jueves, 3 de enero de 2008

El silencio

"Lo que más me gusta es el árbol que habla, es el único que da un fruto doble. En él se puede distinguir entre el silencio y el mutismo. Porque un hombre con el corazón henchido de mutismo y otro con el corazón henchido de silencio no se parecen en nada".

Milorad Pavic

En ocasiones, cultivamos el silencio con alguien. No por ello dejamos de decirnos. Hay palabras que lo preservan. No faltan, aunque son infrecuentes, quienes con su decir adecuado, conveniente, convincente, son capaces de componer y de conformar espacios de silencio donde respirar y desear. Es como si a su lado fuera posible reponerse de una sarta de dichos, dimes y diretes, de una sobredosis de información, de un empacho de noticias, anécdotas y curiosidades, en ocasiones pretenciosas, que, con la vitola de la actualidad, no hacen sino acallar el presente.Respondemos, a veces, con un elocuente silencio. No hablamos, pero decimos. Abrimos un tiempo entre palabras que es más que una pausa o un puente tendido. Es como si lo dicho se desfondara hacia otro lugar donde volver a responder y vibrar. No es solo que no digamos para ocultar o para no mentir, o para hacerlo, o para desconcertar. Aprender a tachar nuestras propias palabras, a borrarlas cada vez, a no entronizarlas grandilocuentemente, es devolverles esa sencillez en la que se limitan a decir lo que dicen. En ese silencio es cuando en verdad hacen.Hay en ciertos rostros una mirada del silencio, un rastro de su fecunda labor. No es la palabra de una rendición o de un temor, sino la serena convivencia con un espacio despoblado de fruslerías, no un simple vacío, sino un vaciamiento de las estupideces cotidianas, una habitación, una meditación. Y se les nota.Quedar con alguien para silenciarse con él, con ella, no es simplemente conjurarse para guardar secreto alguno. Es proponerse otro modo de decir y de decirse, en el que en lugar de lanzar sobre el otro una sarta de palabras, quedamos concitados a escuchar a la vez. Y entonces cabe hablar como si las palabras nos vinieran del otro y no de ninguna intención interior. Escuchar con alguien es generar posibilidades al silencio. Hay quienes no lo soportan y necesitan que haya una proliferación de sonidos. Todo lo pueblan de ruidos, más o menos articulados. Taponan los oídos con la excusa de oír otras melodías. No pueden resistir lo que se escucha en el silencio, el rumor incesante, el murmullo insonoro, o quizá el propio latido de sus deseos e insatisfacciones. Convivir con el silencio constitutivo es la única posibilidad de decir una verdad. Quien lo hace podría tal vez entregarse a la palabra que nos llega y entonces es que daría gusto oírle.

Ángel Gabilondo

miércoles, 26 de diciembre de 2007

¡FELIZ 2008!

¿Qué harás en Nochevieja?


"What Are You Doing New Year's Eve"

When the bells all ring and the horns all blow
And the couples we know are fondly kissing.
Will I be with you or will I be among the missing?

Maybe it's much too early in the game
Ooh, but I thought I'd ask you just the same
What are you doing New Year's
New Year's eve?

Wonder whose arms will hold you good and tight
When it's exactly twelve o'clock that night
Welcoming in the New Year
New Year's eve

Maybe I'm crazy to suppose
I'd ever be the one you chose
Out of a thousand invitations
You received

Ooh, but in case I stand one little chance
Here comes the jackpot question in advance:
What are you doing New Year's
New Year's Eve?

miércoles, 19 de diciembre de 2007

Demasiado bonito para ser cierto

Un celebrado psicólogo, Jean Piaget, dedicó muy bellas páginas al asunto de si los niños creen de verdad en los Reyes Magos. Su conclusión era que los niños creen en los Reyes Magos, aunque saben perfectamente que sus padres han comprado los regalos. Esta contradicción sólo aturde a los ciudadanos afectados por una severa racionalidad.
Un docto historiador francés, Paul Veyne, dedicó hace años un estudio al mismo tema. Quería averiguar si los griegos creían de verdad en sus mitos. ¿Algún amigo de Platón o de Sócrates podía creer que para copular con Leda había Zeus tomado la forma de un cisne? Su conclusión no difería de la de Piaget: antes de la era moderna, antes del dominio científico y la difusión del espíritu crítico, era cabalmente compatible creer y no creer en algo. Las leyendas tenían su verdad y la geometría otra.
No es tan extraño. En vida suya muchas veces me pregunté (aunque nunca osé planteárselo) si mi abuela creía de verdad en un dios que era, a su vez, tres dioses, uno de los cuales había nacido de una virgen humana y por lo tanto podía morir sin por ello dejar de ser tan inmortal como los otros dos. Supongo yo que todavía queda mucha gente que cree en estas leyendas y que a lo mejor se molesta si alguien dice que se trata de mitos poéticos, fábulas, cuentos. Incluso en personas capaces de usar el teléfono y la calculadora, conducir un automóvil o invertir en fondos de pensiones, persiste esa capacidad que solemos considerar infantil o arcaica y que no tiene dificultad alguna en creer algo increíble. Por supuesto, tampoco ve contradicción en llevar una vida racional, hipertécnica, y asumir disparates. Como usar Internet, pero para consultar el horóscopo.
Ciertamente, es un proceder reservado a un tipo especial de personas: idólatras, primitivas, poéticas. Así que somos injustos cuando tachamos a ciertos políticos profesionales de cínicos. No lo son. Pertenecen a ese envidiable grupo que puede creer ciegamente en algo, sabiendo que es absolutamente falso. Y dormir como excitados infantes en la noche de Reyes.
Félix de Azúa

martes, 18 de diciembre de 2007

El corazón perplejo

Desventurado corazón perplejo,
inconsecuente corazón, no dudes.
No tiembles nunca más por lo que sabes,
no temas nunca más por lo que has visto.

Calamitoso corazón, alienta.
Aprende en este ahora
el pálpito que vuelve con lo eterno,
para latir conforme en valentía.
Los números del mundo están cifrados
en la clave de un sol tan rutilante
que te ciega los ojos si calculas.

Ciégate en esperanza, errátil corazón,
suma los números.
Un orden en su imán te está esperando.
Desde el final del tiempo se levanta
un ácido perfume de hojas muertas.
Respíralo y respira su secreto.

Abre de par en par tu incertidumbre.
No permitas
que encuentre domicilio la tibieza,
ni que este inescrutable amor oscuro
cometa el gran pecado de estar triste.

Acógete a ti mismo en tus entrañas
con tu abrazo más fuerte,
tu mejor padre en ti, tu mejor hijo,
gobierna tu ocasión de madurez.

Insiste una vez más,
aspira en estas rosas
su pútrido fermento enamorado.
En este desvarío de tu voz
se desnuda el enigma, transparece
la recompensa intacta de estar siendo.
Aquí estamos tú y yo,
altivo corazón, en desbandada.
A fuerza de caer, desvanecidos,
y a fuerza de cantar, enajenados.

Carlos Marzal

lunes, 17 de diciembre de 2007

Ordenadores en el aula

Frente a los que piensan que «lograr» que haya un ordenador en cada aula del país es una especie de conquista de la civilización similar al calendario de vacunación o la alfabetización universal, opino que la presencia de los ordenadores en los colegios e institutos debería retrasarse lo más posible. ¿Por qué?
1º) Porque los niños no necesitan «aprender» a usar un ordenador. Los niños ya saben usar un ordenador, incluso los que no lo han usado nunca. En realidad, lo único que resulta verdaderamente difícil para usar un ordenador a nivel de usuario es escribir a máquina. Por lo demás, para saber usar un ordenador no hay nada que «aprender». Basta con tener dedos en las manos, no tener Parkinson y poder mover el dedo índice de arriba abajo.
2º) Porque los ordenadores no son «instrumentos de aprendizaje», por mucho que a algunos les guste pensar que lo son o que pueden serlo. El verdadero aprendizaje es el que se hace de forma oral y proviene de un maestro en una disciplina, sea la historia, el latín, la fisiología o las leyes, y los principales instrumentos de ayuda para este aprendizaje son los libros, siempre han sido los libros y siempre serán los libros. Los libros y las publicaciones periódicas de prestigio, claro está.
Internet (que es, metonímicamente, de lo que estamos hablando realmente al referirnos a los «ordenadores») es, desde el punto de vista académico, una herramienta que nos facilita las cosas porque nos proporciona inmensas cantidades de información de forma instantánea. Pero esa información sólo es útil para aquellos que han alcanzado una madurez intelectual y poseen una formación previa. En ningún caso puede sustituir a las verdaderas fuentes de información que, insistimos, son los libros y las publicaciones periódicas prestigiosas.
Todos sabemos que uno puede fingir que es un experto en cualquier tema con sólo una hora de googlizar. Pero fingir un conocimiento no es lo mismo que poseerlo.
3º) Los ordenadores presentan el conocimiento, de forma fragmentaria y arbitraria, bajo la apariencia de trozos iluminados, frecuentemente acompañados de brillantes imágenes, por los que es posible transitar en cualquier dirección. Esta supuesta «libertad» de Internet es una mera apariencia, pero se presta a todo tipo de discursos estupendos donde se defiende la posibilidad de que cada uno cree su propio itinerario «personalizado» o se cantan las alabanzas del pensamiento «no lineal».
Pero todo esto no es más que basura. El conocimiento ha de ser «lineal» en el sentido de que para aprender cualquier cosa es necesario seguir un cierto orden y pasar por unas ciertas etapas, del mismo modo que leer una novela quiere decir leerla desde la primera página hasta la última y tal lectura no puede sustituirse por el chapoteo desordenado por una serie de pasajes «destacados» o «significativos». Nuestra vida es lineal porque sucede en el tiempo. La historia es lineal, porque lo que pasó después depende de lo que pasó antes. Es cierto que la vida de la imaginación, la del inconsciente, la de los sueños, no es lineal, pero a los defensores del arte de ratonear no les interesa la imaginación, ni el inconsciente, ni los sueños, y no están hablando de eso.
Muchas veces sucede que cuando creemos estar más allá de algo estamos, en realidad, más acá. En los años sesenta creíamos que una pastilla era algo más moderno que una manzana y que en el año 2007 ya no comeríamos manzanas, sino pastillas. Ahora estamos en el año 2007 y vemos que si hay algo más moderno que una simple manzana, no es precisamene una pastilla, sino una manzana de cultivo ecológico. Es decir, que lo más moderno resulta ser una manzana más antigua.
En las universidades americanas ya no se pide que se hagan trabajos sobre temas, que pueden fabricarse fácilmente picoteando aquí y allá en Internet, sino trabajos dedicados a un solo libro. De este modo, el profesor se asegura de que los alumnos lean, al menos, un libro. Uno solo, pero leído de verdad.
Sucede, pues, con el conocimiento como con los cultivos, y con los libros como con las manzanas.


Andrés Ibáñez

viernes, 14 de diciembre de 2007

13

Los hay que mueren de silencio,
de tragarse demasiadas palabras
y del cólico fenomenal que sigue
y los hay que mueren por hablar demasiado
pues las paredes —al contrario que las tapias, que están sordas— oyen.

Los hay que mueren de cansancio
de todo lo que hay que cambiar
para que nada cambie
y hay quien muere de aburrimiento
en esta feria universal donde continuamente ocurren cosas
y nunca pasa nada.

Hay quienes mueren de miedo
ante la mera sospecha de que podrían darse de bruces
con la verdad de sus actos
y hay a quienes les da tanto coraje
que alguien pudiera sospechar
que hay una verdad tras sus actos
que sencillamente se mueren.

Los hay que no mueren nunca
porque ya están muertos

De "27 maneras de responder a un golpe". Jorge Reichmann

martes, 11 de diciembre de 2007

La envidia (y III)

Como todos los sentimientos que confinan en la soledad –la vergüenza o el miedo, por ejemplo–, el silencio es el mejor aliado de la envidia, que como los hongos se reproducen en ambientes cerrados. A quien la siente le conviene quejarse de ella como se quejaría de un dolor de estómago, no identificarse con ella. Él no es su envidia. La envidia es un invasor, un enemigo. El envidioso es un ser humano que sufre, para su desgracia, una úlcera afectiva, que él no se ha provocado.
John Rawls, un famoso filósofo, autor de una teoría de la justicia muy respetada, estudió el componente social de la envidia, que a veces está provocada por grandes diferencias sociales. Pensaba que su origen no era tanto la carencia de esos bienes como el sentimiento de la propia impotencia para conseguirlos, y que por ello facilitar los medios de progresar, aumentar las posibilidades de ascenso social, era la gran solución.


Creo que esta postura activa, de autoafirmación ejecutiva, es útil en todos los casos. La envidia, como tantos otros sentimientos destructivos, es rumiadora y pasiva. Se enrosca sobre sí misma. Y la acción, el sentimiento de la propia eficacia, es el mejor procedimiento para salir de ese pantano emocional.
Abel Sánchez se titula la novela que Miguel de Unamuno escribió sobre la envidia. El protagonista, Joaquín de Montenegro, es un hombre arrebatado por ese sentimiento, que no le permite vivir. Sin embargo, no piensa que sea envidia lo que siente. Piensa que percibe objetivamente la malignidad de sus envidiados. Vive en su sentimiento, absorto en él, identificado con él, sin capacidad para dar un paso atrás y observarse. Cree que percibe cuando en realidad está interpretando. Al recordar la boda de su enemigo, su comentario es: “Ellos se casan por rebajarme, por humillarme, por denigrarme; ellos se casaron para burlarse de mí; ellos se casaron contra mí”. Unamuno escribió esta obra, según explica, angustiado por la experiencia de la vida española, que consideraba infectada por un virus cainita. Leo en el prólogo: “Salvador de Madariaga, comparando ingleses, franceses y españoles, dice que en el reparto de los vicios capitales que todos padecemos, al inglés le tocó más hipocresía que a los otros dos, al francés más avaricia y al español más envidia". Y esta terrible envidia ha sido el fermento de la vida social española.


Los celos son otra cosa. Son dos sentimientos que con frecuencia se confunden. Lo que siente un niño por su nuevo hermanito ¿son celos o envidia? Los celos tienen dos características esenciales. Se sienten celos por un bien que se ha tenido y que se teme perder, mientras que se puede envidiar algo que nunca se ha tenido. En segundo lugar, los celos siempre tienen una estructura triangular: el celoso, la persona de la que se tienen celos y, normalmente, el rival. Otelo siente celos de Desdémona, no de su rival. Hacia su rival sentirá odio o en todo caso envidia, por ser el preferido.
En la envidia no tiene por qué darse esa estructura triangular. Se puede envidiar a una persona sola, con independencia de lo que haga, por el hecho de existir, de triunfar. El caso del niño celoso se presta a equívocos porque se da, en efecto, un triángulo, a saber, el que forma con su hermanito y con sus padres. Pero lo correcto sería decir que el niño siente envidia de su hermanito, y celos de sus padres, de cuyo amor desconfía. El hermano le ha destronado, le priva de lo que cree merecer.
Hay una diferencia más. Según los psiquiatras, los celos pueden derivar en alucinaciones, en ver como reales cosas que no lo son, lo que supone una enfermedad seria. Esto no le sucede al envidioso que, volvemos a los clásicos, se limita a andar “consumido, con aspecto torvo, y semblante amarillo”. Como dijo Quevedo, “la envidia está amarilla y flaca, porque muerde y no come”.
Modificado de José Antonio Marina

lunes, 10 de diciembre de 2007

Boleros, tangos y otros mensajes distorsionados sobre el amor, el amar y la pareja

Si tú me dices ven... ¿lo dejo todo?

Nadie me dará el amor, la alegría y el goce de las felicidades que yo no siento dentro de mí. Y aunque yo tuviera el alma llena de las más dulces sensaciones, no sabría hacer dichoso a quien en la suya careciese de todo.

Goethe

Si tú me dices ven… Igual decido venir, pero debes saber que no voy a dejarlo todo por ti. No sería bueno para ninguno de los dos. Tú no puedes llenar mi mundo ni yo el tuyo, a no ser que sean mundos muy pequeños.

Si tú me dices ven… Yo voy a continuar trabajando en mi proyecto de vida personal, manteniendo mis valores, mis sueños, mis ilusiones, cultivando mis aprendizajes, cuidando mis relaciones, continuando con mi trabajo, mis aficiones.

Si tú me dices ven… Aunque me sienta enamorado de ti, antes de venir voy a valorar si nuestro proyecto individual de vida es compatible y también si estoy dispuesto a iniciar contigo el trabajo amoroso de construir juntos un proyecto de pareja conjunto.

Si tú me dices ven… Igual yo también te digo ven conmigo y vamos a decidir juntos el camino que seguiremos los dos. Pero para compartir nuestro camino será necesario que ambos tengamos un camino para compartir.

Si tú me dices ven… Quizás te proponga explorar un nuevo mapa de afectos: de sueños, ternura, ilusión, amor, amistad y pasión… y conquistar juntos un nuevo espacio, una nueva nación donde ambos podamos crecer y mejorar como personas.

Si tú me dices ven… No lo dejaré todo ni tampoco te voy a pedir que dejes nada por mí. Respetaré tu mundo y te pediré que respetes el mío. Yo te dejaré entrar en mis sueños si tú también me haces un sitio en los tuyos. No es posible dar ni hacer por los demás lo que uno no es capaz de hacer o darse a sí mismo. Como dijo Oscar Wilde: "Amarse a uno mismo es el comienzo de un romance para toda la vida"
Mercè Conangla y Jaume Soler

La envidia (II)

Los autores clásicos eran inmisericordes con este sentimiento. El envidioso, decían, está condenado a odiar, de forma inextinguible, “porque el odio provocado por la ira se apacigua fácilmente mediante la reparación, pero la envidia no se amansa ni admite reparaciones, antes bien, se irrita con los beneficios, como el fuego prendido en la nafta”. Tiene el juicio alterado y entiende las cosas al revés. “Lloran cuando los demás ríen, y ríen cuando los demás lloran”, escribe Covarrubias, en el siglo XVI.
Castilla del Pino cree que hay una complicación mayor, y que el envidioso experimenta dos tipos de odio. Odia al envidiado por no poder ser como él. Se odia también a sí mismo, por ser como es. Ya les advertí de que íbamos a introducirnos en las complicadas entretelas del corazón humano.

Con una rara unanimidad, los moralistas cristianos, que tras siglos de examen de conciencia y confesionario elaboraron unos profundísimos análisis de los sentimientos, decían que la envidia era hija de la soberbia. Esto resulta extraño, porque ya he dicho que es hija de un sentimiento de fracaso o deficiencia. Pero ambas cosas no están reñidas. Soberbio no es el que se considera mejor o más fuerte o más importante que los demás. Eso lo siente el orgulloso, el engreído, el petulante. El soberbio –en el sentido clásico– es el que “tiene un deseo desordenado de ser a otro preferido”. San Gregorio describe la soberbia como “el ansia de que nos miren a nosotros”. Tiene que ver más con la vanidad que con el orgullo.

El envidioso siente que otra persona es preferida por la suerte o el éxito, y eso es lo que le resulta difícil de soportar. Hay en el fondo de la envidia la necesidad imperiosa de ser el elegido. El envidiado, tal vez sin quererlo o sin saberlo siquiera, “nos hace de menos”, como dice una perspicaz expresión castellana. Nos arrebata esa preeminencia que tal vez salvaría nuestra vida del sinsentido. Santo Tomás de Aquino explicaba que “el bien ajeno se juzga mal propio en cuanto disminuye la propia gloria o excelencia”.
El envidioso no es autosuficiente. Necesita la confirmación de los demás, como le ocurre al vanidoso y a otros tipos de inseguros. A eso aspira, y eso es, precisamente, lo que le impide la figura del envidiado, que le hace sombra. La palabra francesa ombrage designa ese temor de ser eclipsado, arrojado a la sombra por alguien, privado de la posibilidad de ser querido, salvado por la mirada o el amor ajenos.La envidia, como el odio, el afán de venganza, el resentimiento, o el miedo infundado, limitan las posibilidades de vivir de quien los sufre, le condenan a vivir una vida reactiva, que tiene su centro fuera de él.

Covarrubias pone como símbolo de la envidia una lima sobre un yunque, con el lema: Carpit et carpitur una, “royendo a los otros, me deshago a mí mismo”. Por eso, sería conveniente poder eliminarla, pero ¿tiene algún antídoto la envidia? Los moralistas creían que sí. Tal vez alguno de ustedes recuerde lo que se estudiaba en el catecismo al hablar de los pecados capitales. “Contra envidia, caridad.” Es decir, generosidad y amor. Ahora podemos precisar más lo que esto quiere decir. ¿A quién debe amar el envidioso? Puesto que es víctima de dos odios –al otro y a sí mismo-, debe desarrollar dos tipos de amor, al envidiado y a sí mismo. Éste creo que es el más accesible y el más urgente, porque ciega la fuente de la envidia que es el autodesprecio. Conviene por ello comenzar eliminando los sentimientos de vergüenza o culpabilidad. No somos dueños de nuestros sentimientos. En muchos casos, somos sus víctimas. Aceptarse a uno mismo desactiva la fuerza del sentimiento. (continuará)

Modificado de José Antonio Marina

sábado, 8 de diciembre de 2007

Condescendencia

Amarse, perdonarse, traicionarse. El vaivén conduce a la blanda aceptación de la imperfección y cuyo beneficio se expresa tanto en el compás del aliento como en un bienestar banal.
La doctrina que persiga nuestra felicidad buscará inspiración en la condescendencia, siendo esta virtud una cesión plácida ante la adversidad y un constante armisticio en la batalla de la que no se derivarán ganadores ni perdedores sino una melaza que sin ser demasiado gustosa tampoco es un tósigo, imposible de tragar.
La sensación de la condescendencia puede identificarse con el paso del bolo alimenticio por el dominio de la epiglotis y más abajo por el cardias. El bolo se hace notar pero no se hace vomitar. El sujeto y el bolo componen una unidad que mutuamente se demandan: el alimento logra sentido humano y el sentido humano lo sustenta.
El acto de tragar, ese dulce quehacer del conducto que apresa y absorbe el sólido extraño, se corresponde con el momento mismo de condescender en algo. La condescendencia procede directamente de la inteligencia y forma parte de sus facultades prácticas. Pero también de sus habilidades más suaves que ensalivando, como en la ingesta, el bocado exterior lo perdona conociéndolo. Sin conocimiento no hay perdón. Ni condescendencia. Y hasta cierto punto puede decirse que la carne del sabio -no sus huesos, ni su electricidad neuronal, ni su mente alerta- se mantiene propicia para la más dura investigación gracias a bella condescendencia, hermosa madre de toda la ciencia.
Vicente Verdú

La Envidia (I)

Los tratadistas clásicos decían que la envidia es un sentimiento sesgado, que pervierte el juicio. Al menos, tenemos que admitir que es complejo. Me asombra la perfección con que el lenguaje analiza los sentimientos. Cualquier diccionario, de cualquier lengua, nos permite dibujar una cartografía sentimental más exacta que la proporcionada por los libros de psicología. Las venturas y desventuras ajenas provocan en el espectador diferentes respuestas afectivas. Comenzaré con las desventuras. La compasión es el sentimiento que me hace partícipe del dolor ajeno. La insensibilidad, por el contrario, me aleja de él. Queda una última posibilidad: que el dolor ajeno me produzca alegría. En castellano este sentimiento no está lexicalizado, pero sí lo está en otras lenguas, por ejemplo en alemán –schadenfreude– o en inglés–gloating–, palabras que significan alegría por el mal ajeno no merecido.Las respuestas a la alegría de los demás siguen un esquema parecido. La congratulación me permite sintonizar con ella. La indiferencia, no sentirme afectado. Y la envidia hace que me entristezca la dicha contemplada.

Luis Vives, que llevó a cabo una interesante herborización de los sentimientos, escribe: “La envidia es una especie de encogimiento del espíritu a causa del bien ajeno, en este encogimiento existe una eterna laceración de dolor, por lo que la envidia es parte de la tristeza”. Es fácil percibir lo enrevesado del sentimiento. No consiste en desear lo que otro tiene, ni en estar triste por carecer de ello. Es fácil comprender que quien tiene sed desee la cerveza que ve beber a otro. Pero la envidia es otra cosa. Es un movimiento contra esa persona, por el hecho de que esté disfrutando. No se envidia, pues, lo que el envidiado posee, sino la imagen que proyecta como poseedor de ese bien. El deseo se dirige al objeto; la envidia, al poseedor, por eso se parece tanto al odio. El envidioso prefiere que el bien se destruya, antes de que lo posea el otro. Recuerden la historia de las dos mujeres que se presentaron ante el rey Salomón afirmando ser madres de un mismo niño. Una de ellas estaba dispuesta a que lo partieran en dos con tal de que no se lo llevara su rival. Era una envidiosa.

Luis Vives añade algo muy interesante. La envidia es un sentimiento vergonzoso. “Por ello nadie se atreve a confesar que envidia a otro; más pronto reconocería uno que está airado, o que odia o incluso que teme, pues tales pasiones son menos vergonzosas e inicuas.” Por eso, está condenado a fingir siempre. ¿De dónde procede esa vergüenza? La envidia revela siempre una deficiencia de la persona que la experimenta. La tristeza del envidioso no está provocada por una pérdida, como suele ocurrir en otros tipos de tristeza, sino por un fracaso, por no haber conseguido algo. En ocasiones, reconoce la injusticia de sus sentimientos, le gustaría poderlos evitar, y eso le lleva a hacer manifestaciones continuas de afecto para compensar lo que considera una falta moral. En otros casos, por el contrario, el envidioso rebaja sistemáticamente los méritos del otro, para poder así enmascarar su envidia, interpretándola como una justa protesta ante un premio inmerecido por su oponente. (continuará)
Modificado de José Antonio Marina

domingo, 2 de diciembre de 2007

¿Sentido?

Al abrigo de cuatro paredes, desesperando a las palabras, yacía el cadáver de un hombre vivo. Era Eduardo Montesinos y su único refugio era negarse a vivir. Ante el más aterrador vacío, un único movimiento restaba: vaciarse de sí mismo. Andaba camino de lograrlo. Depresión. Hay que darle nombre. Curanderos con título otorgándote fórmulas mágicas del buen vivir a cambio de 50 euros la hora. Para los más avispados, se trata de ir tan solo a la sección de autoayuda de una librería cualquiera y comprar la paz interior por 10 euros. Si la cosa se pone jodida, pastillas contra el mal del alma en una farmacia… previa receta del camello-psiquiatra de turno. Si se pone la cosa realmente jodida, una adicción cualquiera es la única vía posible. Pero Eduardo no podía acudir a los mercachifles del dolor. No era escasez de cash, era sobreabundancia de análisis, su puta manía de despejar la incógnita en toda ecuación vital. El mundo acababa desnudo, desprovisto del sentido que nunca tuvo y él, como buen último hombre, era incapaz de generar un nuevo sentido por sí mismo, ni siquiera estaba capacitado para abandonarse a la estupidización de repetirse cada mañana ante el espejo: eres el mejor, eres el mejor, eres el mejor,… Hiperconciencia, mala compañera. Aún queda otra vía, el sinsentido.

Era Eduardo Montesinos y su vida una auténtica mierda; lo que le diferencia del resto es que él era consciente de ello. Personas. No puede escupirles a la cara y gritarles el asco que le dan, el asco que se da. Atrapado en la mierda, nada a contracorriente. Indigno gesto heroico cuando la corriente te lleva hacia ti y tú te alejas porque te espanta nadar libre en el océano. Una persona llama pasadas algunas horas desde que se levantara temprano aquella mañana de sábado - horas interminables de sufrimiento plegadas en una delgada línea de conciencia del mundo- Todos ríen alrededor de unas cervezas. Una mueca por sonrisa: la brecha por la que asoma una orgía desesperada de dolor. A pesar de todo ello, la soledad que le atraviesa se digiere mejor en compañía algunas veces: el ruido es buen aliado, no permite que te escuches. Eduardo sabe perfectamente que la vida se ha llenado de ruido para evitar que la gente tome conciencia de su asquerosa existencia. A diferencia de la mayoría, él utiliza el ruido de un modo selectivo. Es un buen momento para ubicarse entre tres extraños conocidos en la infancia, hablar de cualquier tema sin conocimiento de causa, mostrar emociones fingidas, intereses inventados,… Toda esa impostura es parte del mismo juego, todos jugamos, unos se aprovechan de las reglas, otros las sufren, algunos se rebelan,… Nadie gana. Sentado entre todos, hablan y hablan hasta que su hablar se convierte en un ruido insoportable. Su cabeza está a punto de estallar. Hay que huir. Excusas: el lenguaje que todo el mundo habla, el que todo el mundo entiende. Regreso a casa por el camino largo. Se detiene en cada uno de sus pensamientos, los recrea, los vivencia, compulsivamente, una y otra vez, su cabeza gira entorno al mismo eje. El sinsentido es la única salida.

Él era Eduardo Montesinos y su última relación amorosa había fracasado. Esa es una causa común de diversos males anímicos, demasiado común, pero él sabía perfectamente que una cosa es el detonante y otra el explosivo. Curiosa asociación: el inconsciente trapichea con tan endemoniada concatenación de ideas. Ella, llena de lenguaje bifurcado, le hizo entrar en un estado de esquizofrenia agónica, zozobrando a la deriva, funambuleando por la delgada línea que separa realidad de lenguaje. Ella, aparentemente único sentido de la vida, dejó de serlo en el mismo momento en el que dejó de ser misterio. Aletheia, Physis, Logos,… La Verdad se muestra como una luz cegadora cuando se destapa ante la conciencia; una vez te habitúas a ella, respiras el horror al vacío: el alumbramiento ha dado paso a la oscuridad, la luz es la noche. La única verdad es que no somos nada, pero nuestro nada se despliega en el infinito. Aún peor, somos la Nada Infinita, ambos absolutos se contraen en el mismo centro de nuestro querer vivir. En este pensamiento se hallaba inmerso al ver una ferretería, justo a su altura, en la acera de enfrente. Cruza la calle, entra taciturno, no saluda, cree que le va a temblar la voz cuando se vea obligado a hablar, coge lo necesario, lo muestra al dependiente, éste le cobra. “Bien” piensa, “sin palabras”. Llega a casa, su refugio y prisión. Sigue las instrucciones una a una. Mientras trabaja, no piensa, y eso le reconforta. Quedan pocas horas. El sinsentido es ya el único sentido posible.

Su nombre era Eduardo Montesinos y se había prometido a sí mismo no entrar jamás a un centro comercial. Odiaba la idea de confinar el ocio y el abastecimiento de las necesidades, básicas o no, en un recinto pensado como un circuito cerrado para consumidores compulsivos descerebrados: Siempre los asociaba a campos de concentración. Ahora se veía ahí, con un carro de la compra lleno, y no podía evitar esbozar una media sonrisa tan nerviosa como irónica. Observa fríamente a todas las personas que se cruzan a su paso, sabiéndose poseedor de la conciencia de mundo de la que ellos carecen. Esto le alienta. Él ha visto al mundo, ha visto a la Vida, la ha mirado fijamente a los ojos, de tú a tú, pero ha perdido el pulso, no está a su altura, y, súbitamente, donde había habido cierto orgullo, todo se torna desesperación. En ese instante, siente odio hacia todos ellos, los odia intensamente, siente aversión por su ignorante felicidad. Aunque, secretamente, los envidia.

Todos sus conocidos creen saber cómo era Eduardo Montesinos, una imagen perfecta de la bondad, la honestidad, la amistad,… y todos esos valores que se supone debe tener una buena persona, un referente, forjado a fuego y hierro candente, de las relaciones sociales. Será porque hablaba poco. Todos creían en él, pero nadie se había asomado a su alma, nadie había visitado su infierno. Él había renegado de casi todos ellos, de un modo discreto, sin hacer ruido. No se sentía capaz de quitarse las cadenas, no tenía destreza emocional para ello.

Se dice a sí mismo “Soy Eduardo Montesinos y…” pero ya es incapaz de pensar. Todos sus músculos se tensan. Un sudor frío recorre su frente. Está paralizado en una inmensa cola de hipermercado un sábado por la tarde. Nota, detalladamente, cada arrebato de su cuerpo, su sistema nervioso actuando paso a paso, todos sus componentes en movimiento: células, neuronas, conexiones neuronales, impulsos eléctricos, materia gris, músculos… Un movimiento. Sólo un movimiento. Algunas imágenes se agolpan en su mente y cortan el impulso. Pero no cede al chantaje del miedo, esta vez no. Aprieta. Detonación. Muerte.

Los programas cortan su emisión para dar la noticia: “…al parecer se trata de un hombre llamado Eduardo Montesinos y habría hecho detonar aproximadamente 1 Kg. de explosivo que llevaba pegado a la cintura. Habiendo consultado con fuentes policiales, éstas indican no haber hallado indicios de una posible conexión de esta persona con redes terroristas…”.

Herminia, sobresaltada ante la noticia, se pregunta con un grito ahogado: “Dios mío. ¿Qué sentido tiene hacer una barbaridad así?
Jacobo, casi sin inmutarse, responde: “¿Sentido?”.

Rubén Bravo

jueves, 29 de noviembre de 2007

Soldadito marinero

¡Feliz cumpleaños, Maritere!

Compañía sucedánea

La soledad de las grandes ciudades, el hiperindividualismo, la muchedumbre solitaria, fueron asuntos muy relevantes en la segunda mitad del siglo XX, pero ahora apenas se habla de ello. Los individuos no se han estrechado o abrazado más entre sí pero se han comunicado electrónicamente de tal modo que el fenómeno de la interconexión a través de los móviles, los SMS o Internet, ha sepultado las inquietudes o el dolor del aislamiento.

Sin embargo, se trata de dos realidades paralelas, por ahora. Mientras la relación en el cuerpo a cuerpo sigue debilitándose cada vez más, la relación máscara a máscara sigue acentuándose y proliferando.
La aventura de ser un individuo diferente o mejor, siempre dependiente de la estimación y la imagen proyectada en los demás, se ha provisto de un artilugio novedoso mediante el cual (a través de la máscara, el nick, el avatar, el juego de edades o sexos, la impostura...), el diseño aparencial del yo procede en mayor medida de nuestras finas artes de engaño que de la verificación de nuestra identidad por intervención del prójimo.
El prójimo es siempre insustituible pero la proporción que de su efectiva sustancia se necesita para confirmar nuestra personalidad deseable puede sustituirse, en parte, por nuestra habilidad para fingir en la pantalla, travestirse en la red, recrearse en el nuevo espacio virtual, desconocido hasta ahora.
Indudablemente, la satisfacción no será comparable a la que proporciona un amor encarnado o una consideración proveniente del mundo más real de modo que, poco a poco, este mundo electrónico será casi todo lo que hay y la segunda vida en su seno irá contando como una parte importante de nuestra composición.

Vicente Verdú

miércoles, 28 de noviembre de 2007

Gente

Hay gente que con sólo decir una palabra
Enciende la ilusión y los rosales;
Que con sólo sonreír entre los ojos
Nos invita a viajar por otras zonas,
Nos hace recorrer toda la magia.
Hay gente que con sólo dar la mano
Rompe la soledad, pone la mesa,
Sirve el puchero, coloca las guirnaldas,
Que con sólo empuñar una guitarra
Hace una sinfonía de entrecasa.

Hay gente que con sólo abrir la boca
Llega a todos los límites del alma,
Alimenta una flor, inventa sueños,
Hace cantar el vino en las tinajas
Y se queda después, como si nada.

Y uno se va de novio con la vida
Desterrando una muerte solitaria
Pues sabe que a la vuelta de la esquina
Hay gente que es así, tan necesaria.

Hamlet Lima

martes, 27 de noviembre de 2007

Equilibrio

Érase una vez un hombre cuya vida juzgaba de auténtico desastre. Cuando pasaba demasiado tiempo en el trabajo, su familia se lo reprochaba. Cuando se limitaba estrictamente a la duración de su jornada laboral, su carrera profesional se resentía. Delegaba en sus empleados y éstos no hacían más que equivocarse. Decidía supervisarlos y entonces el trabajo salía demasiado despacio.
Su vida era un continuo ir y venir de decisiones, una especie de péndulo que nunca hallaba el lugar exacto... Decidir para rectificar después parecía su sino y eso, desde luego, no podía ser.
El hombre deseaba hallar el equilibrio en su vida. Equilibrio entre trabajo y familia, equilibrio entre tiempo solo y tiempo con los demás, equilibrio entre el ocio y el estudio...
Pero no sabía cómo hacerlo. Por eso, decidió ir a ver a un experto en equilibrio. ¿Y cuál es el profesional que más sabe de equilibrio? ¡Por supuesto!: un trapecista.
Pidió referencias en varios circos y por fin dio con un artista de renombre internacional, que caminaba sobre una cuerda a cuarenta metros de altura sin red de protección. Se decía que jamás se había caído una sola vez en veinte años de actuaciones en público. Se fue a verlo al circo.
Compró la entrada, se sentó en la grada y levantó la vista hacia el techo de la carpa. Fue increíble. El trapecista demostró un absoluto dominio del equilibrio. Decididamente, era, como le habían dicho, el mejor equilibrista del mundo. Si alguien sabía cómo ayudarle a tener una vida equilibrada, sin duda, aquel artista era su hombre.
El día en que el circo debía partir hacia otra ciudad,nuestro protagonista se dirigió hasta el camerino de los actores del circo y preguntó por el célebre equilibrista. Este último lo recibió amablemente y, juntos, fueron a tomar un té. Tras explicarle su problema, le preguntó:
¿Cuál es el secreto? ¿Cómo puedo alcanzar el equilibrio?
El equilibrista meditó unos segundos. Después le respondió: ¿Equilibrio? No sé de qué me habla. Cuando estoy arriba, sobre la cuerda, lo único que intento es no estar nunca en equilibrio. Lo único que hago es dejarme caer un poco a la derecha y, cuando veo que ya es suficiente, me dejo ir hacia la izquierda. Y cuando ya basta, me inclino de nuevo hacia la derecha. Nadie puede estar en equilibrio: sería una posición demasiado incómoda y rígida.
¿Por tanto...? inquirió el hombre.
Por tanto, el equilibrio consiste en pasar constantemente por él, pero... no cometa la imprudencia de quedarse demasiado tiempo en él...

Fernando Trías de Bes

lunes, 26 de noviembre de 2007

División celular

Renacimientos del poema

De una tensión nace el poema,
duele el poema cuando nace,
duele estar naciendo siempre al poema,
duele andar doliendo siempre
el nacimiento de una tensión
que no prescribe,
porque el poema
no tiene fecha de vencimiento,
nadie sabe si a la larga vencerá
o, vencido por la tensión
del duelo de nacer,
extenderá extenuado el aliento
para no nacer más a otra mirada,
tendido en voz baja
a un costado de la página extinta.

De una tensa tinta nace el poema que se extiende
más allá de la palabra que prescribe el diccionario
más allá de la palabra que proscribe el nacimiento
más allá de la proscripción de la palabra a manos
de los que se desentienden del duelo
abierto en el centro de la tensión
vencedora del poema.


De una apretada
victoria nace el poema,
tendido sobre la hoja
cuyo centro de tensión pasa por el aliento
de la palabra que abre,
como por vez primera,
los ojos a la voz nueva de otra mirada.


Juan Planas

viernes, 23 de noviembre de 2007

Bobby Mcferrin interpreta a J.S. Bach

Quebranto

Cómo me escucho y cómo miento,
cómo me desdigo, diciéndome
en esta escucha ya oída
de lo pensable.

Cómo miente el gesto
que me cubre,
cómo me seca la fuente
de la que bebo,
cómo me oculto
cuando aparezco.

En esta línea precisa,
en esta calle sin costillas
es donde habito.
Y me quebranto.
Antonio Lorente

En Grand Central Station me senté y lloré

Me preguntaron si era fácil distinguir entre una buena novela y una que no lo era, y dije que bastaba con examinar cuáles eran sus relaciones con las altas ventanas de la poesía. Precisé que hablaba de sutiles conexiones con la poesía y en ningún caso de lo antagónico: novelas escritas por poetas a base de prosa poética, algo absolutamente a evitar cuando se trata de una novela.
"Querido Friedrich, el mundo todavía es falso, cruel y bello...", escribe Charles Simic, escritor yugoslavo de Nueva York que enlaza con originalidad el surrealismo, la metafísica y los mitos primitivos. Para él, la imaginación no es un alejamiento de la realidad, sino la llave idónea para acceder al mapa de estrellas de nuestras paredes interiores.
Hablé ese día de la filosofía poética de Simic y de la necesidad de que la novela no pierda las sutiles conexiones con la alta poesía. Y, muy poco después, sentí deseos de convertirme allí mismo en el título de una novela de Elizabeth Smart, "En Grand Central Station me senté y lloré". Siempre quise ser o escenificar ese título, y aquélla era toda una oportunidad para hacerlo, pues a fin de cuentas me encontraba en Nueva York y estaba justo en aquel momento en Park Avenue, a dos pasos de Grand Central Station.
Me dije que, aparte del título, aquel libro de Elizabeth Smart (novela autobiográfica que narra la pasión de la autora por el poeta George Barker, un hombre casado del que se enamoró incluso antes de conocerlo: libro de una bella intensidad, extrema y rara) fue siempre una obra maestra gracias a su capacidad de diálogo con la tradición poética y a su elegante inspiración surrealista. De hecho, aquel mismo libro era un perfecto ejemplo de novela en comunicación con el gran espectro poético. Y es más, tenía el encanto de haber sido pionero en un procedimiento que aprecio y que consiste en convertir el texto en una máquina de citas literarias que ayudan a crear sentidos diferentes.
Me acuerdo muy bien de cómo era, aquel día, la novela de mi vida. Parecía que el surrealismo de Simic estuviera por todas partes, porque vi en el pasillo de entrada al gran vestíbulo de la estación a un negro con la cabeza rapada, sin zapatos, poniendo a un limpiabotas y a Dios por testigos. ¿Por testigos de qué? Tras contestar a cómo se distinguía entre una buena novela y una que no lo era, empezó a cumplirse uno de mis más antiguos deseos cuando, al adentrarme en el gran vestíbulo, avancé hipnotizado hacia el célebre reloj de cuatro caras, y fui pasando repentina revista a lo que habían sido las ventanas ciegas de mi vida: iba como hechizado y como si tuviera luz para descifrar el mapa de las estrellas en los futuros interiores de las novelas.
Y así fui avanzando y buscando un lugar solitario, hasta que lo hallé y, contemplando en una de las ventanas altas los movimientos del sol como quien mira el de las hormigas, pensé en un poema de Simic que habla de una azotea y de un agujero en unas medias negras y de una bella muchacha de Nueva York de la que estaban todos enamorados, y entonces sí, entonces, tal como venía previendo, como si uno pudiera ser el título de una novela dentro de una poesía secreta, casi desmoronándome, dando bandazos con mi suerte más ciega, en Grand Central Station me senté y lloré.
Enrique Vila-Matas

jueves, 22 de noviembre de 2007

Estar juntos

En el amor, todo intento de penetrar hasta el fondo del otro conduce a la precipitación y al abismo. A primera vista parece una contradicción puesto que el apetito del amado no hallará modo de saciarse sin lamer los últimos entresijos, pero este impulso voraz, idealizado por el romanticismo, es la razón fundamental de que la pareja quede pronto desventrada y hecha pedazos.
La diferencia entre los amantes, esa diferencia que en otros tiempos trataba de anularse mediante la fundición en una misma sustancia, constituye hoy, en tiempos más independientes, dinámicos y menos institucionalizados, la básica riqueza de la relación. La unidad productiva no ha de basarse en rehacerse como un solo guiso sino en la continua diferencia del menú, cuanto más surtido más sabroso.
Gracias a la diferencia de uno y otro yo, la tensión persiste y mediante el respeto recíproco de las peculiaridades se amenizan los argumentos de estar cerca.
Sólo la falta de consideración personal puede inducir al allanamiento del otro y, un paso más allá, a su pulverización. De hecho, la renuencia a casarse entre tantas parejas actuales se basa en la intención de rehuir la conformación de una unidad más solidificada y, en consecuencia, más próxima a la petrificación y su friabilidad siguiente.
La holgura entre uno y otro, la preservación de historias, pensamientos y secretos, de asuntos y palabras nunca pronunciadas, no perjudica la unión: acrecientan el interés de perseguirse y reunirse. No tan reunidos, apilados o juntos como para mezclar los tufos personales, juntos, sin embargo, para procurarse calor sin necesidad de ahogarse con sus vaharadas.
Vicente Verdú

miércoles, 21 de noviembre de 2007

Ser

No me preguntes quien soy…
Puedo ser la viviente esencia de una suave oración...
O el lúgubre aposento de una prosa con dolor.

No me preguntes quien soy…
Puedo ser el cáliz de suaves caricias derramadas sobre tu piel.
La calma. La tormenta. O la hiel.
No me preguntes quien soy…

Puedo ser los vestigios de una historia que busca refugiarse en tu gloria…
O quizás la impetuosa fantasía que suele morir al despertar el día.
No me preguntes quien soy.

Noris Roberts

domingo, 18 de noviembre de 2007

El valor de lo sagrado

La vida es un enigma colosal, y los seres humanos, encerrados en la menudencia de nuestra individualidad, nos sentimos abrumados y hechizados por la enormidad de lo que nunca sabremos. Y esa enormidad es lo sagrado. O sea, una realidad que nos trasciende, que es muchísimo más grande que nuestra pequeña vida y nuestra pequeña muerte. No podemos soportar la idea de morir, siempre tan pronto, siempre tan insensatamente, e intentamos ir más allá de nuestro corto tiempo y de nuestra ignorancia.
De esa ansia de perdurar y entender nacen las religiones, pero también las obras de arte, las sinfonías, las novelas, la teoría de la relatividad, la física quántica, la fenomenología, la observación de los planetas en la helada y oscura inmensidad del cosmos.
No creo que haya en los humanos un sentimiento más extendido, más básico y primario que el del impulso espiritual, que es esa necesidad de salir de nosotros mismos, de unirnos al resto de los humanos, de dar sentido de algún modo al sinsentido de la existencia, de vernos formar parte de un marco mayor que nos consuele de nuestra insoportable pequeñez.
Es un rasgo primordial en las personas, y muchos de los que aparentemente rechazan todo lo que tenga que ver con "lo espiritual" no se dan cuenta de hasta qué punto también están siendo movilizados por ese sentimiento. El marxismo, por ejemplo, es otra de las respuestas a esa necesidad humana de trascendencia; y cuando un izquierdista fervientemente materialista se conmueve viendo una manifestación de marxistas puño en alto, está experimentando una emoción religiosa, de religare, unir, al sentirse hermanado con los demás seres del planeta en un proyecto colosal, en el sueño de la construcción de un paraíso en la Tierra. Eso, por mucho que le fastidie la palabra, es una conmoción puramente espiritual.
Todos, creyentes o no, ricos o pobres, intelectuales o analfabetos, tenemos esa capacidad para sentirnos rozados por el ala oscura de lo sagrado. Es decir, por la turbación y el embeleso del misterio esencial. Los japoneses lo llaman satori, los psicoanalistas hablan de momentos oceánicos. Puede suceder en un atardecer tranquilo y hermoso (…) Sabes de lo que hablo: de ese instante en el que todo parece encajar y te sientes formar parte del mundo, del tiempo, del todo. . Y la vida palpita dentro de ti, monumental y quieta, escuchando el latido del misterio de la existencia.
Modificado de Rosa Montero

martes, 13 de noviembre de 2007

El deseo del deseo

El deseo del otro empieza por desear su deseo”, decía más o menos Hegel. Empieza por desear la posesión de su deseo o, simplemente, por haber logrado que su desear se dirija dócilmente a desearnos.
Tal consideración parece, a primera vista, una perogrullada pero tiene la virtud de hacer ver, tras su obviedad, la absoluta verdad de nuestro querer. Queremos al otro como una manera de querernos a nosotros mismos, nos enamoramos del otro cuando a la vez ese amor nos convierte en amantes del yo, fortalecido, embellecido, emperifollado.
La insólita autoestima que brota recíprocamente de los enamoramientos muestra notoriamente esta fundamental ecuación. Se hace prácticamente imposible pensar en un amor a algo, a alguien, a la humanidad o a la animalidad, sin incorporar un tonante amor al ego. Expuesto o encubierto, el ego lo acapara todo, sea a la manera egoísta de un cerco, sea mediante la acción sutil de un hilo, sea al modo nutricio de una sustancia esencial. La transparencia entre el egoísmo y el altruismo, es la base misma del humanismo. Y no lo liaré más.
Vicente Verdú