hablamos de un sentimiento esencialmente sensible a los cambios históricos: el pudor. ¿Se ha perdido realmente este sentimiento? ¿Es tan importante recuperarlo?
El pudor es una de las variantes de la vergüenza, que es un sentimiento social producido en el sujeto “por la aprehensión de algún desprecio, confusión o infamia que se padece o se teme padecer”. Es, pues, el miedo a ser mal visto, y mal evaluado.
En las culturas comunitarias, el yo personal casi se identifica con el yo social, es decir, con el que resulta de la opinión de los demás. Necesito recibir de los otros la imagen que tengo de mí mismo. En esas sociedades, la autonomía no está bien vista. Todavía ahora, culturas muy sociales, como las orientales, sienten cierta repugnancia por la soberbia afirmación del yo individual propia de las sociedades occidentales.
No siempre fue así. En Grecia y Roma, la fama y el honor no tenían el carácter superficial que tienen ahora. Era el reconocimiento público de la calidad de una persona. El honor latino era el premio dado a la virtud, al valor. Sólo más tarde se convirtió en patrimonio del alma. Originalmente había sido el juicio de la comunidad. Como sólo existía ese yo social, condensado en el honor, quien lo perdía lo perdía todo. En ese contexto, la vergüenza se vivía como el sentimiento ocasionado por la pérdida real, presunta o temida, de la propia dignidad. El comportamiento indigno, como el ser tratado indignamente, producía vergüenza. Este sentimiento impedía la realización de una acción indecorosa.
Este significado está aún presente cuando hablamos de la vergüenza torera, aquel sentimiento que hace que el torero se comporte dignamente.La idea se empequeñeció. La vergüenza dejó de depender del propio comportamiento y se convirtió en un juicio social que, como tal, podía ser arbitrario, ridículo o terriblemente injusto y destructivo. Camus cuenta en El primer hombre un conmovedor ejemplo. Gracias a la ayuda de su profesor, el pequeño Camus consigue una beca para ir al instituto. Allí, tiene que rellenar un formulario en el que se le pregunta por la profesión de los padres. Tiene que decir que su madre es una “criada”, pero al comenzar a escribir la palabra “se detuvo y de golpe conoció la vergüenza y la vergüenza de haber tenido vergüenza”. (continuará)

jueves, 24 de abril de 2008

Sentimiento y pensamiento

Tengo tanto sentimiento
que es frecuente persuadirme
de que soy sentimental,
mas reconozco, al medirme,
que todo esto es pensamiento,
que yo no sentí al final.


Tenemos, quienes vivimos,
una vida que es vivida
y otra vida que es pensada,
y la única en que existimos
es la que está dividida
entre la cierta y la errada.


Mas a cuál de verdadera
o errada el nombre conviene
nadie lo sabrá explicar;
y vivimos de manera
que la vida que uno tiene
es la que él se ha de pensar.


Fernando Pessoa

miércoles, 23 de abril de 2008

De qué callada manera...


¡De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera !
(Yo, muriendo)

Y de qué modo sutil
me derramó en la camisa
todas las flores de abril.

¿Quién le dijo que yo era risa siempre,
nunca llanto,
como si fuera la primavera?
(No soy tanto)

En cambio, ¡qué espiritual
que usted me brinde una rosa
de su rosal principal!

¡De qué callada manera
se me adentra usted sonriendo,
como si fuera la primavera!
(Yo, muriendo)

Nicolás Guillén

miércoles, 16 de abril de 2008

Territorio místico

Maravillosa calma reinaba en el mundo, y las estrellas parecían derramar sobre la tierra, a la par que su luz serena, promesas de perpetua seguridad (…)

Jim, que estaba sobre el puente, se sentía compenetrado con la gran certidumbre de absoluta seguridad y paz que podía leerse en el callado aspecto de la naturaleza, como aquella otra certidumbre de fecundo amor en la plácida ternura del rostro de una madre (…)

Jim miraba a la brújula, al horizonte inasequible, se desperezaba hasta que le crujían las coyunturas en un retorcimiento pausado de todo el cuerpo, producido por el mismo exceso de bienestar que sentía, y como si la invencible contemplación de la paz le comunicara audacia, le pareció que nada importaba ya lo que pudiera ocurrirle hasta el fin de su vida (…)

“¡Con qué seguridad marcha el barco!”, pensó Jim maravillado, con un sentimiento como de gratitud por aquella paz soberana del mar y del cielo. En tales momentos se multiplicaban en su mente las ideas de grandes hazañas: se sentía enamorado de ellas y le encantaba el feliz éxito que acompañaba a sus imaginarias proezas. Eran lo mejor de su vida, su verdad secreta, su escondida realidad. Rebosaban de una fuerza viril magnífica; tenían el encanto de lo vago; pasaban ante sus ojos con aire heroico, y tras ellas se le iba el alma, embriagada con el divino filtro de una ilimitada confianza en sí mismo. No había nada con que no se atreviera él.

Lord Jim”, capítulo 4. Joseph Conrad.

martes, 15 de abril de 2008

Satisfacción


¿Por qué es tan necesaria la satisfacción?
¿Será acaso para sentirse vivo?
¿Para sentirse esclavo de una fascinación?
¿Para soñar despierto y proclamarse vivo?

¿Para sentirse magnánimo, en la cumbre?
¿Para doblegar el espacio sin condiciones?
¿Para saberse dueño del deseo y la lumbre?
¿Para poseer la exclamación sin inhibiciones?

¿Para escribir con sangre este poema?
¿Para sentirme creador en este espacio?
¿Para diferir en eso de cada loco con su tema?
¿Para encarar el destino de esta tinta no leída?

Satisfacción quédate en esta tierra
Y dale sentido a esta vida


Modificado de Mashas

Plenitud


Delante está el carmín de la emoción.
Y al fondo de la vida,
por el suave azul nublado,
entre las cobres hojas últimas
que se curvan en éxtasis de gloria,
la eterna plenitud desnuda.


(Y el agua una se ve más.
El color es más él, más sólo él,
el olor solo tiene un ámbito mayor,
el calor todo se oye más.
Y grita
en el aire, en el agua,
sobre el calor, sobre el olor, sobre el color,
ante el carmín de la pasión segunda,
la eterna plenitud desnuda.)


¡Armonía sin fin, gran armonía
de lo que se despide sin cuidado,
en luz de oro para luego verde,
que ha de ver tantas veces todavía,
ante el carmín de la ilusión,
la interna plenitud desnuda!


Juan Ramón Jiménez

Alegría


Llegué por el dolor a la alegría.
Supe por el dolor que el alma existe.
Por el dolor, allá en mi reino triste,
un misterioso sol amanecía.

Era alegría la mañana fría
y el viento loco y cálido que embiste.
(Alma que verdes primaveras viste
maravillosamente se rompía. )

Así la siento más. Al cielo apunto
y me responde cuando le pregunto
con dolor tras dolor para mi herida.

Y mientras se ilumina mi cabeza
ruego por el que he sido en la tristeza
a las divinidades de la vida.

José Hierro

martes, 1 de abril de 2008

Abril

Especialmente en abril
se echa a la calle la vida.
Cicatrizan las heridas
y al corazón, como al sol,
se le alegra la mirada
y se abre paso entre las nubes.
Al paisaje se le suben
los colores a la cara.
Y apetece ir donde cubre
a nadar contra corriente.
En abril especialmente
- en Buenos Aires, octubre -.

Se ruega al señor "fulano de tal"
- dice la voz de la conciencia malherida -
que haga el favor de personarse
urgentemente en la salida.
Que el día más insospechado
y de cualquier manera,
en el lugar más imprevisto
se puede aparecer la primavera.

Especialmente en abril
la razón se indisciplina
y como una serpentina
se enmaraña por ahí.
Van buscando los rincones,
sofocadas, las parejas.
Hacen planes y se dejan
llevar por las emociones.
Sin atender, imprudentes,
el consejo de Neruda:
"que las nieves son más crudas
en abril, especialmente".
Especialmente en abril...

"Especialmente en abril". Joan Manuel Serrat

viernes, 28 de marzo de 2008

El asco (y III)

La fuerza del asco para inhibir conductas ha recomendado su utilización como instrumento de educación moral. Junto a la vergüenza y la culpa forma la tríada de sentimientos morales. Sentimos, en efecto, repugnancia ante ciertas conductas. Por ello, los sermones de los moralistas insistían mucho en subrayar la asquerosidad del pecado. En las descripciones del infierno, el olor a azufre era imprescindible. En el siglo X, Odón, abad de Cluny, escribe un exabrupto con el que pretendía eliminar las concupiscencias pecaminosas: “La belleza física no va más allá de la piel. Si los hombres vieran lo que hay debajo de la piel, la vista de las mujeres les sublevaría el corazón. Cuando no podemos tocar con la punta del dedo un escupitajo o la porquería, ¿cómo podemos desear abrazar un saco de estiércol?”. Todavía a mediados del siglo XX, el padre Antonio Royo Marín, un reputado moralista, en el capítulo de su Teología moral para seglares dedicado a la sexualidad, advertía que iba a abordar “una materia escabrosa y nauseabunda”.
Sin embargo, hay algo que rebaja la eficacia de esta retórica: el deseo suspende provisionalmente las reglas del asco, por eso en ocasiones puede llegar a extremos incomprensibles.
También el amor suspende las reglas del asco, como sabe toda madre que tiene que limpiar el culito de su niño. Recuerden que antes les dije que lo opuesto al amor no era el odio –del odio al amor sólo hay un paso– sino el asco. Es una aversión más inmediata y potente. La incompatibilidad entre el amor y el asco nos permite descubrir otra característica de este sentimiento. No sentimos asco por lo que pertenece a la propia intimidad, sino por lo que se halla fuera de ella. Es fácil poner ejemplos. Nadie siente repugnancia al tragar la propia saliva, pero nadie es capaz de beber un vaso lleno con ella. Al salir del cuerpo, queda afectada por las leyes generales de la repugnancia. El sentimiento de pertenencia, por lo tanto, es un gran antídoto contra el asco. Sabemos que hay personas que sienten repugnancia hacia una parte de su cuerpo, porque, de alguna manera, no se identifican con ella. Es el trágico problema de las personas transexuales, que no pueden soportar la vista de sus órganos genitales. El amor, al permitir el ingreso de otra persona en la propia intimidad, al hacer posible un nuevo tipo de vinculación, puede abolir algunas de nuestras repugnancias.
Hay una derivación del sentimiento de asco que me parece trágica. Algunas personas sienten profunda atracción por lo repugnante. No me estoy refiriendo a desviaciones como la coprofagia o a los que buscan excitación en lo que les produce asco, en un proceso muy parecido a los que la buscan en el dolor. Me refiero a algo más profundo: a la búsqueda voluntaria de la abyección. A una especie de hundimiento voluntario en un mundo repulsivo, al envilecimiento. Es una posibilidad humana, pero terrible, esta claudicación de la propia dignidad. En su origen puede haber un deseo de autodestrucción, una protesta contra la sociedad o un afán de expiación. Baudelaire, el autor de Las flores del mal, es un ejemplo claro. Buscaba la liberación de sus fantasmas en la depravación, que era una especie de autocastigo. El lector habrá comprobado cómo un sentimiento puramente fisiológico –el asco– ha ido ampliando su radio de acción, incluyendo elementos morales, sociales, religiosos. Así estamos hechos. El mundo de los sentimientos es una selva fértil, dada a polinizaciones cruzadas, en la que brotan arquitecturas plurales y barrocas, flores maravillosas y flores carnívoras. Por eso es tan apasionante explorarlo.

domingo, 23 de marzo de 2008

Memorias adolescentes

(…) Pero en aquellos días yo iba en busca del amor, y me presenté lleno de curiosidad y de la aprensión – no reconocida por mi parte-, de que, allí, por fin, descubriría esa puerta baja escondida en el muro que otros, lo sabía, habían descubierto antes que yo, que llevaba a un jardín secreto y encantado, en alguna parte oculto, sin que ninguna ventana del corazón de aquella ciudad gris se asomara a él.

(…) y me quedé despierto hasta altas horas de la noche, con café negro helado y galletas secas, empollando los textos abandonados. No recuerdo ni una sílaba de ellos, pero el otro saber, mucho más antiguo, que adquirí durante aquel trimestre me acompañará bajo una u otra forma hasta mi última hora.

(…) Podía decirse también que conocer y amar a otro ser humano, aunque sea uno solo, es la raíz de toda sabiduría.


“Retorno a Brideshead”. Evelyn Waugh

sábado, 22 de marzo de 2008

El asco (II)

La etimología de asco es un ejemplo de las perspicaces equivocaciones que comete el lenguaje. Según Corominas, deriva del castellano antiguo usgo (odio, temor). Según María Moliner, esta palabra se modificó bajo la influencia de asqueroso, que proviene del latín escharosus (lleno de costras). Es, pues, un híbrido etimológico. En inglés, disgust hace referencia al gusto. En efecto, la repugnancia ante una comida es el caso más claro de esta emoción.
Hay un reflejo de defensa que fuerza al organismo a rechazar lo que puede hacerle daño. Pero esta función vital se ha ido ampliando, haciéndose cada vez más metafórica, más simbólica, menos física. La suciedad fue la primera ampliación. Lo sucio produce repugnancia. Entramos ya en un mundo diferente. El concepto de suciedad es cultural. Las normas que la rigen evolucionan con la historia. Nos resultaría difícil comer en la mesa de los nobles medievales, demasiado groseros para nuestra sensibilidad. Norbert Elias, que ha estudiado la evolución de la urbanidad y de las buenas maneras, supone que la prohibición de realizar las funciones fisiológicas en público deriva de nuestro afán por ocultar nuestro origen animal, del deseo de apartarnos de la naturaleza. Esta prohibición se impone mediante la educación del asco.No quedó ahí la ampliación del sentimiento. La suciedad también se relaciona con lo puro y lo impuro, conceptos que están en la base de muchas morales y religiones. Basta leer el Antiguo Testamento para comprobar la variedad de esas prohibiciones tajantes. En el Levítico se señala cuáles son los animales puros o impuros. El cerdo, por ejemplo, es impuro. “No comeréis su carne ni tocaréis sus cadáveres. Serán inmundos para vosotros.” Normas parecidas existen en la cultura hindú o en la musulmana. Algo similar ocurre con la sangre menstrual. Son supersticiones que han llegado casi hasta nuestros días.
El asco también se ha utilizado en todas las propagandas racistas. Se acusa a los enemigos de tener alguna característica física que produzca repugnancia. Pondré como ejemplo un texto de Felix Fabri, un monje del siglo XV que peregrinaba a Jerusalén y que se preguntaba por qué los musulmanes permitían a los cristianos entrar en sus baños públicos. “Se debe a que los sarracenos emiten un hedor horrible y, por eso, realizan continuas abluciones de diversas clases y, puesto que nosotros no olemos mal, no les importa que nos bañemos con ellos. Pero esto no se lo permiten a los judíos, que apestan aún más.” El círculo se amplía y el asco pasa de proteger el cuerpo a proteger el alma. (continuará)