jueves, 11 de octubre de 2007

Palabras de Nobel


Doris Lessing, Premio Nobel de Literatura 2007
“Érase una vez un tiempo -y parece muy lejano ya- en el que existía una figura respetada, la persona culta. Él -solía ser él, pero con el tiempo pasó a ser cada vez más ella- recibía una educación que difería poco de un país a otro -me refiero, por supuesto, a Europa-, pero era muy distinta a lo que conocemos hoy.
William Hazlitt, nuestro gran ensayista, fue a una escuela a finales del siglo XVIII cuyo plan de estudios era cuatro veces más completo que el de una escuela equiparable de ahora: una amalgama de los principios básicos de la lengua, el derecho, el arte, la religión y las matemáticas. Se daba por sentado que esta educación, ya de por sí densa y profunda, sólo era una faceta del desarrollo personal, ya que se esperaba de los alumnos que leyesen, y así lo hacían.
Este tipo de educación, la educación humanista, está desapareciendo. Cada vez más los Gobiernos animan a los ciudadanos a adquirir conocimientos profesionales, mientras no se considera útil para la sociedad moderna la educación entendida como el desarrollo integral de la persona.
La educación de antaño habría contemplado la literatura y la historia griegas y latinas y la Biblia como la base para todo lo demás. Él -o ella- leía a los clásicos de su propio país, tal vez a uno o dos de Asia y a los más conocidos escritores de otros países europeos: Goethe, Shakespeare, Cervantes, los grandes rusos, Rousseau (...)
Esto ya no existe (...)
Quedan parcelas de la excelencia de antaño en alguna universidad, alguna escuela, en el aula de algún profesor anticuado enamorado de los libros, quizá en algún periódico o revista. Pero ha desaparecido la cultura que una vez unió a Europa y sus vástagos de ultramar (...).”
Extraído de su discurso de entrega del Premio Príncipe de Asturias de las Letras 2001

lunes, 8 de octubre de 2007

Más allá de la línea


"Un paso más allá de esa línea, que recuerda la divisoria entre los vivos y los muertos, y se cae en lo desconocido, en el dolor y en la muerte. ¿Y qué hay allí, quién está detrás de ese campo, de aquél árbol, de aquella techumbre iluminada por el sol? Nadie lo sabe, pero querrían saberlo. Es terrible cruzar esa raya, pero querrían hacerlo. Nadie ignora que tarde o temprano habrá que cruzarla y conocer entonces lo que hay más allá, en la otra parte de la divisoria; lo mismo que algún día habrá que saber fatalmente qué hay más allá, al otro lado de la muerte. Y a pesar de todo uno se siente fuerte, sano, alegre y excitado rodeado por otras personas que se sienten también fuertes, alegres y excitadas"

"Guerra y paz". Liev Tolstói.

jueves, 4 de octubre de 2007

Citas


"Dame la fortaleza para transformar las cosas que puedo cambiar, la paciencia para aceptar las que no puedo cambiar, y la sabiduría para conocer la diferencia existente entre ambas"
San Francisco de Asís

"Los hombres inteligentes quieren aprender; los demás, enseñar"
Anton Chéjov


Educación sentimental ( y IV )



Volvamos al plano del territorio afectivo. El amor va acompañado siempre de sentimientos, que normalmente pueden confundirse con él, pero que en realidad sólo van modulándolo, fortaleciéndolo o agostándolo. Los sentimientos pueden ser agradables o desagradables, claro está, y es difícil que el amor sobreviva a sentimientos desagradables voluntariamente causados. Puede sin duda sobrevivir o incluso robustecerse en situaciones inevitables de dolor o tristeza –causadas, por ejemplo, por enfermedades o mala fortuna–, pero es difícil que sobreviva a una situación de tensión, miedo, violencia, aburrimiento o desánimo provocada y mantenida. Una amante de leyenda, Mariana Alcoforado, la monja portuguesa, escribía a su poco solícito enamorado: "Ámame siempre, y haz padecer más a tu pobre Mariana". Me parece un victimismo malsano.
La etapa del cortejo o del enamoramiento suele ser tan satisfactoria porque, por regla general, ambos enamorados se esfuerzan por provocar sentimientos agradables en el otro, cosa que después se olvida con frecuencia. Por último, el amor puede consolidarse como forma de apego. El niño siente apego por sus padres. Es una relación de necesidad, de dependencia, de seguridad, un deseo de no separarse. El amor se consolida en formas estables de cariño, de confianza. Pero este apego no sólo puede prolongar el amor, sino también suplantarlo. Suelo preguntar a mis alumnos: "Si alguien te dice, sinceramente, ‘no puedo vivir sin ti’, ¿debes tomarlo como una señal inequívoca de amor?". Suelen decir que sí, y se equivocan. Más de un asesino ha matado a su pareja porque no podía vivir sin ella, y sería por lo menos equívoco decir que la amaba.¿De qué estamos hablando entonces cuando hablamos de amor? Sin duda alguna, de muchas cosas diferentes. Pero sería fácil que nos pusiéramos de acuerdo en describir la culminación del amor.
Alguien ama a una persona cuando desea su felicidad, quiere ser causa de ella y necesita que la otra persona sienta lo mismo hacia él. Esos deseos se expresan obrando en consecuencia y procurando sentimientos agradables, cálidos y animosos hacia la persona amada. Al final, puede instaurarse un apego profundo, intenso y generoso –como sucede con los buenos vinos y los fértiles campos– e irrompible.En "El amor en los tiempos del cólera" –a mi juicio, la mejor novela de Gabriel García Márquez–, una pareja de enamorados que ha conseguido casarse después de muchos años de desencuentros y lejanías viaja en su barco aguas arriba y aguas abajo de un río. Y cuando el capitán, algo asombrado de ese tejer y destejer acuático, les pregunta: "¿Y hasta cuándo estaremos así?", el enamorado le contesta plácidamente: "Toda la vida".

miércoles, 3 de octubre de 2007

Educación sentimental (III)


Parece muy brutal convertir el amor en un deseo, pero no es así, porque hay deseos generosos y espirituales. Por ejemplo, los padres desean que sus hijos sean felices y están dispuestos a sacrificarse por ello. Podemos hablar de amor al dinero, a la fama, a un perro, a una tierra, porque estamos hablando de distintas clases de deseo.
Lo importante, al referirnos al amor a una persona, es saber qué tipo de deseo encierra. Por eso la pregunta definitiva no es "¿qué sientes por mí?", sino "¿qué desearías hacer conmigo?". Puedo desear disfrutar sexualmente de una persona, aunque sea una desconocida, y decir que eso es amor. Puedo desear comunicarme con ella, intimar, conversar, compartir actividades y sentimientos. También puede llamarlo amor. Y también puedo, y debo, llamar amor al deseo de que la persona amada sea feliz, a que esa felicidad sea un componente real de mi felicidad, y al deseo de que la otra persona sienta lo mismo. Es, en efecto, un tipo de altruismo egoísta, o de egoísmo generoso, que supone satisfacción y que impone sus propios deberes. Muchos de mis alumnos piensan que el amor es incompatible con los deberes. Si lo hago por deber, no lo hago por amor. Esa es una tontería peligrosa. El amor tiene sus propios deberes, como la navegación a vela. Una vez elegido el rumbo, debo hacer las maniobras necesarias para conservarlo.
Creo que este deseo de felicidad con dos centros –como la elipse– entró en el universo con el amor maternal. De hecho, la etimología de "amor" nos remite al indoeuropeo "amma" (madre). Y creo también que, deslumbrados y confortados por ese afecto, los humanos decidieron transferirlo a otros deseos; por ejemplo, al amor sexual. La ternura es un sentimiento hacia lo pequeño, hacia lo que nos conmueve por su vulnerabilidad y su gracia. Pues bien, hemos intentado extenderlo al amor sexual, que es adulto y bastante bronco en su origen. No me extraña que los enamorados se aniñen un poco e inventen lenguajes infantiles para expresarse su ternura, ni tampoco que entre los wiru de Papúa Nueva Guinea, los enamorados se alimenten boca a boca –como hacen muchas madres con sus bebés–, y me parece maravilloso que tengan una palabra para expresar esta expresión amorosa: "yanku-petu".

Esos diferentes deseos pueden darse juntos, por supuesto. El deseo sexual, de intimidad, el de confianza, el de hacer feliz a la otra persona, se complementan en su nivel más alto, pero a veces no van juntos. Parece increíble tener que advertir a las parejas de que una cosa es quererse mucho y otra querer vivir juntos. La convivencia exige deseos específicos y competencias específicas también.

Al ser un deseo –y no un estado–, el amor es una actividad. En castellano indicamos este paso a la actividad con la palabra "querer", que es mucho más fuerte y ejecutiva. Todos podemos desear muchas cosas indolentemente. Hay una graduación que va desde el "me gustaría" y el "me apetece", al "yo deseo" y, más allá aún, al "yo quiero". El amor perezoso, que se basa más en promesas y ensoñaciones que en hechos, es un simulacro de amor.
(continuará)

martes, 2 de octubre de 2007

¿Para qué leer? Algunas respuestas




"Gracias a los libros nuestro espíritu puede romper los límites del espacio y del tiempo, de manera que podemos vivir a la vez en nuestra habitación y en las playas de Troya, en las calles de Nueva York y en las llanuras heladas del Polo Norte"
Antonio Muñoz Molina

"La lectura es el viaje de los que no pueden tomar el tren"
Francis de Croisset

"Las historias nos aprovisionan para la vida"
Kenneth Burke

"Leo para ser mejor persona"
Francisco Mateu

Déjame ver tu cerebro y... ¿te diré quién eres?


Déjame ver tu cerebro... y te diré quién eres. Te diré, en concreto, a quién votas; si eres sincero o mentiroso; o si, como Enrique Iglesias, eres capaz de tener una experiencia religiosa. Y si además de ver tu cerebro me dejas tocarlo, podré inducirte desde un orgasmo a un viaje astral. Cantantes y metáforas aparte, los propios neurocientíficos advierten de que conviene tomarse en serio las posibles consecuencias derivadas del hecho de que empiezan a investigarse en el cerebro las bases biológicas, el hardware, de cuestiones tan íntimas y en apariencia intangibles como la ideología o la personalidad. No en vano la neuroética es un área en auge.
Los autores de un trabajo publicado recientemente en la revista Nature Neuroscience aseguraban haber hallado diferencias en el funcionamiento de un cerebro liberal frente a otro conservador. En pocas palabras: el primero reacciona mejor ante los cambios, mientras que el segundo es más rígido.
Los investigadores hicieron electroencefalogramas a 43 hombres y mujeres diestros mientras reaccionaban ante un estímulo que solía repetirse, pero a veces cambiaba. Cuando ocurría esto último, en la gran mayoría de los sujetos que previamente se habían declarado liberales se detectaba una actividad más intensa en un área de la corteza cerebral relacionada con los conflictos, lo que sugiere "una mayor sensibilidad neurocognitiva" a los cambios, escriben David Amodio y su grupo en su artículo. Se ve, por tanto, la firma de la ideología en el cerebro.
"Esta investigación demuestra que se empieza a dilucidar cómo un producto abstracto, aparentemente inefable de la mente, como la ideología, tiene su reflejo en el cerebro humano", dice Amodio. ¿Alguien se escandaliza por esta afirmación? ¿Alguien piensa que es absurdo que pueda verse algo así en un escáner cerebral? No los neurocientíficos, desde luego. Para ellos está clarísimo, y es perfectamente esperable, que cerebros que piensan distinto, que reaccionan distinto ante un mismo estímulo, funcionen de forma diferente; medir esa diferencia es sólo cosa de tener el instrumento adecuado.
"Todo, y todo es todo, está en el cerebro", dice Alberto Ferrús, director del Instituto Cajal de Neurociencias del CSIC, en Madrid. "La sensación de estar enamorado o enfadado, la religión... todo se traduce en moléculas, en algo físico que hay en el cerebro".
En los años noventa, cuando aparecieron las primeras técnicas para estudiar el cerebro humano en vivo y en directo -en acción-, se supo que la corteza cerebral de muchos ciegos muestra diferencias apreciables respecto a la corteza de personas que ven; que el cerebro de los taxistas tiene más sitio para información espacial; o cómo actúa el cerebro de los ajedrecistas al jugar. ¿Qué hay de raro en dar un paso más y buscar la marca de la mentira o la espiritualidad? Nada de nada, dice Ferrús.
Pero volvamos al trabajo sobre los cerebros políticos. En él se hacen las siguientes analogías: pensamiento menos rígido equivale a ideología liberal; pensamiento menos rígido equivale a más actividad en áreas cerebrales implicadas en afrontar conflictos; y, por tanto, más actividad en áreas cerebrales implicadas en afrontar conflictos equivale a ideología liberal.
Puestos a analizar, dicen los expertos, el eslabón frágil del razonamiento no es que un estilo de pensamiento tenga su sustrato biológico, sino lo no absoluto del término liberal. En el trabajo de Nature Neuroscience la mayoría de los autodefinidos liberales votaron por John Kerry, y los conservadores por Bush. ¿Se puede sustituir eso por Zapatero versus Rajoy? Y en un país musulmán, ¿quiénes tienen el cerebro flexible y quiénes rígido? Y los liberales del Trienio Liberal en España, entre 1820 y 1823, ¿qué cerebro tenían?
Ahora bien, no hay que equivocarse: que haya un sustrato biológico no implica ni que ese hardware nos ha sido transmitido genéticamente, ni que es inmutable. "Nosotros no examinamos si la orientación política se hereda, si nos viene dada de nacimiento", explica Amodio. "El cerebro es maleable, así que incluso si nacemos con un sistema neural más sensible a información conflictiva, es posible que este sistema neural cambie con el tiempo". Y ¿es fácil de cambiar el hardware que nos viene de fábrica? En otras palabras, ¿Qué pesa más, lo heredado o el ambiente?
"Puede que esa no sea la manera correcta de formular la pregunta", responde Amodio. "Los genes proporcionan unos mecanismos de base para la supervivencia. Pero lo bonito es que la expresión génica es muy sensible al ambiente".
Otra posible pregunta sobre este trabajo es si los cambios sociales globales -el cambio de postura respecto a la homosexualidad, el divorcio o el trabajo femenino-, implican un cambio colectivo en el funcionamiento del cerebro. ¿Tenemos todos un cerebro más liberal? "Tal vez", responde Amodio, para quien sin embargo la sociedad tiende ahora hacia un mayor conservadurismo -una prueba más de lo confuso de estos términos-. Pero "no está claro si estos cambios a gran escala tienen algo que ver con cambios heredables. Podrían estar más relacionados con la globalización y los cambios culturales".
En cualquier caso, lo cierto es que a la luz de los tentáculos que está desarrollando la neurociencia la intimidad empieza a emerger -también- como un concepto de lo más borroso. Con lo que ello implica, como señala Carlos Belmonte, director del Instituto de Neurociencias de Alicante: "Los problemas éticos que plantea la capacidad de analizar la actividad del cerebro vinculada a conductas, o la capacidad de modular desde fuera esa actividad cerebral, de encender o apagar genes, la neuro-estimulación, son importantes". Se podría llegar a descubrir cómo es el cerebro de un maltratador, por ejemplo, y entonces "¿Estaría bien tratarle para que no llegue a serlo? ¿Hasta dónde podemos llegar? Se van a plantear debates muy serios, y vamos a una velocidad espeluznante", dice.
El País

Educación sentimental (II)


La primera lección del breviario afectivo tiene un título que tal vez sorprenda: "Acerca de la necesidad de reconocer los propios sentimientos".

¿Cómo no voy a saber lo que siento?, se preguntará el lector o lectora. ¿Cómo no voy a saber si estoy enamorado, furiosa, aterrado o melancólica? No hay más remedio que distinguir: una cosa es la claridad de la experiencia y otra la claridad del significado de la experiencia.Analice usted el significado de los celos. El celoso sabe, sin duda, lo que siente. Siente angustia ante la posibilidad, real o ficticia, de que un rival le arrebate el objeto de su amor. Todo se vuelve amargamente significativo para el celoso, porque cada gesto, cada olvido, cada palabra, cada ausencia de palabra, se convierte en prueba, corroboración, demostración de sus sospechas y de su desdicha. Hay en los celos un complejo entramado de sentimientos: el apego profundo y desconfiado hacia la persona querida, el malestar provocado por el supuesto éxito del rival, el temor de perder o tener que compartir una posesión. Analizar los celos resulta fácil, porque parecen transparentes a la conciencia. Pero las apariencias engañan. Los celos no suelen contar una historia de amor, sino una historia de "amor propio", que es algo muy diferente. Como ha estudiado Castilla del Pino, tienen que ver más con la posesión y la inseguridad que con el amor.

Volvamos a nuestro asunto. Para empezar a aclarar las cosas, comenzaré embrollándolas. El amor –arquetipo de los sentimientos– no es un sentimiento. ¿Y, entonces, qué es? Aun a riesgo de impacientarle, tengo que trazar un apresurado plano del edificio afectivo en que vamos a movernos. Los afectos, es decir, aquellas experiencias que me afectan por entero, que invaden mi conciencia, coloreándola y moviéndome a actuar, habitan en tres niveles distintos: deseos, sentimiento y apegos. La sed es un deseo; la satisfacción de beber, un sentimiento; la afición a la bebida, un apego. Les cuento esto porque me parece imprescindible para saber de qué estamos hablando cuando hablamos de amor. El amor es un deseo que va acompañado de muchos sentimientos, con frecuencia contradictorios, y que puede estabilizarse en profundas y constantes formas de apego.
(continuará)

domingo, 30 de septiembre de 2007

El Piano

Educación sentimental (I)


El lenguaje nos juega malas pasadas, porque hay palabras que se vuelven tan equívocas que resultan inservibles. Algo así sucede con la palabra "amor" y sus sinónimos. Cuando se recibe una declaración amorosa del tipo: "Te quiero con toda mi alma", lo sensato (pese a que es un anticlímax) es preguntar: "¿Y para qué me quieres?"

¿Cómo sabe una persona que está enamorada? Tal vez usted piense que "eso se sabe", pero no debe de saberse tan bien cuando tanta gente se equivoca por confiar en evidencias aparentemente claras. Reducir esas dramáticas confusiones es asunto de interés social preferente, porque a todos nos interesa que las parejas funcionen bien.

Los sentimientos tienen las propiedades del cristal. Pueden ser transparentes, tornasolados, opacos, hieren cuando se rompen, y, además, pueden engañarnos, porque todo es según el color del cristal con que se mira. Uno de los avatares más sorprendentes de las relaciones humanas es la frecuencia con que aquello que se elogia al comienzo acaba detestándose años después. El cristal ha cambiado. Lo que empezó beneficiándose de un prejuicio positivo acaba siendo víctima de otro prejuicio, ahora negativo. En estos oleajes cambiantes debemos saber navegar. No podemos prescindir de los sentimientos, pero no podemos fiarnos de ellos. Parece pues necesaria una alfabetización emocional.

(continuará)

sábado, 29 de septiembre de 2007

Ahora



Muere lentamente quien no viaja,
quien no lee,
quien no oye música,
quien no encuentra gracia en sí mismo.
-
Muere lentamente
quien destruye su amor propio,
quien no se deja ayudar.
-
Muere lentamente
quien se transforma en esclavo del hábito
repitiendo todos los días los mismos trayectos,
quien no cambia de marca,
no se atreve a cambiar el color de su vestimenta
o bien no conversa con quien no conoce.
-
Muere lentamente quien evita una pasión
y su remolino de emociones,
justamente éstas que regresan el brillo a los ojos
y restauran los corazones destrozados.
-
Muere lentamente quien no gira el volante
cuando está infeliz con su trabajo, o su amor,
quien no arriesga lo cierto ni lo incierto
para ir detrás de un sueño,
quien no se permite, ni siquiera una vez en su vida,
huir de los consejos sensatos...
-
¡Vive hoy!¡Arriesga hoy!¡Hazlo hoy!¡
No te dejes morir lentamente!¡No te impidas ser feliz!
-
"Muere lentamente" - Pablo Neruda

jueves, 27 de septiembre de 2007

Revolución Azafrán


Apoyo a las protestas encabezadas por los monjes budistas en Myanmar (antigua Birmania) contra la Junta Militar que gobierna el país

domingo, 23 de septiembre de 2007

Néctar de dioses



El cacao fue traído de América por los conquistadores españoles. Según la leyenda, los aztecas recibieron el cacao de su dios Quetzalcoatl, y con él preparaban una bebida amarga denominada chocolatl que ofrecían a sus dioses. La bebida también era consumida con un carácter sagrado. Los granos de cacao incluso se utilizaban como moneda de cambio. Los españoles pronto se aficionaron a esta bebida, y Hernán Cortés comunicó al emperador de España: "Un solo vaso de esta bebida fortalece a los soldados y les permite caminar un día". El botánico sueco Linneo fue quien le asignó el nombre theobroma, que en griego significa "alimento de los dioses". A la aristocracia española del siglo XVI también le gustó esta bebida a la que se atribuían propiedades medicinales y afrodisíacas. Es más, cuando la hija del rey Felipe III de España se casó con Luis XIII de Francia, llevó chocolate como parte de su dote.
En cuanto a los beneficios, parece demostrado que el cacao y el chocolate negro, disminuyen la tensión arterial. Se ha llegado a la conclusión de que el cacao disminuye, por término medio, de 4 a 5 milímetros de mercurio la tensión arterial máxima y de 2 a 3 la tensión mínima. Este efecto, aunque parezca pequeño, es de una cuantía similar a lo que logran algunos fármacos antihipertensivos, pero a diferencia de éstos, el cacao es barato y no produce efectos secundarios. Esta reducción de la tensión arterial conlleva una reducción del riesgo de accidentes vasculares cerebrales (ictus), de enfermedades del corazón y de la mortalidad total.
También se ha demostrado un efecto beneficioso del cacao sobre el endotelio, que es la capa interna que recubre los vasos sanguíneos y que juega un papel primordial en el proceso de aterosclerosis.
Otro estudio ha demostrado que mejora la resistencia a la insulina y disminuye la concentración de glucosa y de insulina en plasma, con lo cual parece que sería protector frente a la aparición de diabetes de tipo 2.
Por ello, los productos ricos en cacao -cuanto más puro, mejor- consumidos en dosis moderadas pueden considerarse como parte de una dieta sana, ya que además de aumentar el placer de la ingesta, tienen efectos beneficiosos sobre la salud; pero para lograr este efecto hay que evitar que aumente la ingesta calórica y la obesidad.
Los inconvenientes de su consumo no están del todo claros. Se ha dicho que produce cefaleas y acné. Los estudios científicos realizados no han podido confirmarlo. La relación con la caries dental parece deberse más bien a una mala higiene dental. También se ha dicho que tiene cierto poder adictivo. Al parecer, esa sensación se debe a una serie de sustancias fisiológicamente activas que estimulan los receptores cerebrales para opiáceos.
En cualquier caso, lo que sí está suficientemente probado es el placer, casi orgiástico para algunos, que proporciona su ingesta.

Hoy que el verano se va...

El otoño se acerca con muy poco ruido:

apagadas cigarras, unos grillos apenas,

defienden el reducto

de un verano obstinado en perpetuarse,

cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.


Se diría que aquí no pasa nada,

pero un silencio súbito ilumina el prodigio:

ha pasado un ángel

que se llamaba luz, o fuego, o vida.


Y lo perdimos para siempre.

"El otoño se acerca"

Ángel González

jueves, 20 de septiembre de 2007

El Gran Gatsby (fragmentos)



" En mi primera infancia mi padre me dio un consejo que, desde entonces, no ha cesado de darme vueltas: cada vez que te sientas inclinado a criticar a alguien -me dijo- ten presente que no todo el mundo ha tenido tus ventajas. No añadió más, pero ambos no hemos sido nunca muy comunicativos dentro de nuestra habitual reserva, por lo cual comprendí que, con sus palabras, quería decir mucho más.


(...)Su corazón se hallaba en constante y turbulenta agitación, temperamento creador, tenía un don para saber esperar y, sobre todo, una romántica presteza; era la suya una de esas raras sonrisas, con una calidad de eterna confianza, de esas que en toda la vida no se encuentran más que cuatro o cinco veces.


(...)James Gatz era víctima de un mundo al que no pertenecía: ricos, seres descuidados e indiferentes, que aplastaban cosas y seres humanos, y luego se refugiaban en su dinero o en su amplia irreflexión.


(...)Gatsby creía en el fastuoso futuro que año tras año retrocede ante nosotros. Aunque en este momento nos evite, no importa... Mañana correremos más rápido, estiraremos más los brazos... Y una hermosa mañana... Y así seguimos, luchando como barcos contra la corriente, atraídos incesantemente hacia el pasado. "
Francis Scott Fitzgerald

miércoles, 19 de septiembre de 2007

Algunas pinturas

El misterio de las cosas



El misterio de las cosas, ¿dónde está?


Si apareciese, al menos, para mostrarnos que es misterio


¿qué sabe de esto el río, qué sabe el árbol?


Y yo, que no soy más, ¿qué se yo?




Siempre que veo las cosas


y pienso en lo que los hombres piensan de ellas,


río con el fresco sonido del río sobre la piedra.


El único sentido de las cosas es no tener sentido oculto.


Más raro que todas las rarezas,


más que los sueños de los poetas


y los pensamientos de los filósofos,


es que las cosas sean realmente lo que parecen ser


y que no haya nada que comprender.




Sí, eso es lo único que aprendieron solos mis sentidos:


las cosas no tienen significación, tienen existencia.


Las cosas son el único sentido oculto de las cosas.


Todos los dias descubro la espantosa realidad de las cosas:


cada cosa es lo que es.


Qué difícil es decir esto


y decir cuánto me alegra y me basta.


Para ser completo existir es suficiente.




A veces miro un piedra.


No pienso que ella siente,


no me empeño en llamarla hermana.


Me gusta por ser piedra,


me gusta porque no siente,


me gusta porque no tiene parentesco conmigo.


Otras veces oigo pasar el viento:


Vale la pena haber nacido sólo por oír pasar el viento.




No sé qué pensarán los otros al leer esto;


creo que ha de ser bueno porque lo pienso sin esfuerzo,


lo pienso sin pensar que otros me oyen pensar,


lo pienso sin pensamientos,


lo digo como lo dicen las palabras.


Una vez me llamaron poeta materialista


y yo me sorprendí:


nunca había pensado que pudiesen darme este o aquel nombre,


ni siquiera soy poeta: veo.


Si vale lo que escribo, no es valer mío,


el valer está ahí, en mis versos,


todo esto es absolutamente independiente de mi voluntad.
Fernando Pessoa

domingo, 16 de septiembre de 2007

Minicuento



Al principio la Fe movía montañas sólo cuando era absolutamente necesario, con lo que el paisaje permanecía igual a sí mismo durante milenios. Pero cuando la Fe comenzó a propagarse y a la gente le pareció divertida la idea de mover montañas, éstas no hacían sino cambiar de sitio, y cada vez era más difícil encontrarlas en el lugar en que uno las había dejado la noche anterior; cosa que por supuesto creaba más dificultades que las que resolvía.
La buena gente prefirió entonces abandonar la Fe y ahora las montañas permanecen por lo general en su sitio. Cuando en la carretera se produce un derrumbe bajo el cual mueren varios viajeros, es que alguien, muy lejano o inmediato, tuvo un ligerísimo atisbo de fe.

La fe y las montañas
Augusto Monterroso

martes, 11 de septiembre de 2007

Un continuo descubrir




¿Volver? Vuelva el que tenga,


Tras largos años, tras un largo viaje,


Cansancio del camino y la codicia


De su tierra, su casa, sus amigos,


Del amor que al regreso fiel le espere.


Mas, ¿tú? ¿Volver? Regresar no piensas,


Sino seguir libre adelante,


Disponible por siempre, mozo o viejo,


Sin hijo que te busque, como a Ulises,


Sin Ítaca que aguarde y sin Penélope.


Sigue, sigue adelante y no regreses,


Fiel hasta el fin del camino y tu vida,


No eches de menos un destino más fácil,


Tus pies sobre la tierra antes no hollada,


Tus ojos frente a lo antes nunca visto.

"Peregrino"
Luis Cernuda

sábado, 8 de septiembre de 2007

miércoles, 5 de septiembre de 2007

Otro minirrelato de Monterroso


Escribió un drama: dijeron que se creía Shakespeare;
Escribió una novela: dijeron que se creía Proust;
Escribió un cuento: dijeron que se creía Chejov;
Escribió una carta: dijeron que se creía Lord Chesterfield;
Escribió un diario: dijeron que se creía Pavese;
Escribió una despedida: dijeron que se creía Cervantes;
Dejo de escribir: dijeron que se creía Rimbaud;
Escribió un epitafio: dijeron que se creía difunto.

martes, 4 de septiembre de 2007

Tributo a Van Gogh

Starry, starry night.
Paint your palette blue and grey,
Look out on a summer's day,
With eyes that know the darkness in my soul.
Shadows on the hills,
Sketch the trees and the daffodils,
Catch the breeze and the winter chills,
In colors on the snowy linen land.

Now I understand what you tried to say to me,
How you suffered for your sanity,
How you tried to set them free.
They would not listen, they did not know how.
Perhaps they'll listen now.

Starry, starry night.
Flaming flowers that brightly blaze,
Swirling clouds in violet haze,
Reflect in Vincent's eyes of china blue.
Colors changing hue, morning field of amber grain,
Weathered faces lined in pain,
Are soothed beneath the artist's loving hand.

Now I understand what you tried to say to me,
How you suffered for your sanity,
How you tried to set them free.
They would not listen, they did not know how.
Perhaps they'll listen now.

For they could not love you,
But still your love was true.
And when no hope was left in sight
On that starry, starry night,
You took your life, as lovers often do.
But I could have told you, Vincent,
This world was never meant for one
As beautiful as you.

Starry, starry night.
Portraits hung in empty halls,
Frameless head on nameless walls,
With eyes that watch the world and can't forget.
Like the strangers that you've met,
The ragged men in the ragged clothes,
The silver thorn of bloody rose,
Lie crushed and broken on the virgin snow.

Now I think I know what you tried to say to me,
How you suffered for your sanity,
How you tried to set them free.
They would not listen, they're not listening still.
Perhaps they never will...

"Vincent" ("Starry, Starry Night") - Don McLean

Woman in Art

lunes, 3 de septiembre de 2007

A mis compinches racionales...


Tirada en el campo estaba desde hacía tiempo una Flauta que ya nadie tocaba, hasta que un día un Burro que paseaba por ahí resopló fuerte sobre ella haciéndola producir el sonido más dulce de su vida, es decir, de la vida del Burro y de la Flauta.
Incapaces de comprender lo que había pasado, pues la racionalidad no era su fuerte y ambos creían en la racionalidad, se separaron presurosos, avergonzados de lo mejor que el uno y el otro habían hecho durante su triste existencia
.

El burro y la flauta.
Augusto Monterroso

domingo, 26 de agosto de 2007

Women In Film

Espectacular, que diría alguien que yo me sé

La Estambul de Pamuk


Nací en Estambul. Exceptuando los tres años que pasé en Nueva York, no he vivido en ningún otro lugar. (…) Cuando era niño, Estambul era una tranquila ciudad de provincias con una población de un millón de habitantes; medio siglo después es una metrópoli 10 veces mayor, rodeada de barrios desconocidos y distantes en los que nunca he estado y cuyos nombres sólo conozco por los periódicos. Cuando me asomo a la ventana, me cuesta aceptar que estas poblaciones de la periferia son una parte de mi ciudad. Ni siquiera en mis sueños habría esperado que las calles de mi niñez fueran tan bulliciosas como lo son hoy. Pero cuando uno está tan unido a una ciudad como yo lo estoy a Estambul, acabas por aceptar su destino como el tuyo propio; llegas a verla casi como una extensión de tu propio cuerpo, de tu propia alma. Así que cuando ante mis ojos veo el cambio de las calles, de las tiendas y de las plazas -y durante las últimas décadas he visto los cines, las librerías y las jugueterías más importantes de mi niñez cerrar sus puertas-, reacciono igual que cuando veo a mi propio cuerpo envejecer. Tras el estupor inicial, me resigno ante mi nuevo aspecto.
¿Puede una ciudad tener alma? Si la tiene, ¿de qué está hecha? El alma de una ciudad, ¿se forma por su tamaño, su cultura y su historia, o nace de la imagen que sus calles y sus edificios imprimen en nuestras mentes? Más aún, el alma de una ciudad ¿depende de lo bulliciosa que es o de lo vacía que está? ¿De la bruma o del calor? ¿Está en el río que la cruza o -como en el caso de Estambul- en el mar que la divide en dos? ¿Dónde sentimos su alma con más intensidad? ¿Cuando la vemos desde lo alto de una colina? ¿Cuando pasamos por un paso subterráneo? ¿Cuando nuestros oídos escuchan el alboroto de la ciudad? ¿Cuando nos pica la nariz por su aire húmedo y sucio? Quizá cuando todos estamos acostados oyendo cómo la ciudad duerme como un viejo animal cansado y escuchamos el sonido de la sirena de niebla en el Bósforo. En mi opinión, el alma de una ciudad cambia cuando la ciudad cambia. El Estambul nuevo y opulento de hoy no es la ciudad melancólica que conocí de niño.
Pero incluso hoy me habla de soledad. En las tardes de verano, el alma de la ciudad está en sus anticuados autobuses que circulan con dificultad entre nubes de polvo, humo y contaminación mientras llevan a los sudorosos pasajeros a sus casas; está en la nube de niebla que cubre la ciudad y que, al atardecer, se torna entre naranja y púrpura, y en la luz azul que sale de millones de ventanas cuando, casi al mismo tiempo, la ciudad enciende sus televisiones -y justo en el mismo instante en que las mujeres de toda la ciudad fríen berenjenas para la cena-. A mediodía, en los tranquilos y fríos días de otoño, cuando la ciudad está en plena actividad, el alma de la ciudad reside en un solitario y ocupado hombre que pesca mientras su viejo barquito se balancea sobre la estela de los transbordadores y de los grandes cargueros que circulan por el Bósforo.
Todos los habitantes de Estambul son de fuera y, por tanto, todos están solos. En 1453, cuando llegaron los turcos -o mejor dicho, los otomanos, ya que había cristianos en su Ejército-, se encontraron con una ciudad que les esperaba. Y, por definición, eran, por tanto, recién llegados. Durante su reinado de 500 años, llegaron otomanos procedentes de los más diversos países y culturas; por tanto, también ellos eran de fuera. (…)
El gran secreto de Estambul es que incluso los que vivimos aquí no la entendemos, y no la entendemos porque desafía cualquier clasificación. Pasear por sus bulliciosas calles es sentir la historia bajo nuestros pies, pero incluso cuando recordamos que antes de nosotros estuvieron otras grandes civilizaciones, también nos damos cuenta de que no nos pertenecen. Esto es lo que le da a la ciudad ese aire extranjero.
Podría incluso decir que su alma reside en su rechazo a ser clasificada o comprendida racionalmente. (…) Desde mi niñez, las tiendas antiguas de la ciudad me han parecido el ejemplo más elocuente de este desorden. Cuando estoy en una parfumerie -si prefiere, llamémosla farmacia- y miro a mi alrededor, al surtido de botellas de colores, de cajas y de tarros, me parece que el alma de la ciudad no sólo surge de su historia, sino de la suma de las pasiones y sueños de todos los que alguna vez han vivido aquí. Igual que las tiendas de Beyoglu -aparentemente turcas, pero griegas y armenias en el fondo- a las que iba con mi madre cuando era pequeño y que me recuerdan a todas esas antiguas culturas que han ido formando la nuestra y cuán desconocida e increíblemente rica ha sido su influencia. En Estambul, cada objeto guarda su propia historia secreta.
Orhan Pamuk - Premio Nobel de Literatura 2006
Modificado de “Mi Estambul secreto”, publicado en El País 26-08-2007

Michel Camilo - Calle 54

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