jueves, 8 de noviembre de 2007

Hablo de nosotros

Hablo de nosotros(no sé si es un poema),
hablo de nosotros que no somos sencillos,
pero sí vulgares (como se comprende).

Hablo sin tristeza (y no porque esté alegre),
sin resentimiento (mi odio es de agua fria);
hablo de nosotros y alguien debe entenderme.

Hablo serenamente.
Necesito muy poco(por ejemplo, mi tiempo);
necesito gastar dinero sin pensarlo,
besar dos o tres bocas (sin comprometerme).

Necesito lo justo (superfluo si calculo),
un delirio alegre (razonable en el fondo);
necesito lo poco que nadie quiere darme,
lo mucho que es un hombre.

Pero soy blando y tonto(¿quién al fin no llora?);
soy de fango informe que dulcemente arrastra,
de tierra que a ti me une.

Soy de miseria pura (o de amor infinito),
soy de nada, del todo que al mirarte comprendo,
¡oh pequeño, pequeño, pegajoso, tan tierno,
tan igual a mí!

Gabriel Celaya

La ternura (III)

La pérdida de ternura es la causa de muchos fracasos de pareja. Es como si los enamorados envejecieran de repente: se vuelven adultos, se endurecen los sistemas de autodefensa, surgen relaciones de poder, e incluso llegan a considerar ridículas las ternezas anteriores. “No está el horno para bollos”, dice el refrán. Es muy difícil sentir ternura y ejercer comportamientos de cuidado con quien se muestra exigente o poderoso. Se fijan los roles, que suelen atribuir la ternura a la mujer y al hombre la dureza. El abismo se ahonda. Las sugerencias de que los hombres seamos más femeninos y las mujeres más masculinas, no acaban de cuajar. Mantener la ternura puede ser una solución porque permite la alternancia de papeles. Todos necesitamos dar y recibir ternura, cuidar y ser cuidados, porque todos somos vulnerables.

Creo que la sociedad también la necesita. Ésta sería la gran superexpansión de la ternura, el nuevo gran cambio que debería protagonizar. Sin duda, el mundo necesita la justicia como nivel básico e imprescindible de la convivencia. Pero la justicia puede ser estricta y fría. Para completarla, deberíamos instaurar una cultura del cuidado, impulsada y dirigida por una ternura inteligente. Necesitamos, en cierto sentido, una maternalización de la sociedad, algo que nos hiciera recordar para bien nuestra pequeñez e indefensión. Hanna Arendt consideraba que su maestro –y amante– Heidegger se equivocaba al decir que la angustia ante la muerte era el sentimiento básico. Para ella, era la ternura ante el nacimiento lo que nos hacía humanos. Margaret Mead escribió un libro sobre los arapesh, un pueblo cuyo gran anhelo era que los niños y el ñame que los alimentaba crecieran bien. Me parece un bello ideario. (continuará)
José Antonio Marina

miércoles, 7 de noviembre de 2007

Papel mojado

Con ríos
con sangre
con lluvia
o rocío
con semen
con vino
con nieve
con llanto
los poemas
suelen
ser
papel mojado


Mario Benedetti

martes, 6 de noviembre de 2007

Ojalá

Dedicado a Juanfrancisco ;-)

Instrucciones para dar cuerda a un reloj


Piensa en esto: cuando te regalan un reloj te regalan un pequeño infierno florido, una cadena de rosas, un calabozo de aire. No te dan solamente el reloj, que los cumplas muy felices y esperamos que te dure porque es de buena marca, suizo con áncora de rubíes; no te regalan solamente ese menudo picapedrero que te atarás a la muñeca y pasearás contigo. Te regalan -no lo saben, lo terrible es que no lo saben-, te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo, algo que es tuyo pero no es tu cuerpo, que hay que atar a tu cuerpo con su correa como un bracito desesperado colgándose de tu muñeca. Te regalan la necesidad de darle cuerda todos los días, la obligación de darle cuerda para que siga siendo un reloj; te regalan la obsesión de atender a la hora exacta en las vitrinas de las joyerías, en el anuncio por la radio, en el servicio telefónico. Te regalan el miedo de perderlo, de que te lo roben, de que se te caiga al suelo y se rompa. Te regalan su marca, y la seguridad de que es una marca mejor que las otras, te regalan la tendencia a comparar tu reloj con los demás relojes. No te regalan un reloj, tú eres el regalado, a ti te ofrecen para el cumpleaños del reloj.

Julio Cortázar

lunes, 5 de noviembre de 2007

La ternura (II)


El endurecimiento es un déficit de ternura. Pero también puede haber un exceso, igualmente peligroso. El ablandamiento que produce se convierte entonces en ternurismo y sensiblería. Hundida en ese almíbar, la realidad se vuelve empalagosa. Todos los sentimientos, incluso el amor, pueden ser inteligentes o estúpidos, y la ternura no se libra de esta dura posibilidad. Por eso es imprescindible una educación emocional.

Lo que introduce reciedumbre en la ternura es su relación con el cuidado, que es una relación real, exigente y costosa. Sin ese anclaje en la acción, sin su capacidad para soportar los trabajos del cuidado, la ternura no es más que un estremecimiento superficial, una emoción algodonosa y, con frecuencia, fullera.

Sobrevivimos gracias a la ternura, que es un sentimiento maternal. Incluso sabemos que está relacionada con una hormona especial –la oxitocina– cuyos niveles aumentan, por ejemplo, en el momento de la lactancia.Los pediatras saben que en el origen de muchos trastornos infantiles hay un déficit de ternura, y Spitz estudió las dermatitis rebeldes que sufren los bebés que no son acariciados. Parece que hasta la piel necesita ser cálidamente acogida para desarrollarse bien.
Pero la ternura no se detiene en el ámbito maternal, inicia una expansión, una colonización de otros territorios. Se amplía, en primer lugar a los padres, que en todas las sociedades conocidas suelen sentirse enternecidos por sus bebés, y después a los humanos con una sensibilidad no degradada. Todos nos sentimos dulcificados, aunque sea momentáneamente, por la presencia de un bebé. Es, posiblemente, una protección que la naturaleza concede a un ser tan indefenso, una especie de ángel de la guarda biológico.

Por eso nos resultan tan inhumanos, tan repugnantes, tan contrarios a las más profundas raíces biológicas y morales, los asesinatos de niños pequeños que abundaron durante el horror nazi o en las guerras raciales. Estos hechos nos advierten de que el odio elimina todo sentimiento de cuidado. Y que es muy fácil inducir el odio culturalmente. La cultura, que nos humaniza, también puede deshumanizarnos.

El carácter expansivo de la ternura no termina aquí. Se ha transferido a las relaciones sexuales, gracias al influjo femenino. El sexo es brusco, y rodearlo de ternura ha sido una operación difícil y transfiguradora. Supone un salto cualitativo en nuestras relaciones. Los enamorados se aniñan de alguna manera, experimentan una deliciosa regresión infantil sin dejar de ser adultos, porque la ternura se dirige a lo pequeño, y para disfrutar de ella hay que empequeñecerse un poco. ¿Por qué, si no, utilizan tantos diminutivos para hablarse? Las caricias y los besos forman parte de esta estrategia. Entre los wiru de Papúa-Nueva Guinea, los enamorados se alimentan boca a boca, como hacen con los niños, e incluso tienen una palabra para expresarlo: yanku-peku. (continuará)

José Antonio Marina

domingo, 4 de noviembre de 2007

Sé todos los cuentos


Yo no sé muchas cosas, es verdad.
Digo tan sólo lo que he visto.
Y he visto:
Que la cuna del hombre la mecen con cuentos,
que los gritos de angustia del hombre los ahogan con cuentos,
que el llanto del hombre lo taponan con cuentos,
que los huesos del hombre los entierran con cuentos,
y que el miedo del hombre...
ha inventado todos los cuentos.
Yo no sé muchas cosas, es verdad,
pero me han dormido con todos los cuentos...
y sé todos los cuentos.
León Felipe

Corazón de tinieblas


"Éramos vagabundos en medio de una tierra prehistórica, de una tierra que tenía el aspecto de un planeta desconocido. La Tierra no parecía la Tierra. Nos hemos acostumbrado a verla bajo la imagen encadenada de un monstruo conquistado. Pero allí..., allí podía verse como algo terrible y libre. Era algo no terrenal (...) Aquellas grandes soledades se abrían ante nosotros y volvían a cerrarse, como si la selva hubiera puesto poco a poco un pie en el agua para cortarnos la retirada en el momento del regreso. Penetrábamos más y más en la espesura del corazón de las tinieblas (...) La selva había logrado poseerlo pronto. Me imagino que le había susurrado cosas sobre él mismo que él no conocía, cosas de las que no tenía ni idea hasta que se sintió aconsejado por esa gran soledad... Se había desprendido de la tierra. Su inteligencia seguía siendo perfectamente lúcida, pero su alma estaba loca. Él tenía algo que decir. Había resumido, había juzgado al decir '¡el horror!'. Había dado el último paso, había traspasado la orilla..., ese inapreciable momento en que atravesamos el umbral de lo invisible".

De "El corazón de las tinieblas". Joseph Conrad

viernes, 2 de noviembre de 2007

La ternura (I)


El comienzo de cualquier vida, un bebé, un cachorro... es lo que desboca este sentimiento que aniña a los adultos enamorados, nos lleva a acariciar y mimar a nuestros pequeños y provoca sensaciones de derretimiento. La ternura en acción se convierte en cuidado, y eso es lo que necesita el mundo, extender la ternura, algo que nos recuerde nuestra pequeñez e indefensión.

En 1654, Mademoiselle d’Escudery escribió el “Mapa de la ternura”, que tuvo gran éxito entre los aficionados a la poesía galante y amorosa y dio origen a una cartografía sentimental detalladísima y –todo hay que decirlo– un poco cursi. No extraña su éxito porque la ternura es un delicioso y trascendental sentimiento que protagoniza una de las grandes aventuras de la afectividad humana.

Los sentimientos no son intemporales, sino que tienen historia. Son híbridos de naturaleza y cultura. Las situaciones sociales, las creencias, las modas van modificándolos. Así ha sucedido con los sentimientos familiares o con los sentimientos hacia la naturaleza o hacia los extranjeros. La compasión ha sido elogiada y denostada, y lo mismo sucede con el sentimiento patriótico.

Pues bien, la ternura ha provocado un cambio profundo en las relaciones humanas, y debe provocar al menos otro más. Ya lo entenderán luego.Todas las emociones tienen un mismo esquema. Un desencadenante las provoca, y ellas, a su vez, provocan consecuencias. En el miedo, el desencadenante es la detección de un peligro, verdadero o falso, y las consecuencias pueden ser cuatro: huida, ataque, inmovilidad, sumisión.

En la ternura, el desencadenante es un ser animado –un bebé o un cachorro, por ejemplo cuya pequeñez o vulnerabilidad conmueve, “emociona dulcemente” decían los diccionarios antiguos, despertando en nosotros una atención risueña y un deseo de acogerlo, cuidarlo, acariciarlo. Walt Disney utilizó en sus dibujos –recuerden al pequeño Bambi– los rasgos gráficos que desencadenan este sentimiento: formas pequeñas, redondeadas, ojos muy grandes, una cierta torpeza en los movimientos. No sentimos ternura ni por las cosas ni por los vegetales, a no ser que proyectemos en ellos algún rasgo personal. Ni tampoco por las personas hostiles, autosuficientes o arrogantes.

El miedo y la ternura son incompatibles. También es incompatible con la prisa, que nos vuelve a todos impacientes y violentos.La ternura se llama así porque enternece, vuelve tiernas, blandas y flexibles nuestras barreras defensivas, los blindajes psicológicos se derriten, como dice expresivamente el lenguaje. Por eso, lo contrario de este sentimiento es la insensibilidad, la dureza de corazón, que todos los maestros espirituales han considerado gran pecado.
El profeta Ezequiel resume la acción salvadora de Dios con una frase: “Os quitaré el corazón de piedra y os daré un corazón de carne” (Ez. 36,26). En la Biblia se atribuye a Dios –a veces, sólo a veces– un comportamiento tierno. Se dice de Él que se conmueve hasta las entrañas, y para decirlo se utiliza la palabra que significa útero, entrañas maternales. Por eso resulta explicable que en la edad media hubiera una devoción a Jesucristo como Madre. Era solamente un anhelo de ternura divina. (continuará)
José Antonio Marina

jueves, 1 de noviembre de 2007

Formas de ver

Cinco judíos cambiaron la forma de ver y definir el mundo:






Moises dijo: La ley es todo.

Jesús dijo: El amor es todo.

Marx dijo: El dinero es todo.

Freud dijo: El sexo es todo.

Einstein dijo: Todo es relativo.

miércoles, 31 de octubre de 2007

Bajo una pequeña estrella


Que me disculpe la coincidencia por llamarla necesidad.
Que me disculpe la necesidad, si a pesar de ello me equivoco.
Que no se enoje la felicidad por considerarla mía.
Que me olviden los muertos que apenas si brillan en la memoria.
Que me disculpe el tiempo por el mucho mundo pasado por alto a cada segundo.
Que me disculpe mi viejo amor por considerar al nuevo el primero.
Perdonadme, guerras lejanas, por traer flores a casa.
Perdonadme, heridas abiertas, por pincharme en el dedo.
Que me disculpen los que claman desde el abismo el disco de un minué.
Que me disculpe la gente en las estaciones por el sueño a las cinco de la mañana.
Perdóname, esperanza acosada, por reírme a veces.
Perdonadme, desiertos, por no correr con una cuchara de agua.
Y tú, gavilán, hace años el mismo, en esta misma jaula,
inmóvil mirando fijamente el mismo punto siempre,
absuélveme, aunque fueras un ave disecada.
Que me disculpe el árbol talado por las cuatro patas de la mesa.
Que me disculpen las grandes preguntas por las pequeñas respuestas.
Verdad, no me prestes demasiada atención.
Solemnidad, sé magnánima conmigo.
Soporta, misterio de la existencia, que arranque hilos de tu cola.
No me acuses, alma, de poseerte pocas veces.
Que me perdone todo por no poder estar en todas partes.
Que me perdonen todos por no saber ser cada uno de ellos, cada una de ellas.
Sé que mientras viva nada me justifica porque yo mismo me lo impido.
Habla, no me tomes a mal que tome prestadas palabras patéticas
y que me esfuerce después para que parezcan ligeras.

Wislawa Szymborska - Premio Nobel de Literatura 1996

La belleza de lo efímero


Nos atrae su poder, su capacidad de transformación escondida, su misterio. Un suceso fugaz, un pestañeo del pensamiento, una vuelta de tuerca emocional pueden ser definitivos.
Un día alguien ve una foto en un periódico y su vida se transforma, ¿no es impresionante? Ahora mismo evoco la fugacidad de un rayo de luna en una escalera, el olor de los jazmines de Granada, un roce delicado de una piel. También recuerdo el impacto que causaron en mí una mirada de angustia, cierta palabra inoportuna o aquellos tres minutos interminables, cuando me tragaba el mar y no había arriba, ni abajo, solo oscuridad, arena, golpes y miedo. Si lo pequeño es infinitamente divisible, como sabían bien Aquiles y la tortuga, lo efímero puede ser infinitamente duradero.
Un segundo puede permanecer para siempre en la memoria. En un instante se gana la gloria, en un segundo se pierde una vida, ¿hay algo más permanente? Está claro, lo efímero es fascinante. Algunos hombres regalan plantas en vez de flores porque duran más, pero a algunas mujeres nos gustan las flores porque duran menos.
Lo duradero debe ser el optimismo, la esperanza, la curiosidad, el amor…, pero no otras cosas, como los objetos que permanecen mucho tiempo en el mismo sitio, o como las toallas demasiado fieles. Hay cosas que tienen que durar poco, algunas deben durar poquísimo. En 13 minutos se sale de la atmósfera en un cohete espacial; tres minutos más seguro que serían insoportables. La fugacidad es una cualidad necesaria, sin la cual se desvirtuarían ciertas conductas.
¿Cuánto tiene que durar un abrazo? ¿Acaso si es prolongado es más cariñoso o solo es más asfixiante? Las personas que tienen talento corporal saben decir mucho en un segundo de intensidad. Una sola palabra cabalgando en una mirada es efímera mientras se ejecuta, pero puede ser un dardo envenenado de ternura.
En fin, hace tiempo que se rompió la hegemonía de la fuerza sobre la delicadeza. Ya es hora de desbancar el poder de lo duradero. En la dialéctica de los filósofos griegos, entre lo que permanece y lo que cambia, lo tengo claro… lo seductor es que sea imposible bañarse dos veces en el mismo río.
Pilar Varela

lunes, 29 de octubre de 2007

Soliloquio de Hamlet (Ser o no ser)


¡Ser, o no ser, es la cuestión!
¿Qué debe más dignamente optar el alma noble
entre sufrir de la fortuna impía el porfiador rigor,
o rebelarse contra un mar de desdichas,
y afrontándolo desaparecer con ellas?

Morir, dormir, no despertar nunca más,
poder decir todo acabó;
en un sueño sepultar para siempre
los dolores del corazón,
los mil y mil quebrantos
que heredó nuestra carne,
¡quién no ansiara concluir así!

¡Morir... quedar dormidos...
Dormir... tal vez soñar!
¡Ay! allí hay algo que detiene al mejor.
Cuando del mundo no percibamos ni un rumor,
¡qué sueños vendrán en ese sueño de la muerte!
Eso es, eso es lo que hace el infortunio planta de larga vida.

¿Quién querría sufrir del tiempo el implacable azote,
del fuerte la injusticia,
del soberbio el áspero desdén,
las amarguras del amor despreciado,
las demoras de la ley,
del empleado la insolencia,
la hostilidad que los mezquinos juran al mérito pacífico,
pudiendo de tanto mal librarse él mismo,
alzando una punta de acero?

¿Quién querría seguir cargando
en la cansada vida su fardo abrumador?...
Pero hay espanto ¡allá del otro lado de la tumba!
La muerte, aquel país que todavía está por descubrirse,
país de cuya lóbrega frontera ningún viajero regresó,
perturba la voluntad,
y a todos nos decide
a soportar los males que sabemos
antes que ir a buscar lo que ignoramos.

Así, ¡oh conciencia!,
de nosotros todos haces unos cobardes,
y la ardiente resolución original
decae al pálido mirar del pensamiento.
Así también enérgicas empresas,
de trascendencia inmensa,
a esa mirada torcieron rumbo,
y sin acción murieron.

William Shakespeare

A propósito del cambio climático


El cambio climático ha alcanzado carácter de dogma y a su alrededor ha crecido una religión con sus rituales, sus feligreses, sus pecados y sus condenas. Que el Gran Oficiante de esta nueva creencia sea Al Gore no viene sino a confirmar su carácter de patraña y coartada total.
Afiliarse en la defensa del planeta, combatir el agujero de ozono, ducharse deprisa o desconectar la calefacción, va creando un ejército revolucionario de salvación cuyo cariz infantil recuerda los juegos de guardería y los entretenimientos de los hippies en sus versiones más indolentes respecto a la justicia social.
No hay nada como acentuar las amenazas que sufre la Humanidad para perder de vista sus males presentes. El mundo puede sucumbir si no se modifica la relación con los lagos, el aire, los animales y de ello se deriva un descuido de la desorganización política del mundo. La biodiversidad sustituye a la democracia, tirar una pila al suelo se iguala a un inefable delito, no defender la supervivencia de los linces hunde en el mayor descrédito al ayuntamiento o la administración. Y lo que es más rotundo: no implicarse activamente y emocionalmente en la defensa del planeta significa acaso carecer de principios cuando no de hallarse inscrito entre los individuos sospechosos de todo lo peor. El crimen incluido.

Vicente Verdú

domingo, 28 de octubre de 2007

El azar


Estamos pensando intensamente en alguien y esa persona, de repente, aparece entre la muchedumbre. Los racionalistas explican este prodigio a través de la ecuación contraria al virtual misterio de la aparición. No surge aquella persona porque nuestro pensamiento la evoca con mucha fuerza sino que la persona se halla previamente allí y sólo es nuestra extremada alerta quien la detecta.
De este modo, el mundo se desencanta y en su continuación mostrará una sucesión de secuencias con mediocre entusiasmo para los seres humanos. Como le sucede a los mismos animales, se come y se complace en los campos donde hay pasto, se ayuna y se pena en los territorios estériles o ralos. El mundo y la vida que discurre en el interior de ese universo se comporta como un simple artilugio mecánico y en absoluto como un sortilegio.
La casualidad, la serendipity, constituía en el ámbito de la fe el último y más socorrido reducto para creer en la intervención mágica. Pero si la casualidad, la coincidencia, lo fortuito pierden su naturaleza milagrosa ¿qué nos queda esperar? ¿tan sólo el resultado de la concatenación entre la actuación y el resultado, el encadenamiento entre la siembra y la cosecha, la hoz y el grano, la esforzada carrera y la anticipada meta?
Sin azar la vida pierde gran parte de su mejor interés. Negar, por tanto, las explicaciones lógicas, la concatenación causa-efecto, la ordinaria relación espacio-tiempo, se convierte así en un afán imprescindible para defender el superior valor de la vida y lo que es más decisivo: su irracionalidad y su sinsentido.
Vicente Verdú

sábado, 27 de octubre de 2007

Somos...


Hombres o mujeres, de izquierdas o conservadores, sureños o del norte, más de carne o más de pescado, de mar o montaña, de coca-cola o pepsi. Algunas definiciones se complican más: somos niños, adolescentes o adultos, del Atlético, del Barça o del Real Madrid, leemos el ABC, El Mundo o El País, creyentes, ateos o agnósticos.

Cada etiqueta se suma a las anteriores, y crean un perfil excluyente pero no complejo. Al contrario, cada elección nos simplifica la vida, como si nos colocáramos, obedientemente, en estanterías y carpetas, dispuestos para que nos dieran lo que necesitamos. O a exigir lo que nos falta para la siguiente escalada, de tramo en tramo.

Y necesitamos maquinillas de afeitar azules, o de depilar, rosas; complicidad socialista o alusiones de derechas, chistes de Lepe o de Bilbao, chuletones o besugo, Torrevieja o Jaca, lata roja o lata azul. La división en castas o clases sociales se enmascara ahora de elecciones: hábitos (esto es lo que somos) o elecciones (esto nos gustaría tanto, tanto, ser...). Cada objeto que obtenemos nos permite subir un escalón más en una definición en la que sentirnos cómodos, en la que buscar cómplices, aliados, y referencias; porque, pese al cambio de formas, la lucha entre opuestos continúa intacta.

Somos una imagen social de la que se deduce información constante, tanto o más que cuando los mandarines chinos asignaban o prohibían colores para su corte y el pueblo. Algunos criterios siguen siendo los de siempre: el coche, ahora sin animales de tiro; la casa, su tamaño y ubicación; las vestiduras, la calidad y cantidad de la comida. Ahora se ha trocado el apellido por las marcas, ese apellido adoptado, la huella de nobleza por la formación académica, la belleza por la eterna juventud, y las habilidades artísticas por las tecnológicas. Nada de lo que ansiamos se nos da ya: hay que obtenerlo a cambio de dinero. Sin embargo, parte de ese dinero sí continúa condicionado por el apellido, la belleza, la familia y la capacidad artística.

El bucle se cierra, la paradoja regresa sobre sí misma, y nuevamente cada elección excluye su opuesto y lo incluye. Somos hombres porque no somos mujeres, somos niños porque no somos adultos. Lo que no somos define nuestros bordes. Somos, por tanto, más frágiles, más inconscientes, más complejos, más lentos de reacción de lo que creemos. Las historias cuentan más que nunca. Las parábolas ya no incluyen enseñanzas. Se llaman anuncios, y nos muestran la otra vida, la irreal, la que no llevamos, la que deberíamos llevar.
Espido Freire

jueves, 25 de octubre de 2007

El ruido y la furia (fragmento)


"Quentin, que amaba no el cuerpo de su hermana, sino algún concepto de honor familiar y (él lo sabía bien), temporalmente suspendido en la frágil y diminuta membrana de su virginidad, semejante al equilibrio de una miniatura en la inmensidad de la esfera terrestre sobre el hocico de una foca amaestrada.
Quien amaba, no la idea del incesto que no cometería, sino algún presbiteriano concepto de su eterno castigo: él y no Dios, podría arrojarse a sí mismo y a su hermana al infierno, donde eternamente podría protegerla y cuidarla para siempre jamás, invulnerable ante las llamas inmortales.
Él que sobre todas las cosas amaba la muerte, y que quizá sólo amaba a la muerte, amó y vivió con deliberada y pervertida curiosidad, tal y como ama un enamorado que deliberadamente se reprime ante el prodigioso cuerpo complaciente, dispuesto y tierno de su amada, hasta que no puede soportarlo y entonces se lanza, se arroja, renunciando a todo, ahogándose."
William Faulkner

Sin límites


"Antes del vino,
mucho antes de las uvas,
infinitamente antes de la vid...
... ya estábamos borrachos"

viernes, 19 de octubre de 2007

Otro ritmo posible


Un buen verso
no sacia el hambre.

Un buen verso
no construye un jardín.

Un buen verso
no derriba al tirano.

Un verso
en el mejor de los casos consigue
cortarte la respiración
(la digestión casi nunca)

y su ritmo insinúa otro ritmo posible
para tu sangre y para los planetas.

Jorge Riechmann (de "Poesía practicable")

Debo ser algo tonto


Debo ser algo tonto
porque a veces me ocurre que me pongo a hablar solo,
y digo cosas locas,
digo nombres bonitos de muchachas y barcos
o títulos de libros que nadie ha escrito nunca.
Debo ser algo tonto.

Babeo, grito y lloro.
Los verbos absolutos me llenan de ternura
y esas vocales sueltas, inútiles, redondas,
que vuelan para nada,me elevan boquiabierto hacia no sé qué gozos.
Soy feliz y, por eso, también un poco tonto.
Gabriel Celaya

Cuéntame cómo vives ( cómo vas muriendo )


Cuéntame cómo vives;
dime sencillamente cómo pasan tus días,
tus lentísimos odios, tus pólvoras alegres
y las confusas olas que te llevan perdido
en la cambiante espuma de un blancor imprevisto.

Cuéntame cómo vives.
Ven a mí, cara a cara;
dime tus mentiras (las mías son peores),
tus resentimientos (yo también los padezco),
y ese estúpido orgullo (puedo comprenderte).

Cuéntame cómo mueres.
Nada tuyo es secreto:
la náusea del vacío (o el placer, es lo mismo);
la locura imprevista de algún instante vivo;
la esperanza que ahonda tercamente el vacío.

Cuéntame cómo mueres,
cómo renuncias -sabio-,
cómo frívolo brillas de puro fugitivo,
cómo acabas en nada
y me enseñas, es claro, a quedarme tranquilo.
Gabriel Celaya

10 años del Guggenheim - Bilbao


jueves, 18 de octubre de 2007

Para un esteta


Tú que hueles la flor de la bella palabra
acaso no comprendas las mías sin aroma.
Tú que buscas el agua transparente
no has de beber mis aguas rojas.

Tú que sigues el vuelo de la belleza, acaso
nunca jamás pensaste cómo la muerte ronda
ni cómo vida y muerte -agua y fuego- hermanadas
van socavando nuestra roca.

Perfección de la vida que nos talla y dispone
para la perfección de la muerte remota.
Y lo demás, palabras, palabras, y palabras,
¡ay, palabras maravillosas!

Tú que bebes el vino en la copa de plata
no sabes el camino de la fuente que brota
en la piedra. No sacias tu sed en agua pura
con tus dos manos como copa.

Lo has olvidado todo porque lo sabes todo.
Te crees dueño, no hermano menor de cuanto nombras.
Y olvidas las raíces ( «Mi Obra», dices ), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

No has venido a la tierra a poner diques y orden
en el maravilloso desorden de las cosas.
Has venido a nombrarlas, a comulgar con ellas
sin alzar vallas a su gloria.

Nada te pertenece. Todo es afluente, arroyo.
Sus aguas en tu cauce temporal desembocan.
Y hechos un solo río os vertéis en el mar
«que es el morir», dicen las coplas.

No has venido a poner orden, dique.
Has venido a hacer moler la muela con tu agua transitoria.
Tu fin no está en ti mismo ( «Mi Obra», dices ), olvidas
que vida y muerte son tu obra.

Y que el cantar que hoy cantas será apagado un día
por la música de otras olas.
De "Quinta del 42". Fernando Hierro

Sobrevivir con uno mismo

Nada es más exigente que encontrarse diariamente con que uno ha de soportarse. Y no ya solo por lo monótonos que nos parecemos, sino porque, en verdad, conocemos bien nuestras insuficiencias y obsesiones. Somos más reiterativos de lo que creemos. Con todo, no es la repetición lo más insufrible. Estamos poblados también de frustraciones y de culpa. Y no exclusivamente por las cosas hechas mal, sino por tantas otras desatendidas, no cumplidas, olvidadas, descuidadas. Una vida es una ingente cantidad de tareas sin realizar, de vidas no vividas. No es que hayamos de incidir en remordimientos, ya se ocupan ellos de efectuar su labor, aunque el mayor de los pesares suele obedecer, en última instancia, a lo no hecho, por indecisión, por torpeza, por vagancia o, incluso sencillamente, por esa dejadez tan activa que nos impulsa a vernos acunados por los acontecimientos, adormilados por lo que nos pasa.

No son, sin embargo, las tareas no efectuadas o mal hechas las que conforman el temblor de nuestro corazón. Los otros, el otro, este o aquella, el afecto no dado, no acogido, el daño ocasionado, la respuesta tibia, insuficiente, o negada, el desamparo provocado, la desatención, cuando no simplemente el descuido, forman parte ya de aquello con lo que tenemos que vivir y que ya nos constituye. Cada día hemos de decidir reconociendo que lo elegido, siquiera en el modo de una indiferencia, nos acompañará siempre. Hemos de saber que quizá lamentaremos no haber estado a la altura de las circunstancias, en definitiva no haber sabido querer y, ni siquiera, querernos. En cada ocasión, vayamos donde vayamos, allí estamos. Hagamos lo que hagamos, tenemos que ver con ello. Abrazar nuestras carencias no es cómodo. No hacerlo es suicida.

No es cuestión de resignarse, ni de castigarse permanentemente de modo cada vez más sofisticado, ni de compadecerse de sí mismo, como si uno fuera la principal víctima de la injusticia del mundo. Y, menos aún, de dejarse gobernar por los propios estados de ánimo, ni de que los trabajos nos dominen y las relaciones nos agobien. Quien no se quiere es peligroso. Quien se gusta demasiado también. Éste el desafío: quererse sin, tal vez, gustarse. De lo contrario seremos, simplemente, poco soportables. Y no solo para los demás. Sobreponernos a nuestra, a veces, insidiosa compañía es también trabajar y soñar por encima de nuestra realidad, resucitar cada día y liberarnos de la resistencia a abrazarnos también a nosotros mismos. Y recrearnos para sobrevivirnos gozosos en cada ocasión.
Ángel Gabilondo

miércoles, 17 de octubre de 2007

Abrazado a la tristeza - Fito y Fitipaldis

He salido a la calle abrazado a la tristeza:
vi lo que no mira nadie y me dio vergüenza y pena.

Los llantos desconsolados que estrangulan las gargantas;
los ancianos encorvados: parece que la tierra les llama.

La justicia está arrestada por orden de la avaricia;
el dinero que te salva es el mismo que te asesina.

No me des más esperanzas: sé que todo son mentiras;
sacos llenos de agujeros para guardar alegrías.

Me da pena que se admire el valor en la batalla;
menos mal que con los rifles no se matan las palabras...
menos mal que con los rifles no se matan las palabras...

martes, 16 de octubre de 2007

Tributo a Edward Hopper

Habitaciones al mar, 1951

Domingo, 1926

Interior de verano, 1909

Habitación de hotel, 1931

Verano, 1943

Noctámbulos, 1942

Cómo acercarse a las fábulas

Con precaución, como a cualquier cosa pequeña. Pero sin miedo. Finalmente se descubrirá que ninguna fábula es dañina, excepto cuando alcanza a verse en ella alguna enseñanza. Esto es malo.
Si no fuera malo, el mundo se regiría por las fábulas de Esopo; pero en tal caso desaparecería todo lo que hace interesante el mundo, como los ricos, los prejuicios raciales, el color de la ropa interior y la guerra; y el mundo sería entonces muy aburrido, porque no habría heridos para las sillas de ruedas, ni pobres a quienes ayudar, ni negros para trabajar en los muelles, ni gente bonita para la revista Vogue.
Así, lo mejor es acercarse a las fábulas buscando de qué reír.
—Eso es. He ahí un libro de fábulas. Corre a comprarlo. No, mejor te lo regalo: verás, yo nunca me había reído tanto.

lunes, 15 de octubre de 2007

¿Cómo hacerte saber que siempre hay tiempo?



Que uno sólo tiene que buscarlo y dárselo,

Que nadie establece normas salvo la vida,

Que la vida sin ciertas normas pierde forma,

Que la forma no se pierde con abrirnos,

Que abrirnos no es amar indiscriminadamente,

Que no está prohibido amar,

Que también se puede odiar,

Que el odio y el amor son afectos

Que la agresión porque sí hiere mucho,

Que las heridas se cierran,

Que las puertas no deben cerrarse,

Que la mayor puerta es el afecto,

Que los afectos nos definen,

Que definirse no es remar contra la corriente,

Que no cuanto más fuerte se hace el trazo más se dibuja,

Que buscar un equilibrio no implica ser tibio,

Que negar palabras implica abrir distancias,

Que encontrarse es muy hermoso,

Que el sexo forma parte de lo hermoso de la vida,

Que la vida parte del sexo,

Que el "por qué" de los niños tiene un porque,

Que querer saber de alguien no es sólo curiosidad,

Que querer saber todo de todos es curiosidad malsana,

Que nunca está de más agradecer,

Que la autodeterminación no es hacer las cosas solo,

Que nadie quiere estar solo,

Que para no estar solo hay que dar,

Que para dar debimos recibir antes,

Que para que nos den hay que saber también cómo pedir,

Que saber pedir no es regalarse,

Que regalarse es, en definitiva, no quererse,

Que para que nos quieran debemos demostrar qué somos,

Que para que alguien "sea" hay que ayudarlo,

Que ayudar es poder alentar y apoyar,

Que adular no es ayudar,

Que adular es tan pernicioso como dar vuelta la cara,

Que las cosas cara a cara son honestas,

Que nadie es honesto porque no roba,

Que el que roba no es ladrón por placer,

Que cuando no hay placer en las cosas no se está viviendo,

Que para sentir la vida no hay que olvidarse que existe la muerte,

Que se puede estar muerto en vida,

Que se siente con el cuerpo y la mente,

Que con los oídos se escucha,

Que cuesta ser sensible y no herirse,

Que herirse no es desangrarse,

Que para no ser heridos levantamos muros,

Que quien siembra muros no recoge nada,

Que casi todos somos albañiles de muros,

Que sería mejor construir puentes,

Que sobre ellos se va a la otra orilla y también se vuelve,

Que volver no implica retroceder,

Que retroceder también puede ser avanzar,

Que no por mucho avanzar se amanece más cerca del sol,

¿Cómo hacerte saber que nadie establece normas salvo la vida?
Mario Benedetti

domingo, 14 de octubre de 2007

Leer


"Las razones que puede dar un escritor para leer son, supongo, tan previsibles como las que podría dar un compositor para escuchar música o un director de cine para ver películas.
Quizá un profesor dijera a sus alumnos que leyendo se aprenden infinidad de cosas, presentes y pasadas; que se ejercita la imaginación; que se adquieren conocimientos que nos serán de gran utilidad en la vida y hasta que uno se ayuda a sí mismo a triunfar.
Todo eso es cierto, a mi parecer, pero nada de ello es exclusivo de la literatura, de la novela, la poesía, los cuentos. Lo que sí nos da la literatura, y sólo ella, es, creo yo, la posibilidad de ser también otros de los que somos, y de vivir las vidas que seguramente nunca viviremos, y por lo tanto de descansar a ratos, de nosotros mismos, algo en verdad necesario y muy satisfactorio. Y además, si no nos puede explicar los misterios de la existencia, por lo menos nos los muestra y nos los cuenta. Y eso es ya muchísimo. Es casi algo ilimitado."
Javier Marías

Sentido Común según Descartes


Dedicado a Mercedes, con ánimo de arrojar luz en su búsqueda ;-)

"El buen sentido es lo que mejor repartido está entre todo el mundo, pues cada cual piensa que posee tan buena provisión de él, que aún los más descontentadizos respecto a cualquier otra cosa, no suelen apetecer más del que ya tienen. En lo cual no es verosímil que todos se engañen, sino que más bien esto demuestra que la facultad de juzgar y distinguir lo verdadero de lo falso, que es propiamente lo que llamamos buen sentido o razón, es naturalmente igual en todos los hombres; y, por lo tanto, que la diversidad de nuestras opiniones no proviene de que unos sean más razonables que otros, sino tan sólo de que dirigimos nuestros pensamientos por derroteros diferentes y no consideramos las mismas cosas. No basta, en efecto, tener el ingenio bueno; lo principal es aplicarlo bien. Las almas más grandes son capaces de los mayores vicios, como de las mayores virtudes; y los que andan muy despacio pueden llegar mucho más lejos, si van siempre por el camino recto, que los que corren, pero se apartan de él"

Fragmento del "Discurso del Método". René Descartes