jueves, 6 de noviembre de 2008

¿Qué es la identidad? (I)


Hablar de la identidad es casi tan difícil como hablar de la personalidad, se trata de un concepto intuitivo que procede de nuestra conciencia recursiva y que tiene que ver con la teoría de la mente, es decir con la existencia de procesos metacognitivos que tienen relación con el devenir histórico del Si- Mismo. Todos tenemos conciencia de ser los mismos a pesar del paso del tiempo y a pesar de haber cambiado. Esta paradoja se explica por ese sentido de continuidad que llamamos el Yo, a partir de ese constructo llamado identidad que permanece estable a pesar de sus necesarias mudanzas, algo parecido a lo que sucede con el carácter y al constructo que lo anima, el rasgo, en oposición al estado que es algo que “nos sucede”, una especie de ruptura en el devenir vital mientras que el rasgo es algo que nos acompaña con matizaciones desde el principio hasta el fin de nuestra vida. El rasgo puede ser pues uno de los cementos que sostienen la identidad y probablemente lo que lo hace tan resistente a la extinción. Sorprendentemente los estados patológicos oscurecen los rasgos premórbidos de tal manera que durante determinados estados graves el rasgo, es decir el carácter parece disolverse, desaparecer o de alguna forma modificarse.
Tambien la edad, el paso del tiempo, consigue difuminar, en este caso caricaturizar, determinados rasgos previos. Todo parece indicar pues que el carácter es mudable al mismo tiempo que se mantiene firme por decisión del Yo. Los rasgos serían como las vigas de la personalidad, su estructura central.
Teóricamente sabemos que la identidad se construye a partir de un núcleo indiferenciado que se rellena a partir de las primitivas identificaciones precoces con nuestros progenitores, algo que solo sabemos teóricamente porque de esas identificaciones no tenemos ninguna noticia más allá de la observación de bebés y de la teoría del apego que le sirve de soporte y que efectivamente nos permite clasificar determinadas conductas y a suponer un efecto psíquico determinado; sin embargo la íntima composición intrapsíquica de estas primitivas identificaciones son absolutamente desconocidas y sólo suponemos que existen a partir de ciertos constructos teóricos como el de Bowlby.
Usualmente nuestra identidad cognitiva está compuesta de una amplia amalgama de hechos memorizados; nuestro cuerpo y nuestro nombre, nuestra profesión y nuestro entorno facilitan las cosas al embrollo que plantea la pregunta ¿Quién eres?. Más allá de algunos lugares comunes, hábitos, costumbres, creencias y actividades nadie sabría contestar a esa pregunta, lo que parece señalar que se trata de una dificultad parecida a la que se nos plantea cuando tratamos de discriminar qué es carácter y qué es una enfermedad crónica que se establece sobre la personalidad entera y llega a un oscurecimiento o borramiento de la diferencia. Todo parece señalar en la dirección de que cualquier identidad es ilusoria, y que se establece sobre un montón de creencias, metapreferencias e identificaciones secundarias que van surgiendo sobre la marcha del devenir y que tienen mucho de accidentales o casuales aunque siempre sean intencionales, pues no hay acto volitivo sin intencionalidad. Lo que es cierto es que construirse una identidad propia y fuerte, desgajada del común correlaciona con un buen estado mental al menos en nuestro entorno, casi tanto como poseer una buena inmunidad y resistencia a las infecciones. Por el contrario aquellas personas que no han logrado establecer una sólida identidad se enfrentan -al menos en nuestra cultura- a riesgos psiquiátricos múltiples que proceden de un sentimiento de ineficacia y a un bajo autoconcepto que tiene su origen en el fracaso de una diferenciación con los demás.
Esta diferenciación con los demás comienza en el mismo lugar donde se estableció el apego, fundamentalmente en la familia y representa un conflicto difícil de superar. Diferenciarse de los padres a los que se ama y se necesita es vital para un adolescente y una tarea llena de obstáculos aunque inevitable porque se trata de encontrar un lugar en el mundo (ser-en-el-mundo), una diferenciación clara de los otros (Yo-no-Yo) y una identidad sólida, lo que significa llegar a ser alguien único e irrepetible. Este hecho por sí mismo ya nos señala que son precisamente los adolescentes, los sujetos que enfrentan esta dificultad, aquellos que representan un grupo de riesgo para los trastornos de identidad, aunque no son los únicos porque en todas las transiciones del devenir vital se pone en juego nuestra identidad con independencia de la edad.
(Continuará)

domingo, 2 de noviembre de 2008

Dichas


Dichosos los que saben reírse de sí mismos, porque no terminarán nunca de divertirse.
Dichosos los que saben distinguir una montaña de una piedra, porque se evitarán muchos inconvenientes.
Dichosos los que saben descansar y dormir sin buscar excusas: llegarán a ser sabios.
Dichosos los que saben escuchar y callar: aprenderán cosas nuevas.
Dichosos los que son suficientemente inteligentes como para no tomarse en serio: serán apreciados por sus vecinos.
Dichosos los que están atentos a las necesidades de los demás, sin sentirse indispensables: serán fuente de alegría.
Dichosos los que saben mirar seriamente a las cosas pequeñas y tranquilamente a las cosas importantes: llegarán lejos en esta vida.
Dichosos los que saben apreciar una sonrisa y olvidar un desaire: su camino estará lleno de sol.
Dichosos los que interpretan con benevolencia las actitudes de los demás, aún contra las apariencias: serán tomados por ingenuos, pero es el precio justo de la caridad.
Dichosos los que piensan antes de actuar: evitarán muchas tonterías.
Tomás Moro

sábado, 25 de octubre de 2008

Piedras


Piedras materiales

Hay quien compra lo que en realidad

no desea, ni necesita para impresionar

a quien no conoce o no le cae bien,

con el dinero que no tiene y debe

pedir prestado, acumulando a la larga

demasiados "demasiados", que le llevan

a hipotecar su vida.


Piedras emocionales

Si tienes un amor, déjalo libre;

si vuelve a ti es porque es tuyo;

si no vuelve es porque nunca lo fue.

Álex Rovira

domingo, 19 de octubre de 2008

Muros


Hacer caer los muros
o pasarte la vida arañándolos.
Averiguar quién eres realmente
o continuar viviendo esa mentira que llamas yo.
Ver tu verdadero rostro
o seguir aferrado a esa mascarada
que te devuelven los espejos
y las fotos de primera comunión.
Vivir sin temor al sufrimiento
o sobrevivir en la cómoda
ficción de tu mazmorra.
Derribar los muros
que te protegen y te ciegan,
dejarte llevar por el fabuloso caos que es la vida
o persistir en ese simulacro de orden que es tu prisión.
Alexis Ravelo

miércoles, 15 de octubre de 2008

Crecer contigo


Hay personas con las que se crece. Uno no sabría muy bien a qué responde el que a su lado nuestro espíritu fructifique y se esponje. No son necesaria, ni estrictamente las mejores, pero resultan determinantes para nosotros. No se excluye que también podrían serlo para los demás, aunque esto habría de verse.
En todo caso, son aire limpio para nuestros fatigados pasos. Da gusto estar con ellas. No es que resulten agradables, aunque eso siempre sea preferible, es que nos convocan, sin necesidad de proponérselo, a lo mejor de nosotros mismos. Es como si su mera presencia, incluso su existencia, nos impulsara a no conformarnos con la mediocridad de muchas de nuestras posibilidades. Nos desafían a buscar, a perseguir y, sobre todo, a soñar.Bien se sabe que sin afecto no hay modo de crecer. Ni físicamente ni en modo alguno. Bien se conoce que ello implica un trato, un comportamiento, un cuidado, una atención, un conjunto coordinado de detalles. Ya dijo el filósofo que crecer es un movimiento, y no simplemente lo es el desplazamiento o el traslado, o el cambio de lugar. Es una generación, una fecundación, una maduración de frutos no siempre previsibles. Cuando crecemos con alguien no solo se modifican las magnitudes, también la densidad, la intensidad. Y todo tiene otro colorido y otro calor. La implementación supone en tal caso una diversidad de posibilidades que se parecen a un saber estar, pero que son un saber ser, en cada caso, pertinentes, adecuados, ajustados. Hay quienes nos hacen ver desde otro lugar, nos sitúan en otro ámbito y de otro modo. Nos aportan otros senderos, nos abren otros mundos. Entonces, las cosas nos afectan ya de manera diferente. Crecer mesuradamente es no confundir el necesario entusiasmo con la descontrolada euforia, ni la serenidad y la pasión precisas con la pasividad o la aceleración. Crecer no es solo sentir un aumento, es experimentar un incremento. No es cuestión de expandirse, sino de alzarse. Y con otro, con otros. Crecemos juntos.
Contigo crezco de modo muy singular, resultan más próximos mis sueños, más viables mis deseos, me atrevo más y me atrevo a más, soy capaz de desafíos y de riesgos, no apagas ni agostas mis proyectos, me propongo, persigo, no me resigno, no me rindo, me dispongo, me entrego, me doy. Crecer es no llegar nunca del todo, no alcanzar de modo definitivo, no darse por acabado o por vencido. Crecer es una acción, no una actividad ni un conjunto de actividades. Crecer de verdad no es solo un cambio de tamaño. Implica un atrevimiento. Tal vez el de quererse, tal vez el de querer. Contigo es menos difícil. Creces conmigo.
Ángel Gabilondo

lunes, 13 de octubre de 2008

Deseo


Anda
quítate el vestido, las flores y las trampas
ponte la desnuda violencia que recatas
y ven a mis brazos
dejemos los datos
seamos un cuerpo enamorado

Anda
deja que descubra los montes de tu mapa
la concupiscencia secreta de tu alma
y ven a mis brazos
dejemos los datos
seamos un cuerpo enamorado

Anda
pídeme que viole las leyes que te encarnan
que no quede intacto ni un poro en la batalla
y ven a mis brazos
dejemos los datos
seamos un cuerpo enamorado

Anda
dime lo que sientes
no temas si me mata
que yo solo entiendo tus labios como espadas
y ven a mis brazos
dejemos los datos
seamos un cuerpo enamorado
Luis Eduardo Aute

martes, 7 de octubre de 2008

Mil y una noches en tus ojos


Me miras: el presente son tus ojos,

unos instantes que se desvanecen

y no puedo cambiar: pero también

son un mañana que ya estaba escrito

en el fugaz espejo de la infancia.

Y se convertirán en el ayer,

la suma indiferencia de los años.

Después serán recuerdo, un mundo gris

donde te mire aunque no pueda verte.

Tras el recuerdo habrán de ser olvido:

nadie sabrá por qué estabas mirándome

ni por qué hay este pozo en tu lugar.

Cada instante una historia diferente

de las mil y una noches en tus ojos.

Joan Margarit

domingo, 5 de octubre de 2008

He aprendido


He aprendido... que no puedo hacer que alguien me ame, sólo convertirme en alguien a quien se pueda amar; el resto ya depende de los otros.

He aprendido... que por mucho que me preocupe por los demás, muchos de ellos no se preocuparán por mí.

He aprendido... que se pueden requerir años para construir la confianza y únicamente segundos para destruirla.

He aprendido... que lo que verdaderamente cuenta en la vida no son las cosas que tengo alrededor sino las personas que tengo alrededor.

He aprendido... que puedo encantar a la gente por unos 15 minutos; después de eso necesito poder hacer más.

He aprendido... que no debo compararme con lo mejor que hacen los demás, sino con lo mejor que puedo hacer yo.

He aprendido... que lo más importante no es lo que me sucede sino lo que hago al respecto.

He aprendido... que hay cosas que puedo hacer en un instante que ocasionan dolor durante toda la vida.

He aprendido... que es importante practicar para convertirme en la persona que yo quiero ser.

He aprendido... que es muchísimo más fácil reaccionar que pensar y más satisfactorio pensar que reaccionar.

He aprendido... que siempre debo despedirme de las personas que amo con palabras amorosas: podría ser la última vez que las veo.

He aprendido... que puedo llegar mucho más lejos de lo que creí posible.

He aprendido... que soy responsable de lo que hago, cualquiera que sea el sentimiento que tenga.

He aprendido... que o controlo mis actitudes o ellas me controlan a mi.

He aprendido... que por muy apasionada que sea una relación en un principio, la pasión se desvanece y algo más debe ocupar su lugar.

He aprendido... que los héroes son las personas que hacen aquello de lo que están convencidas, a pesar de las consecuencias.

He aprendido... que aprender a perdonar requiere mucha práctica.

He aprendido... que el dinero es un pésimo indicador de valor de algo o alguien.

He aprendido... que con los amigos podemos hacer cualquier cosa o no hacer nada y tener el mejor de los momentos.

He aprendido... que a veces las personas que creo que me van a pisar cuando estoy caído son aquellas que me ayudan a levantar.

He aprendido... que en muchos momentos tengo el derecho de estar enfadado pero no el derecho de ser cruel.

He aprendido... que la verdadera amistad y el verdadero amor continúan creciendo a pesar de las distancias.

He aprendido... que simplemente porque alguien no me ama de la manera en que yo quisiera, no significa que no me ame a su manera.

He aprendido... que la madurez tiene más que ver con las experiencias que he tenido y aquello que he aprendido de ellas, que con el número de años cumplidos.

He aprendido... que nunca debo decirle a un niño que sus sueños son tontos; pocas cosas son más humillantes y qué tragedia sería si él lo creyera.

He aprendido... que por bueno que sea un buen amigo, tarde o temprano me voy a sentir herido por él y debo saber perdonarlo por ello.

He aprendido... que no siempre es suficiente ser perdonado por los otros; a veces tengo que perdonarme a mí mismo.

He aprendido... que por más fuerte que sea mi duelo, el mundo no se detiene por mi dolor.

He aprendido... que mientras mis antecedentes y circunstancias pueden haber influído en lo que soy, yo soy responsable de lo que llego a ser.

He aprendido... que a veces cuando mis amigos pelean, estoy obligado a tomar partido aún cuando no lo deseo.

He aprendido... que simplemente porque dos personas pelean, no significa que no se aman la una a la otra; y simplemente porque dos personas no discuten, no significa que sí se aman.

He aprendido... que no tengo que cambiar de amigos si comprendo que los amigos cambian.

He aprendido... que no debo ufanarme de averiguar un secreto; podría cambiar mi vida para siempre.

He aprendido... que dos personas pueden mirar a la misma cosa y ver algo totalmente diferente.

He aprendido... que hay muchas maneras de enamorarse y permanecer enamorado.

He aprendido... que sin importar las consecuencias, cuando soy honesto conmigo mismo llego más lejos en la vida.

He aprendido... que muchas cosas pueden ser generadas por la mente; el truco es el autodominio.

He aprendido... que por muchos amigos que tenga, si me convierto en su salvador, me sentiré solitario y perdido en los momentos en los que más los necesito.

He aprendido... que puedo cambiar mi vida en cuestión de horas ante la influencia de personas que ni siquiera me conocen.

He aprendido... que aún cuando pienso que no puedo dar más, cuando un amigo pide ayuda, logro encontrar la fortaleza para ayudarlo.

He aprendido... que tanto escribir como hablar puede aliviar los dolores emocionales.

He aprendido... que el paradigma en el que vivo, no es la única opción que tengo.

He aprendido... que los títulos sobre la pared no nos convierten en seres humanos decentes.

He aprendido... que las personas se mueren demasiado pronto.

He aprendido... que aunque la palabra amor pueda tener diferentes significados, pierde su valor cuando se usa con ligereza.

He aprendido... que es muy difícil determinar donde fijar el límite entre no herir los sentimientos de los demás y defender lo que creo.

Autor anónimo

miércoles, 1 de octubre de 2008

Sol de octubre

El sol de octubre ciñe
al paisaje maduro.
Otorga a lo que vive
su plenitud de fruto.
El aire se hace de oro,
se enjoya de susurros,
panal de los dulzores,
reino del ritmo puro,
melodía de flauta
que derrumba lo oscuro,
entra por la ventana,
dibuja desde el júbilo
seres con sosegada
vocación de desnudo,
criaturas del gozo
que llegan desde el otro mundo.
José Hierro

lunes, 22 de septiembre de 2008

Niño

Sigo en la oscuridad sin rostro. Sufre
el niño solitario que palpita en mis ojos,
perdido en la espiral de la congoja.
Él nada pide, escucha un porvenir desnudo.
Está oscuro y ausente y ya no me sonríe.
No sé cómo inducirlo a la alegría.
Con mis lágrimas calla y no puede dormir.
Parte soy de la niebla que no me ama.
Un latido delgado me anuda a lo que vivo,
ya no sabe si soy lo que aún soy
o soy lo que me niega tercamente.
Es tan raro el amor por uno mismo
que en su frontera tiembla con su envés
y a veces se intercambia o se suprime.
¿Cómo entender entonces la súbita piedad,
la sinrazón de un odio que a veces se conmueve
mostrándome su helada transparencia?
Justo Jorge Padrón

domingo, 21 de septiembre de 2008

La carencia

La creación nace de la carencia. La sentencia es y no es una mera obviedad. Lo es en cuanto, acaso, prácticamente toda invención y producción, responde a una demanda pujante. Pero no lo es en la medida en que más complejamente la tensión del desear algo sin la respuesta precisa conduce, más tarde o más temprano, a fabricar cualquier suerte de sucedáneo que aplaque la ansiedad de la insatisfacción. La creación no sería así otra cosa que este sucedáneo producido. El objeto deseado no se obtiene y en su lugar la creación ofrece un elemento de distracción.
Los seres humanos no son esos dioses que pueden tenerlo todo y en su lugar construyen remedos de poder. Remedos nacidos de su déficit de poder. Es así como la creación nace expresamente de la carencia. Y se abastece, además, golosamente de ella. Los pintores, los escritores, los arquitectos realizan sus obras mejores entre marcados límites, en las fisuras, en las coerciones que les fija el tiempo, la vista, la necesidad o la salud. De la carencia emerge la obra, de la ausencia intangible se alza el imago de la presencia, del vacío se obtienen los volúmenes de la escultura, de la memoria insuficiente se hila la narración.

Vicente Verdú

El otoño se acerca


El otoño se acerca con muy poco ruido:

apagadas cigarras, unos grillos apenas,

defienden el reducto

de un verano obstinado en perpetuarse,

cuya suntuosa cola aún brilla hacia el oeste.

Se diría que aquí no pasa nada,

pero un silencio súbito ilumina el prodigio:

ha pasado

un ángel

que se llamaba luz, o fuego, o vida.

Y lo perdimos para siempre

Ángel González

sábado, 13 de septiembre de 2008

La Trova

Consumo


Compró un televisor de plasma. Compró un dvd. Compró un aparato de música y un ordenador de última generación. Compró un ipod y una wii. Compró un nuevo auto. Compró unos zapatos, varios pares de pantalones, algunas camisas. Compró muebles de diseño, librerías de nogal, libros para llenarlas. Compró una cámara digital de fotos y otra de vídeo. Compró un viaje a Cancún y, en Cancún, compró una hora con una prostituta llamada Lía.
Al volver, abrió un fotolog dedicado a las fotos que había sacado durante el viaje. Dio paseos por la ciudad en su nuevo auto mostrando su bronceado, vestido con aquellas camisas, aquellos pantalones, escuchando canciones en su ipod y sentándose en las terrazas a jugar con su wii. También veía, de vez en cuando, su reportaje de Cancún en el plasma, reproducido en dvd, disfrutando del pulcro decorado de sus nuevos muebles, de sus nuevos libros.
Cuando comenzó a aburrirse y a tener ganas de ir de compras y a preguntarse qué le apetecía en esta ocasión, pensó que, de todas las cosas que había adquirido en los últimos tiempos, aquella hora de amor mercenario en Cancún era lo más memorable, pues lo que había comprado había sido tiempo. Tiempo y carne. Una carne y un tiempo únicos. El tiempo y la carne de Lía. Reflexionó un instante sobre el hecho de que todas las demás cosas podía disfrutarlas una y otra vez; los placeres que provocaban eran nuevamente reproducibles. Lía, en cambio, estaba lejos, en Cancún. Y, aunque comprase otro viaje, aunque volviese a encontrarla, aunque volviese a comprar otra hora (o cien horas) de placer con ella, aquello que había comprado y que fue suyo sólo durante sesenta minutos sería, para siempre, irrepetible.
Buscó su tarjeta de crédito. La observó atentamente. No se reconoció a sí mismo en el nombre del titular.
Alexis Ravelo

jueves, 11 de septiembre de 2008

Sabiduría

La sabiduría... no proviene del exterior.
Nace de la naturaleza íntima.
Minero de uno mismo o buzo, da igual.
Lo importante es mirar hacia adentro.
Cuanto más hondo, más alto.
Cuanta más oscuridad, más luz.
Cuanto más hondo es el abismo, más alta es la visión.
A la alegría sin objeto se llega desde un viaje que nace,
a menudo, desde el miedo sin objeto.
Los libros, ayudan.
Pero es en la propia alma donde está todo escrito.
Sólo se requiere paciencia y perseverancia para leer.
Coraje.
Y vencer a unos cuantos dragones.
O mejor que vencerlos, convencerlos: vencer con
El Dragón no está afuera, está adentro.
A menudo el primero es el de la duda.
Luego viene el del miedo.
Le sigue el de la rabia.
El cuarto, acostumbra a ser el de la culpa.
Finalmente, nos encontramos
frente a un dragón pacífico: el de la verdad.
No hay vuelta atrás.
Entonces, todo tiene Sentido.
Álex Rovira

lunes, 1 de septiembre de 2008

Secretos

Aunque contara todos mis secretos, si los hubiera, o dado que los hay, no acabaría de decir lo que oculto, a pesar de que no lo esconda. No es solo reserva o sigilo, ni basta con que deseemos que no lo conozcan los demás para que algo llegue a ser nuestro secreto.
El más magnífico de ellos no es el que hurtamos a la mirada ajena, sino aquel que, estando a la vista, no nos es visible ni siquiera a nosotros mismos. Nada por tanto menos adecuado que decir que uno no tiene secreto alguno. En tal caso, además de ser el secreto del que uno no dispone de noticias, constituiría a su vez el secreto del secreto mismo. No es que no se lo digamos a los demás, es que no nos lo decimos ni a nosotros mismos.Fue Sócrates quien escuchó de Teeteto que hay quienes creen que solo existe o solo es real lo que se puede ver con los ojos o agarrar con las manos. A lo que respondió: "¿De verdad que hay gente tan obstinada y repelente?". Considerar que lo que hay se agota en lo visible es tan simple como estimar que el otro es lo que vemos de él. Incluso cuando se nos desvela, no se revela. Si se nos mostrara por dentro, no daríamos con su interior, si nos contara cuanto sabe de sí mismo, no nos ofrecería sino el relato de quien es, pero él siempre se mantendría intacto. No escondido en otra parte, en lugar alguno, esperando la ocasión de aparecer en escena. Los otros son un enigma para sí mismos. Dicho todo, quedan por decir. Por eso es tan importante no querer agotar la palabra de los demás, escudriñando su verdad, como si hubiéramos de nadar en las aguas de su intimidad, hasta contemplar su rostro, su nombre. Este gesto idolátrico por exceso de objetivación y de malentendido interés solo desea poseer al otro, atrapar su secreto, tenerlo. Pero la inaccesibilidad del secreto se opone a una diabólica toma de posesión con afán de captar al otro.Hay tantas cosas de qué avergonzarnos, tantas cosas mal hechas, tantos asuntos para sentirnos culpables, que deseamos liberarnos de ellos confesando su existencia, en la confianza de recibir de alguien un abrazo comprensivo, liberador. Pero nadie se desahoga del secreto que le constituye. Si nos desprendiéramos de él, pronto comprobaríamos que nos despedimos de nosotros mismos. Es cierto que hay cosas que no contamos, asuntos que no desvelamos, cautelosos, celosos de preservar algún reducto en el que lamer nuestras propias debilidades o goces. Y no deja de ser espléndido compartir esos cada vez más minúsculos retazos, pero el secreto de nuestra singularidad late a menudo en la intemperie, en la superficie. No se oculta, es el mejor guardado aunque esté al alcance de todos. Pero jamás se tomará. Solo se mostrará cuando haciéndose él patente ya no estemos ni para ocultarlo.
Ángel Gabilondo

viernes, 22 de agosto de 2008

La mirada del otro


Es tan difícil o imposible llegar a autoconocerse bien que a casi cualquier opinión que oímos verter sobre nosotros concedemos un efecto desaforado. ¿Desaforado? La medida de la resonancia que le conferimos siempre nos ha de parece desmesurada pero simplemente porque no poseemos la cierta medida de lo que parecemos o somos. En realidad, ¿cómo no pensar que venimos a ser una identidad madurada en las embestidas que recibimos, las atribuciones que nos sobrevienen, los elogios que nos regalan o los desdenes que nos achican? Contarse a sí mismo, tanto aritméticamente como literariamente, representa el ejercicio más incierto. La verdad escapa de nuestro análisis puesto que cualquier punto de vista sobre uno mismo requiere antes la determinante elección del ángulo de visión.
Ocurre como cuando, al contemplarnos en el espejo, adoptamos una pose, un bisel o un gesto y hasta una mueca en los que confiamos para quedar mejor. Pero, en el mejor de los casos, la buena imagen que así se obtiene ¿cómo no convenir que procede de una estudiada manipulación? Nos preparamos para presentarnos ante nosotros en el espejo movidos por el temor a vernos mal o muy mal. A reconocernos, en fin, en lo indeseable, presos de una enfermedad incurable, expuestos al directo conocimiento del público en la única y averiada versión que ven. Y así ocurre también con el malestar que sentimos al escuchar nuestra voz en una grabación o nuestros movimientos en la pantalla de un vídeo. La expectación por vernos recuerda la expectación por examinar a un desconocido y se junta además con el pavor de vernos mal puesto que a lo mejor nos vemos bien pero nunca se encuentra garantizado. Nada hay concreto e inmutable en nuestra imagen ni tampoco a resguardo de cualquier interpretación puesto que la misma extrañeza con la que nos auscultamos el habla o la figura nos informa del menguado conocimiento que en verdad poseemos de nuestro yo. Ese yo desconocido emerge y se nos presenta como un elemento que nace desde el centro del yo con quien convivimos. Tan extraños para nosotros mismos que preferiríamos no percibir su ajenidad. O bien, nunca en fin nos sentimos más libres que cuando no nos imaginamos o lo hacemos mediante un olvido de lo que pudiera ser real.
Nunca nos sentimos peor, en efecto, que cuando reflejados en un escaparate el paseante que somos torpemente nos encara. ¿Cómo no inventarnos para rehuir este martirio especular? ¿Cómo no vivir en el vilo de ser descubiertos dentro de esa invención? Una invención que, por añadidura, en la mayoría de los supuestos no conocemos ni aproximadamente sus perfiles y medidas. El otro nos mira, nos mide, nos talla, nos diseca. En su pupila nos delimitamos como un ser concreto. Por contraste, la dificultad de autoconocernos, la convivencia con un ser perteneciente al inasible reino de la ausencia, nos procura un balsámico bienestar.
No estar frente a la mirada de sí coincide con el mayor recreo posible puesto que no hay peor verdugo que la incontrolada mirada que nos echamos encima y que, como un chacal, nos deforma y como una alimaña nos desdice. El otro, en fin, nos tiene en sus ojos. La pareja que nos ama nos embellece, nos blinda de nuestra visión insufrible y nos cubre con la benevolencia de la suya, esa tierna laguna en donde flotamos como recién nacidos.
Vicente Verdú

martes, 19 de agosto de 2008

Derrochador de encanto

Derrochador de encanto, ¿por qué gastas
en ti mismo tu herencia de hermosura?
Naturaleza presta y no regala,
y, generosa, presta al generoso.
Luego, bello egoísta, ¿por qué abusas
de lo que se te dio para que dieras?
Avaro sin provecho, ¿por qué empleas
suma tan grande, si vivir no logras?
Al comerciar así sólo contigo,
defraudas de ti mismo a lo más dulce.
Cuando te llamen a partir, ¿qué saldo
podrás dejar que sea tolerable?
Tu belleza sin uso irá a la tumba;
usada, hubiera sido tu albacea.
William Shakespeare

domingo, 10 de agosto de 2008

El precio de la libertad

La versión heredada, bastante moderna, pero heredada, arranca del descubrimiento del secreto de la vida a mediados de los años 50: nuestra constitución genética –las instrucciones conductuales que llevamos en el núcleo de cada una de nuestras células– se encarga de que nos comportemos de una manera o de otra. Que seamos optimistas o pesimistas. Agresivos o benevolentes. Lúdicos o indiferentes. Vagos o trabajadores. Curiosos o indiferentes. Empáticos o desconsiderados. Con un matiz, claro; dependiendo del entorno que nos haya tocado vivir, los genes responsables, por ejemplo, de la depresión pueden no expresarse.
Potencialmente podemos ser unos depresivos que entristecen la vida a los demás, aunque nuestro destino concreto no sea éste gracias a haber aterrizado en un entorno amable, pacífico, benevolente y considerado. Durante 40 años se fraguó un debate entre los que creían que todo dependía de los genes, los que creían que la mitad dependía del entorno y los convencidos de que la educación y el entorno podían con todo.
Si estabas aquejado por una enfermedad mental, ibas al médico, fuera psiquiatra o neurólogo, o bien al psicoanalista y a los psicólogos. Si tenías –como ocurre con algunos amigos míos– el presentimiento de que la conducta era el resultado de las leyes universales que rigen los procesos cerebrales, te ibas de cabeza al especialista del cerebro. Si, por el contrario, considerabas que la individualidad de cada persona está marcada por su inconsciente, entonces te ibas de cabeza al psicoanalista.
Ahora empezamos a entender por qué nos iba igual de mal en los dos casos. Neurólogos punteros de todo el mundo –fundamentalmente en Suiza y Estados Unidos– están demostrando que necesitan a los psicoanalistas y éstos a los neurólogos en la misma medida para interpretar la realidad. La espoleta que ha activado la convergencia de estos dos ríos del conocimiento ha sido el nuevo concepto de plasticidad cerebral: se acaba de descubrir que cualquier experiencia personal deja una huella indeleble en la estructura cerebral que, a su vez, puede dejar otros rastros en grupos de neuronas que interactúan entre sí a raíz de dicha huella. Allí dentro no hay nada que cambie de una vez para siempre. Estamos descubriendo, asombrados, que se producen discontinuidades, transformaciones superficiales en las sinapsis y permanentes y profundas en otros circuitos. Estamos programados, es cierto, pero para ser únicos. Totalmente distintos del vecino y de los demás.
Y, claro, si estoy programado para no estar determinado porque soy único –todo ello por culpa del famoso inconsciente–, necesitaré al psicoanalista, que mediante un juego verbal reconozca al inconsciente, y no sólo al neurobiólogo, el cual me detalle las leyes universales de los procesos cerebrales.
Ahora bien, –a la luz de lo que veo en la calle– me pregunto si lo más importante no sería descubrir las razones que explican esa capacidad infinita de la gente para ser infeliz. ¿Tiene esta infelicidad algo que ver con el inconsciente del que hablaba antes?
A ver si resulta que al no estar determinado por los genes o conocimientos innatos soy más libre que el resto de los animales; tengo que empezar desde cero –al contrario del pollito que sale disparado picoteando al nacer– y, claro, me equivoco muchas veces. Soy más infeliz porque soy más libre.
Eduard Punset

jueves, 31 de julio de 2008

La melancolía (y II)

La historia actúa dentro de nosotros. No sólo nuestra propia historia biográfica, sino también la cultural. De ahí que se haya intentado tantas veces elaborar un psicoanálisis histórico. El único problema que plantea la melancolía es su cercanía a la depresión, con la que mantiene estrechos lazos de familia. Por eso, los grandes tratadistas proponían remedios que son muy parecidos a los que recomendaban contra la depresión: las músicas alegres, el juego, el ejercicio físico, la conversación con amigos, la actividad creadora, y el amor. Se trata, como pueden comprobar, de una estupenda terapia. Flaubert dice de Rosanette, la amante mantenida, en la Educación sentimental: “Incluso antes de irse a dormir se mostraba un poco melancólica, como a veces se encuentran los cipreses ante la puerta de una fonda”. ¿Sabía Flaubert que el ciprés se consideraba melancólico en la edad media? No es una casualidad la frecuencia con que se encuentran en los cementerios. ¿Y sabían en la edad media que Pitágoras había prohibido confeccionar ataúdes con madera de ciprés porque el cetro de Zeus era de esta madera? Los melancólicos estaban bajo el signo de Saturno. Hoy todavía se sigue llamando saturnina a la disposición sombría y melancólica. Los humores se relacionaron con los planetas. La complexión flemática, con la Luna o Venus; la colérica, con Marte; el carácter sanguíneo, con Júpiter, y el melancólico, con Saturno. Los autores árabes antiguos dicen que los hijos de Saturno son gentes de largo reflexionar y poco hablar; son secretos y nadie sabe lo que hay en ellos. “Rige la destrucción y las cosas de hastío.”
Los temperamentos son modos de iluminar la realidad. Para el colérico todo es ofensa e incitación a la furia; para el sanguíneo, el mundo es una fiesta; el flemático mantiene una serenidad fría. ¿Y el melancólico? Parece que en el melancólico hay una permanente queja, pero no desesperada. Por eso puede ser dulce. Se echa en falta algo muy valioso que existe, pero no se posee. Un teólogo, al que leí mucho en mi juventud, Romano Guardini, situaba la melancolía en una perspectiva trascendental: “Es el deseo de encontrar la verdadera morada, huyendo de la dispersión, para entrar en el recogimiento de la esencia, escapando de la existencia exterior”. Concluye: “La melancolía es el dolor causado por la aparición de lo eterno en el hombre”.

domingo, 27 de julio de 2008

No sé qué decirte

No es que me calle lo que pienso, es que, a veces, no sé qué pensar. No es que oculte lo que me inquieta, es que me inquieta no saber lo que oculto. En ocasiones es algo más poderoso que una ignorancia, un desconocimiento o un desconcierto que inhabilitan mis palabras.
No es una parálisis, sino un exceso de estímulos que provocan algo que se parece a una proliferación compleja y contradictoria de emociones, de sentimientos y, quizá, de ideas que no se dejan reducir a una discurso articulado. No solo por falta de coherencia. Se hace casi imposible la verbalización.
No es un engaño. No es que me lo guarde, es que lo que siento no es capaz de llegar a ser algo que decir. Reconozco que debe resultar incómodo encontrarse ante quien, en cierto modo desnudo de argumentos, ni siquiera es capaz de enfrentar o de afrontar la situación. A veces, es desesperante. Y puede hasta parecer agresivo. Dan ganas de agitar o de remover las hojas de quien calla a ver si cae o se desprende algo que se deje ver u oír. Podría pensarse que es una cobardía o una irresponsabilidad, una incapacidad de hacerse cargo de la situación, de las propias decisiones. Pero en ocasiones un rayo irrumpe en el corazón de la lógica y tiemblan y laten las almas, pero no hay modo de sentir más que impotencia o culpa o desamparo.
No lo tomes a mal. Callo porque una voz más potente que cualquier frase no es capaz de balbucear ni de deletrear nada. Un ejército de traspiés y de tropezones es torpe para enfilar un mínimo discurso.
No es indiferencia. Desearía que entraras en el insonoro refugio en el que no hay palabras. No es un vacío, es algo aplazado, despoblado, que sin embargo late. Y creo que con amor. Pero a estas alturas de la conversación, ya solo un gesto, quizá un abrazo, podría mostrar la verdad de esto que ni es esto, ni sé que decir de ello. Esto que me pasa y que, sin embargo, no poseo.
Tengo algo decisivo que decirte: no sé qué. Tal vez se desprenda de mi mirada o de mi postura. Te lo digo sin decírtelo. No siempre tenemos las palabras adecuadas. En ocasiones, ellas parecen haberse ido incluso antes de llegar. Se produce una sensación incómoda de incomunicación. Pero tal vez en ese momento se requiere algo más, algo otro, la capacidad de escuchar lo que quizá quede patente sin necesidad de ser dicho: un aprecio más consistente que cualquier explicación.
No es que se esconda algo. Es la voluntad de mostrar que no hay qué decir. Podrían improvisarse palabras, pero cuando alguien nos importa de verdad es preferible que sepa que no siempre sabemos qué decir, aunque incluso eso deseamos hacerlo llegar amorosamente. Y ese es ya es otro modo de hablar. Bien necesario, por cierto.
Ángel Gabilondo

viernes, 25 de julio de 2008

Desiderata

Camina plácido entre el ruido y la prisa y piensa en la paz que se puede encontrar en el silencio.
En cuanto te sea posible y sin rendirte, mantén buenas relaciones con todas las personas.
Enuncia tu verdad de una manera serena y clara; y escucha a los demás, incluso al torpe e ignorante; también ellos tienen su propia historia.
Esquiva a las personas agresivas y ruidosas, pues son un fastidio para el espíritu.
Si te comparas con los demás, te volverás vano y amargado, pues siempre habrá
personas mas grandes y mas pequeñas que tú.
Disfruta de tus éxitos lo mismo que de tus planes.
Mantén el interés en tu propia carrera por humilde que sea, ella es un verdadero tesoro en el fortuito cambiar del tiempo.
Se cauto en los negocios, el mundo esta lleno de engaños; mas no dejes que esto te deje ciego para la virtud que existe.
Hay muchas personas que se esfuerzan por alcanzar nobles ideales, y por doquier la vida esta llena de heroísmo.
Se sincero contigo mismo. En especial, no finjas el afecto; tampoco seas cínico en cuanto al amor; pues en medio de todas las arideces y desengaños, es perenne como la hierba.
Acata dócilmente el consejo de los años, y abandona con donaire las cosas de la juventud.
Cultiva la firmeza del espíritu para que te proteja en las adversidades repentinas, pero no te afligas imaginando fantasmas. Muchos temores nacen de la fatiga y la soledad.
Sobre una sana disciplina se benigno contigo mismo. Tú eres una criatura del universo, no menos que las árboles y las estrellas; tienes derecho a existir. Y sea que te resulte claro o no, indudablemente el universo marcha como debiera.
Por eso debes estar en paz con Dios, cualquiera que sea tu idea de El, y sean cualesquiera tus trabajos y aspiraciones.
Conserva la paz con tu alma en la bulliciosa confusión de la vida. Aún con toda su farsa, penalidades y sueños fallidos, el mundo es todavía hermoso.
Se alegre. Esfuérzate por ser feliz.
Max Ehrmann

miércoles, 23 de julio de 2008

La melancolía (I)

La melancolía es una tristeza apacible, otoñal, poética, romántica. En 1734, el Dictionnaire de Trevoux, escrito por jesuitas franceses, la vincula no sólo con la tristeza, sino también con el placer: “es un cierto placer triste”, es “un ensueño agradable”. En 1621, Robert Burton escribe su sorprendente Anatomía de la melancolía. Thomas Warton, en 1747 publica Los placeres de la melancolía, y Diderot la considera un sentimiento dulce. Víctor Hugo acuña una definición contundente: “Es la dicha de ser desdichado”. Procede de una palabra griega compuesta –melas y kholé– que significaba literalmente bilis negra. Era uno de los cuatro humores fundamentales que formaban el temperamento. La medicina clásica se basaba en la idea de que la salud era la adecuada mezcla de esos cuatro líquidos vitales (sangre, bilis amarilla, flema y bilis negra) que también determinaban el carácter de los seres humanos. Había personas coléricas, sanguíneas, flemáticas y melancólicas.Lo de “estar de buen o mal humor” procede de ahí. Anteo de Capadocia (50 d.C.) dio una definición que atravesó con éxito los siglos: “Los melancólicos están silenciosos o sombríos, abatidos, insensibles sin motivo plausible. Despreciando la vida, anhelan la muerte”.
Las malas lenguas decían que se comportaban de manera muy extraña: eran misántropos y en noches de luna llena huían a los montes donde aullaban como lobos; muchos creían carecer de cabeza o ser tan frágiles que podían quebrarse con cualquier contacto violento.
El protagonista de El licenciado Vidriera, de Cervantes, era un caso claro. Se trataba, pues, de una enfermedad seria. Hasta hace muy pocos años, la psiquiatría –sobre todo la alemana– consideraba que la melancolía era una gran depresión. El ser un rasgo del carácter, una propensión del temperamento, explica uno de sus rasgos principales. La melancolía es un sentimiento sin causa. Calderón de la Barca ya mencionó este aspecto en su obra No hay como callar: "Toda melancolía nace sin ocasión, y así es la mía. Que aquesta distinción naturaleza dio a la melancolía y la tristeza".
Tampoco la edad media fue benévola con este sentimiento. Se lo relacionó con el tedio espiritual –apatía que acometía a los monjes en especial después de comer–, con la pereza, y, como causa última, con la falta de caridad. Se convierte así en una torpe manifestación del pecado original.

Pero un hecho casual va a cambiar la historia de la palabra y la consideración del sentimiento. Aparece un librito, falsamente atribuido a Aristóteles, llamado Problemas, uno de cuyos capítulos comienza con una afirmación que el Renacimiento repetirá con fruición: “Todos los genios son melancólicos”. Una ola de melancolía barrió Europa. Petrarca es el primer melancólico consciente y poético. Miguel Ángel escribe en uno de sus sonetos: “La mia allegrez’e la maninconia”. En el barroco se puso de moda, y para lucir bien en sociedad había que melancolizarse. Un personaje de Shakespeare está muy triste porque no es lo suficientemente melancólico como para tener éxito. Se convirtió así en un sentimiento de moda, refinado y un poco falso. Fue una tristeza que no paraba en llanto, sino en una meditación solitaria, en una búsqueda de sintonía del alma entristecida con los parajes tristes, por ejemplo, en el amor por las ruinas que fomentó el romanticismo. Gusta de músicas tristes, como las que estuvieron de moda en la corte francesa. Las grandes representaciones de la melancolía presentan siempre a personajes meditabundos, como un famosísimo grabado de Durero, que muestra a un ángel pensativo.
Los melancólicos son grandes analizadores del propio espíritu. Kierkegaard escribió: “Desde mi infancia, he vivido bajo el imperio de una inmensa melancolía”. Todo aquel que vive una intensa vida interior parece abocado a la melancolía, que se convierte así en seña de identidad del quehacer artístico, dando así razón al pseudoaristóteles, después de muchas vueltas. En pleno Renacimiento, Romano Alberti dice en su Tratado de la nobleza de la pintura: “Los pintores se vuelven melancólicos porque, queriendo imitar los objetos, es preciso que mantengan los fantasmas fijos en su intelectos, y así luego pueden expresarlos”. Quiere decirse que cuando experimentan melancolía están sintiendo una emoción largamente trabajada y enriquecida. (continuará)

jueves, 17 de julio de 2008

Mostrarse

Extraña sensación... la de hoy, al darme cuenta, quizás equivocadamente, de que lo contrario del amor no es el odio, sino el miedo.
Y que la causa del miedo está a menudo en la incapacidad de hablar y de decir lo que uno desea, lo que uno siente, lo que uno piensa... por miedo.
Que, a menudo, al amor se llega por el coraje de desnudarse, de mostrarse, sin miedo.
Y que tantas almas desean el amor, pero lo pierden... por miedo.
¿Cómo quieres que te quieran por lo que eres si no te muestras como eres?
Álex Rovira

lunes, 14 de julio de 2008

Bebo Valdés y Diego el Cigala

Se me olvidó que te olvidé

El diván como potencia literaria

La angustia sigue estando ahí. Y afecta a muchas personas, empujándolas al infierno del sufrimiento. Hace ya muchos años, las teorías de un joven médico sacudieron la Viena del siglo XIX, y con el tiempo se fueron imponiendo en otros lugares. El psicoanálisis, la gran creación de Sigmund Freud, puso patas arriba el mundo, cambió la manera de ver las relaciones entre hombres y mujeres, puso en órbita la importancia del sexo y señaló que existía, en nuestro interior, un inmenso continente desconocido (el inconsciente).
¿Qué pasa con el psicoanálisis? ¿Es sólo un reino de charlatanes y farsantes, una invitación a hablar una jerga extraña, un baile de interpretaciones sobre los sueños más disparatados? El año 2005 se publicó en Francia "El libro negro del psicoanálisis", donde más de cuarenta especialistas se aplicaban a fondo para cargarse a Freud y sus teorías y prácticas, y todo lo que vino después. Un año después, otro libro se propuso contestar lo que allí se decía: en "La regla de juego. Testimonios de encuentros con el psicoanálisis", Bernard-Henri Lévy y Jacques-Alain Miller han reunido los comentarios de artistas, escritores, psicoanalistas e intelectuales sobre su relación, teórica y práctica, con esa disciplina. ¿Cómo entraron en esa historia y cómo les fue allí?
"Yo comencé una cura de psicoanálisis en 1972, porque después de haber visitado Auschwitz, cementerio sin tumbas donde están mis abuelos maternos, volví sin habla", recuerda la filósofa Catherine Clément, que luego confiesa que en el diván encontró la risa, "que me era ajena", y la manera de criar a sus hijos y de superar el Holocausto. El psicoanalista Hervé Castanet explica que a los veintidós años estaba buscando de manera desesperada una salida a su aburrimiento, y empezó una terapia. Hay quien habla de que frecuentó el diván porque no rendía en sus exámenes (Marlene Belilos) y Tom Bishop, profesor de civilización francesa en Nueva York, cuenta que el psicoanálisis lo ayudó a sobreponerse "a una infancia de huida de los nazis" y a superar la culpa "de haber sobrevivido cuando tantos otros no tuvieron esa suerte". Tahar Ben Jelloun sostiene que el rechazo al psicoanálisis viene del "miedo a ir al fondo de sí y el miedo a descubrir lo que no se tiene en absoluto deseo de descubrir".
Otros, en cambio, han sido más breves y rotundos. Como el cineasta Josée Dayan, que se limita a decir: "No soy psicoanalista, pero, aunque el psicoanálisis sólo hubiera servido para darnos a Woody Allen, lo bendeciría". Y los hay, seguramente más próximos a Lacan que a Freud, que son capaces de formular opiniones de esta envergadura: "El campo escópico es el que más completamente elude a la castración" (Hervé Castanet, el que de joven se aburría).
El Libro negro... había sido bastante duro con que lo que, consideraban, era una "costumbre pseudocientífica que sólo perdura en Francia y Argentina". Y Ricardo Piglia, un argentino, comenta en La regla de juego que el psicoanálisis es atractivo "porque todos aspiramos a una vida intensa" y que "en medio de nuestras vidas secularizadas y triviales, nos seduce admitir que en un lugar secreto experimentamos o hemos experimentado grandes dramas". Y apunta: "El psicoanálisis es en cierto sentido un arte de la natación, un arte de mantener a flote en el mar del lenguaje a gente que está siempre tratando de hundirse". Juan José Saer, otro escritor argentino, subraya que lo que hizo Freud fue rendirle un homenaje sincero y profundo a la poesía, y lo hizo porque "el análisis es una actividad esencialmente verbal", y porque "la palabra es el único instrumento terapéutico con que cuenta".
Son muchos los testimonios de escritores que reconocen que sus obras tienen una profunda deuda con el psicoanálisis. Juan José Millás, escribe en su última novela: "Los cincuenta minutos de sesión significaban cincuenta minutos de visión. No era raro que al abandonar la consulta tuviera que pasear una o dos horas para digerir lo que había visto desde el diván". Y Lolita Bosch considera que el psicoanálisis "tiene una capacidad que la literatura casi nunca tiene: detener el tiempo y buscar lo previo, lo previo, lo previo".
El encuentro con Freud desencadenó en el escritor Suso de Toro una profunda crisis intelectual: "De algún modo pervirtió mi mirada sobre la realidad, fue la pérdida de la inocencia". El filósofo Eugenio Trías se psicoanalizó durante cinco años y la tiene por "una de las experiencias más importantes" de su vida. "Me permitió trazar el relato de mi propia historia personal", comenta
¿Curarse de la angustia, decantarse por el lado de la vida, explorar nuestros secretos íntimos, servirse de la palabra para darle sentidos nuevos a nuestras experiencias? El caso es que no habrá seguramente nunca acuerdo sobre si el psicoanálisis es una ciencia o mera charlatanería. En lo que sí parecen coincidir muchos es en la enorme capacidad del psicoanálisis para provocar literatura, y quizá esto proceda también de lo bien que escribía el propio Sigmund Freud.
Eric Orsenna cuenta que él no se acostó en ningún diván, que se sentó. "Y lloré, hablé, hice silencio, balbuceé, retrocedí, caminé...". El escritor francés había buscado un psicoanalista porque no tenía un hacha. "Yo tenía, tengo, como todo el mundo, un mar helado en mí", explica Orsenna, y cita a Kafka: "¿Qué es un libro? ¿Es un hacha que mata el mar helado en nosotros?". ¿Es, de verdad, un hacha el psicoanálisis? ¿Puede terminar con este mar helado?
José Andrés Rojo